RECORDANDO AL “INDIO DE ORO”

Transcurre el mediodía del domingo 13 de junio de 2004. Espero la hora del almuerzo, disfruto la lectura del periódico, ingiero tres “frías” distintas a las “garrapiñas” que acompañaron a Perico en su café internet y escucho vallenatos. Estoy escuchando una colección de varios compactos piratas que compré en mi último viaje a Barranquilla, mientras disfrutaba un coctel de camarones en la Carrera 43 con la Calle 72. En mi aparato de sonido suenan los viejos éxitos de “Beto” Zabaleta, quien en el pretérito se nutría especialmente de las inspiraciones de mis paisanos Roberto Calderón, Hernando Marín y Máximo Movil. Escuché con deleite las canciones “Gitana”, “La Ley del Embudo”, “Lágrimas de Sangre”, “La Tiendecita” (A propósito, la colección pirata no especifica autores, pero creo que es de Héctor Zuleta, ¿Cierto?. Cristian, Perico, favor confirmar….). Bueno y muchas otras, incluídas “Parrandas Inolvidables”, “Benditos Versos”, “Que pasará” y “Aunque sufriendo te olvido”, del gran Máximo Movil. Tuve varias reflexiones, como por ejemplo, al escuchar Corazón.com, fue inevitable relacionar la evolución de la música vallenata y su capacidad de ponerse acorde con los tiempos modernos sin abandonar la poesía y la inspiración. Escuchar  “La Ley del Embudo”, de mi entrañable Hernando Marín, resultó un traslado inevitable a los calurosos mediodías de mi provincia olvidada. También se me ocurrió que la canción “¿Que Pasará?”, del gran Rosendo Romero, donde se narra una historia de amor con ingredientes culturales, es una pieza digna de mostrar a una sociedad multicultural tan versátil como la comunidad latina de Miami.

Pero mi nostalgia se quedó anclada en tercer disco del CD. Mientras el altavoz de mi equipo me señalaba que el nombre de la canción era “Aunque sufriendo te olvido”, fue precisamente aquí, al momento de escuchar esta canción, cuando la nostalgia me dio un pellizco monumental. Como por arte de magia me transporté a mis años y a mis vivencias de parrandero universitario. Y vinieron a mi existir los momentos sublimes de los sábados parranderos que vivimos en el kiosko de Joseíto Parody cuando la gloria cubría a esos parranderos sublimes que hicieron del vallenato una expresión inigualable, durante la construcción de esa grandeza folclórica que hoy ostenta. Y escuchando la letra de esta canción resultó inevitable revivir la anécdota. Resulta que un día cualquiera del año 1976, como a las 2 de la tarde, Máximo Movil estaba de paso por la casa de Joseíto Parody. Y mientras Dora Zúñiga nos servía un tinto, El Indio preguntó: “¿Cómo es que se llama ese médico famoso que hizo el primer transplante de corazón?”.

“Cristian Barnard”, le respondí haciendo acopio de la información general que en ese momento se manejaba en la prensa.

“¿Cómo?”, Inquirío Movil con extrema curiosidad.

Entonces le deletreamos el nombre y le dimos una breve sinopsis del médico sudafricano que se había convertido en el pionero de los transplantes de corazón en el mundo.

Pero nuestra sorpresa sería mayúscula el sábado siguiente, en una de las parrandas famosas que se celebraban en el Kiosko de Joseíto Parody. Tal vez porque todos los contertulios sabían que el “Indio de Oro” no sabía leer ni escribir, la inclusión del nombre de Cristian Barnard en el texto de la canción que en esa noche nos estaba presentando Movil, fue la sensación de la parranda. Un auténtico hit musical. Recuerdo que esa noche, con el acompañamiento de Oscar Negrete en el acordeón, Máximo levantaba su pie derecho como una especie de tic nervioso que ya casi tenía su impronta, cerraba sus ojitos pequeños, y levantaba la mirada lejos, como queriendo dejar volar sus pensamientos a lo más alto que ellos pudieran alcanzar. Y entonces se inspiró para deleite de sus paisanos:

 

“Cristian Barnard haga el favor

de cambiarme el corazón

por otro que sea más fuerte,

lo quiero bien indolente

para no volvé a quererte

ni acordarme de tu amor,

para que en otra ocasión

si tenemos un tropezón,

poder mirarte frente a frente,

poder decirle a la gente

que tú eres una indolente

y que jugaste con mi amor”….

 

Cuando Máximo terminó de cantar su canción, cruzó una mirada fugaz conmigo. Fue una mirada rápida, de esas que son capaces de agarrar al vuelo los protagonistas de una complicidad. En todo caso, la mirada ocurrió antes de que estallara el atronador aplauso y la ovación prolongada que esa noche hubo en el kiosko de Parody.

 

Orlando Cuello Gamez

 

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