RENOVACIÓN GATOPARDISTA

Retozados estamos, en este 2026, otro año bisiesto lleno de promesas. Nuevas jornadas donde los micrófonos se afilan y los candidatos nos hablan de «aires nuevos», de «sangre joven». Pero no se deje engañar, paisano. Lo que viene es una renovación gatopardista. ¿Y qué diablos es eso? Es, algo muy distinto a lo planeado por Giuseppe di Lampedusa, el arte milenario de nuestra clase política para vendernos un gato por liebre, pero con membrete de partido. Es la habilidad felina de caer siempre de pie, aunque el edificio se les venga encima a nosotros. Cada cuatrienio los políticos nos presentan caras nuevas. Y es verdad, son nuevas, pero con la misma cédula de identidad del clientelismo. Son los mismos de siempre, pero con el filtro del Instagram, con la heráldica del feudo y un discurso copiado de un manual de marketing político que olvidaron traducir del lenguaje a la decencia.

La “renovación gatopardista” consiste en cambiar el color del collar, conservando al mismo perro como guardián del hueso. Porque en el Colombia, y más en el Caribe, los feudos no se disputan con ideas, se pelean a punta de mermelada y partidas de nacimiento. ¿Quiere una curul? No necesitas confeccionar propuestas, necesitas un árbol genealógico bien podado y una billetera gruesa, tan gruesa como el vallenato que pregonaba Enrique Díaz.

Es indignante ver como se burlan de la inteligencia del votante. Nos dicen que el relevo generacional es una realidad, cuando lo único que se ha renovado es el modelo del Toyota en el que reparten las dádivas en sobres marcados con destinos a los mochileros de turno.

Los caciques regionales han perfeccionado la técnica del camuflaje: si hay escándalo, ponen a la esposa; si hay investigación, ponen a la hija, disfrazada de “lideresa social”. Y uno se pregunta, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir aplaudiendo al mago que saca el conejo de del sombrero, sabiendo que el conejo es el mismo que se robó la gallina ayer?

Nos venden el cambio como quien vende hielo en Bosconia, sabiendo que se va a derretir antes de llegar a casa. Así que cuando vea al candidato sonriente prometiéndole el oro y el moro, recuerde: es un gato. Un gato mañoso, astuto y con nueve vidas, todas financiadas con la plata del pueblo. Y lo más triste no es la astucia del gato, sino la resignación del dueño de la casa. Nosotros, los votantes, hemos normalizado todo. Nos indignamos en Twitter, compartimos el meme, nos reímos del chiste político, pero el domingo vamos a la mesa a votar por el mismo que nos vendió el gato la vez pasada. ¿Por qué? Porque nos dieron un mercado, nos prometieron un puesto, o simplemente porque “toca vivir del cuento”.

Entretanto, la Nación mira para otro lado. Bogotá ve el Caribe y a La Guajira como un problema o una estadística más de pobreza, pero nunca como un socio político real. Los congresistas costeños no están allá para llevar las necesidades de la región. No legislan para el pueblo, legislan para el clan. Su labor no es hacer leyes, es hacer trancas a cualquier investigación que llegue demasiado cerca de la caja fuerte. Entonces, ¿Qué nos queda? ¿La esperanza? La esperanza es un lujo que en esta costa se cobra caro. Nos queda la memoria. Nos queda recordar que el cambio no va a bajar en helicóptero con la cara sonriente de un candidato que se tomó selfies con los niños wayuu mientras le extendían sus manos sedientas de oportunidades.

En el Caribe, la «renovación gatopardista» tiene garras. No somos solo urnas llenas de trampas; somos territorios donde el disenso se paga caro. Un lugar mágico, macondiano, donde el cacique no solo compra votos, compra voluntades y, cuando no puede comprarlas, las intimida. Lo más doloroso es ver a la juventud costeña, esa que tiene el talento y la fuerza para romper el molde, siendo utilizada como carne de cañón en las campañas. Los vemos pegando afiches bajo el sol de mediodía, gritando consignas que no entienden y defendiendo apellidos que los miran por encima del hombro. Les prometen que «su momento llegará», pero ese momento es como el horizonte en la Guajira: siempre se aleja a medida que tú avanzas.

Los medios de comunicación tampoco se salvan. Son cómplices por omisión. Publican las gacetillas pagadas como si fueran noticias, entrevistan al hijo del cacique como si fuera un estadista emergente y le hacen el juego al «nuevo liderazgo» que huele a viejo desde la cuna. Se han convertido en la vitrina donde el gato se exhibe como si fuera un tigre de Bengala. En fin, son páginas dormidas bajo la hamaca del conformismo y el mutismo.

Pero que no se equivoquen. El Caribe está cansado. Y no es cansancio de dormir, es un cansancio de huesos, de alma. Es el hastío de ver cómo el mar se lleva la basura, pero nunca se lleva la corrupción. Hay un rugido bajo la arena, un descontento que ya no cabe en las urnas. Porque la verdadera renovación no es cambiar al gato, es dejar de comprar liebres falsas. Es entender que, si seguimos aceptando que la política es un negocio de familia, seguiremos siendo los empleados mal pagados de una empresa que quiebra cada cuatro años.

 

 Arcesio Romero Pérez

Escritor afrocaribeño

Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI

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