PERSONAJES PROVINCIANOS – DON CESAR URBINA JIMÉNEZ

“Checha” Urbina, como era mejor conocido en San Juan del Cesar, fue un personaje que su pueblo nunca olvidará. Nació en la cuna ancestral de la dinastía URBINA, en el paraje conocido como La Boca del Monte. Fue un hombre que, a base de trabajo, buen humor, perseverancia y tenacidad, logró un patrimonio honrado y formó una familia ejemplar al lado de su esposa, doña Clara Giovannetti Lacouture. Fue un referente social de San Juan del Cesar, un dirigente político influyente, un destacado agricultor, un ganadero persistente, un gallero conocido en toda la región y un parrandero insigne. Era un hombre de baja estatura, de tez morena, de buen vestir, de postura jarocha y dueño de una personalidad excepcionalmente brillante por cuenta de la natural simpatía que le brotaba de su ingenio chispeante. Recuerdo que las cinco o seis veces que la vida me puso frente al Maestro Rafael Escalona, siempre me preguntó por mi Padre y por Checha Urbina. El magnetismo de su amistad era una cualidad que le reconocían los innumerables amigos que cosechó en todas las latitudes de su Provincia.  Don Cesar Urbina nació el 25 de agosto de 1930 y murió el 26 de abril de 2013, poco antes de cumplir 83 años.

La primera vez que pude saborear su picardía fue en el velorio de don Ignacio Mendoza Rodríguez, El Viejo “Nacho” Mendoza, nuestro vecino del frente de toda la vida en la Calle del Embudo, en San Juan del Cesar. Yo era todavía un muchacho, pues apenas estaba cursando mi bachillerato.  Recuerdo que me dijo:

  • Landy, cuando tu naciste, a tu casa llego mucha gente a conocer el primer hijo de Orlando Cuello y Ángela Gámez. Cuando yo vi ese alboroto, se me ocurrió decirle a la gente que me acompañaba: ¿Y qué tal que ese muchachito salga con el tamaño de Orlando, la nariz de Gabriel Ariza y la coquetería de Chuma…?

En aquel entonces yo aún no tenía la agilidad ni el arrojo para refutarle la triple conjetura a la que sometió mi futuro. Sin embargo, mentalmente dibujé la corta estatura de mi padre, hice caso omiso de la nariz de Gabriel Ariza, pues solamente era mi familiar político y no había manera de heredar su nariz incompleta. Y además, deduje que Tío Chuma debió ser en su juventud un hombre de modales extremadamente refinados. Cada comentario de don “Checha” Urbina iba tejido con punzadas de buen humor y con una picardía innata que reflejaba casi siempre un cariño velado para aquellas personas que eran objeto de su chispeante látigo verbal. Como cuando hizo “viral” en todo el pueblo la fama de las comilonas pantagruélicas que Alfredo Ariza, su esposa Ana Elena Del Castillo y sus hijos Tadeo, Rafa y La Nena se dejaban caer en su casa. Don Cesar se encargó de divulgar que Alfredo, Ana Elena y sus tres hijos sacrificaron un puerco, se encerraron en su casa y solo salieron otra vez a la calle cuando el porcino fue consumido en su totalidad. Esa era la forma cariñosa que tenía Don Cesar de homenajear las amistades que apreciaba. Y los “ofendidos” se limitaban a regalarle una sonrisa como respuesta.

Hasta en los momentos más aciagos del destino, don Cesar se encargaba de mantener la amistad como quien cuida las plantas de un cultivo maltratado por un vernano inclemente. Cuando “Pijico” Peñaranda, otro personaje sanjuanero de pensamiento veloz e ingenio repentino, estaba moribundo en su lecho de enfermo esperando despedirse de esta vida terrenal, recibió la visita de su amigo “Checha” Urbina. Aunque “Pijico” estaba rodeado por su familia, esperando el momento del postrero adios, Don Cesar quiso apaciguar la tristeza del momento y le dijo:

  • Piji… Tu me debei una platica. Te acordai que yo una vez te serví de fiador en la Caja Agraria pa’ un cultivo de yuca de tu sembrate?
  • Si Checha. Me acuerdo. Pero no te pude pagá, porque la cosecha no salió buena.
  • Está bien. Ya sé que aqui en la tierra no me vai a pagá. Pero cuando lleguei allá… Me mandai esa platica…en alguna ocasión que encontrei por ahí.
  • Checha, no creo que yo te pueda mandá esa plata. Porque ocasiones de aqui pa’ allá… hay bastante. Pero yo nunca he visto ocasiones de alla pa’ acá.

Esa era la manera preferida que tenía Don Cesar de homenajear a sus amigos. Con humor y cariño aquilatado hasta el adios final. Y asi lo vamos a recordar siempre. Con esa estampa de su personalidad que más lo identificaba. Y en la tierra quedan sus hijos, a quienes queremos como una extensión del afecto que le dispensamos en vida a Don Cesar y a Doña Clara.  Chechita, Ester-Elena, Yuya, Juancho, María Isabel y Javier Enrique. Ellos reciben ese cariño en nombre de sus padres. Y el abrazo alcanza para palmotear las espaldas de don Hernán Ariza y de don Jesualdo Pacheco.

Sin embargo, este tributo a su memoria quedaría incompleto si no incluimos una de las innumerables anécdotas de su biografía.

EL DUELO DEL BUEN COMER:

En el gracejo de una parranda, varios contertulios sacaron a relucir los precarios hábitos alimenticios que se practicaban en el hogar de don Luis Carrillo, mejor conocido como “Salivón”. Un tanto ofuscado por el señalamiento que varios amigos le hacían sobre la rutina, la frugalidad y la falta de innovación del menú diario consumido en su casa, “Salivón” resolvió enfilársela a Checha Urbina.

  • Checha, tu eres el que menos podei hablá de buen comer, si tu te criate a punta de guineo filo allá en la Boca e’l Monte.
  • Te aseguro que en tu casa to’ los dias hacen sopa de hueso en el almuerzo. Y el seco lo usan si acaso los domingos. Respondió Checha.
  • ¡Si querei te invito a mi casa, pa’ que veai como es que se come bien…! Se defendió “Salivón”
  • Bueno, vamos a hace una apuesta, pa’ definí esta vaina. Durante los próximos 30 días, yo me presento a tu casa cualquier dia, a la hora del almuerzo. Y tu tambien te presentai en la mia, y almorzamos. Y cuando los dos hayamos comido en la casa del otro, entonces concluimos quien come mejor. Ese fue el trato planteado por Don Cesar.

“Salivón” como a los tres dias se presentó a la casa de Checha el medio día. Fue recibido con mucha amabilidad e invitado a manteles. Ese dia Doña Clara había ordenado un menú bastante completo. Carne en “Muchacho” con salsa, arroz de fideito, plátano pícaro y ensalada. El postre era dulce de papayita. Y remataron con un tinto, antes de que “Salivón” se despidiera.

“Salivón” llego muy agitado donde Lola González, su esposa, y le confeso el trato que había hecho con Checha Urbina. Muy preocupado le dio dinero para que no faltara todos los días, durante un mes, un almuerzo diverso, bien presentado y abundante. Kike y Mogue, los hijos menores de “Salivón” se frotaban las manos de la dicha cuando escucharon a su Papá impartir estas indicaciones.

Durante varios días el almuerzo en casa de la Familia Carrillo González fue opíparo y misceláneo. Además, había servilletas, cubiertos bien dispuestos, jugo de frutas, postre y tinto. Kike y Mogue no se cambiaban por nadie.

Cuando había transcurrido el día 22, Lola se sentía un poco abrumada por la rigidez del horario y la variación exagerada del menú. Además de jugo de frutas como entrada, había también sopa, seco y postre. Y esta rutina la tenía extenuada. Y le dijo a su esposo:

  • Ve… Luis, yo creo que Checha no va a vení. Ya vamos a dejanos de tanta fartedá.
  • Pues si Lola… Seguro que a Checha esa apuesta ya se le olvido. Vamos a dejanos de tanto tropel.

Durante los días siguientes Kike y Mogue estuvieron con la mirada larga y nostálgica, añorando los almuerzos de los días anteriores. Ya se habían resignado a retomar el menú estándar de su casa y poco a poco se fueron acostumbrando otra vez a su rutina.

El día 29 al medio día “Checha” Urbina tocó fuerte con sus nudillos la puerta de la casa de su amigo Luis Carrillo. Llegó justo a la hora en que estaban almorzando. “Salivón”, casi se atraganta cuando vio a “Checha” cruzar el umbral de la puerta.

  • Je…! Checha…! Entrá…! Sentate pa’ que almorcei…!

Checha entró muy sonreído, hizo una ronda exploratoria del entorno de manera muy parsimoniosa y se acomodó en uno de los asientos disponibles. “Salivón” estaba sin camisa, sudando a mares como consecuencia del consumo de sopa caliente en un día particularmente caluroso. Aunque había un abanico Sanyo intentando apaciguar con sus aspas erráticas el calor imperante, el ambiente se hizo todavía más pesado por el estres que le produjo a “Salivón” saber que no podría librarse de perder la apuesta con Checha.

  • Lola, ¡servile almuerzo a Checha…! Traele un plato y unos cubiertos. ¡Y traele tambien un vaso de agua e’panela…!

Kike y Mogue se tomaron su sopa en silencio y con la cerviz clavada en el plato. Checha le exprimió un limón a la sopa que le sirvieron y dio cuenta de su porción liquida, casi al mismo tiempo que “Salivón”, quien bajo la velocidad del consumo apenas recibió el impacto de la visita inesperada.

Aunque ignoraba las maromas que haria Lola en la cocina para traerle a Checha el resto del almuerzo, grito a su mujer desde el comedor:

  • Lolaaaaa…! Traele el seco a Checha…! ¡Y el mio me lo dejai pa’ la noche…porque yo quede jarto con esta sopa…!

Ante el mensaje en voz alta que había mandado su Padre, Mogue levanto la cabeza, espepitó los ojos y gritó emocionado:

  • Ahhhhh….. ¿Y hay seco…???

Orlando Cuello Gámez

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