En los manuales de psicología, el síndrome de Estocolmo describe ese extraño fenómeno en el que la víctima termina desarrollando afecto por su captor. En los manuales no escritos de la política regional, en cambio, el concepto se queda corto: aquí no solo hay afecto, hay gratitud, aplausos y hasta votos entusiastas. En la versión tropical del síndrome, el secuestrado no está encadenado a una silla, sino a una urna. Cada cuatro años camina dócilmente hacia ella para refrendar su amor eterno por quien lo ha despojado de servicios públicos, dignidad institucional y futuro colectivo. Y lo hace convencido de que “esta vez sí”, el victimario ha cambiado, madurado, o al menos aprendido nuevas mañas con más discreción.
El político nuestro, es resiliente por excelencia y entiende perfectamente la dinámica. Sabe que no necesita resultados, solo relatos. No requiere gestión, basta con el libreto del miedo: “si no soy yo, la vaina se pone peor”, “yo al menos conozco Bogotá, los otros no”. Y el elector, como rehén emocional, asiente con la cabeza mientras ajusta la cuerda que lo ata. La democracia, en este contexto, no está secuestrada: está amueblada. Decorada con discursos grandilocuentes, promesas recicladas y una coreografía electoral donde los mismos apellidos rotan como si se tratara de una nobleza hereditaria. Padres, hijos, esposas, primos y compadres desfilan por el poder con la bendición popular, como si gobernar fuera un derecho de sangre y no una responsabilidad pública.
Lo más fascinante del síndrome no es la crueldad del captor, sino la creatividad del cautivo para justificarlo. “Roba, pero hace”, “todos son iguales”, “al menos ayuda a la gente”. Frases que funcionan como analgésicos morales para soportar el dolor de la evidencia: hospitales sin insumos, escuelas en ruinas, carreteras que solo existen en las vallas publicitarias. Y así, el elector defiende a su verdugo con una pasión que ya quisieran las causas nobles. Ataca al que denuncia, ridiculiza al que propone cambios y mira con sospecha al que no pertenece al club de siempre. No vaya a ser que la libertad resulte más incómoda que el cautiverio conocido.
Observen el fenómeno con lupa clínica: el político asume el rol del secuestrador. Nos priva de hospitales dignos, de carreteras que no se deshagan con la primera lluvia, de escuelas donde los niños no estudien bajo la enramada el sol. Nos tiene en el sótano de la precariedad, entretanto, él se pasea por los cambuches repartiendo mercados navideños como si fueran dádivas divinas y no migajas de lo que se apropió es la vigencia anterior.
Esta relación simbiótica entre el político y su electorado cautivo tiene todos los síntomas del síndrome de Estocolmo: el miedo a que sin el victimario el mundo se desplome (¿quién nos dará el empleo precario si cae el cacique?), la dependencia emocional forjada en décadas de clientelismo, y esa resignación cómoda que prefiere el diablo conocido al infierno incierto. Hasta celebramos cuando el mismo personaje que lleva veinte años en el poder anuncia su nueva candidatura como si fuera un acto de generosidad y no de cinismo puro.
Las élites políticas han convertido la democracia en un teatro de marionetas donde el único libre albedrío permitido es elegir entre el mismo rostro con distintos sombreros. Se eternizan en el poder no porque sean invencibles, sino porque hemos normalizado que el político sea un depredador con corbata. Lo defendemos cuando la prensa lo señala: «Es un refrito, pura persecución política». Lo reelegimos cuando termina su periodo: «Necesita más tiempo para cumplir». Hasta justificamos sus fortunas inexplicables: «Es que es buen administrador o legislador».
El verdadero triunfo-objetivo de la politiquería no es robarse el presupuesto, sino secuestrar la conciencia. Convertir la indignación en costumbre y la resignación en cultura política. Lograr que el ciudadano confunda estabilidad con estancamiento y gobernabilidad con sumisión. Pues este sistema no se sostiene solo con políticos sin escrúpulos; se sostiene con ciudadanos que, por miedo, comodidad o ignorancia, deciden que lo mejor es arrodillarse para besar la mano que los azota. Y de esa manera, sin ningún pudor o remordimiento, seguimos abrazando al secuestrador como si fuera nuestro salvador. Mientras él construye mansiones con piscina en Miami, nosotros defendemos su «honor» en el sardinel o en la tienda de la esquina. Mientras sus hijos estudian en universidades de élite, nosotros celebramos que haya regalado tres tabletas en el Día del Niño. Es el romance más disfuncional de la historia: el del pueblo que ama a quien lo humilla, defiende a quien lo empobrece y recompensa a quien lo traiciona.
Tal vez ha llegado el momento de aceptar una verdad incómoda: ningún secuestro se sostiene eternamente sin algún grado de consentimiento. Entonces, en este al atardecer democrático, la pregunta que quema no es por qué siguen ahí los de siempre, sino por qué seguimos votando por ellos como si el cautiverio fuera una forma de hogar. Porque, al final, el síndrome de Estocolmo en la política no es una patología individual: es una elección colectiva. Y como toda elección, también puede —si se quiere— dejar de repetirse.
Arcesio Romero Pérez
Escritor afrocaribeño
Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI


Excelente título de su Columna, «Síndrome de Estocolmo en la política» No se diga más, todo resumido en esas seis palabras. Exacto, certero, conciso, quirúrgico, letal y muy oportuno en estos tiempos de manipulación política.
Los mamertos zurdos tienen a Colombia vuelta mierda
Que tiene que ver el caldo con la taja?????? Explícame que no entendí : / Debe ser que en 40 años de derecha el país es muy diferente a lo que es ahora. Por favor no hemos avanzado nadaaaaaa madure.
Eso dependeeeeee porque por ahíiii mismito casi que pasando de la variante de más adelante hay una cunita dicen que de los lobos pero para mí es de víboras. Bueno ahí mismo una que otra con las teticas como perro, buscando a que pendejo pelarle el bolsillo hasta le ponen los hijos de otro. Y además tienen el kilometraje las muy cínicas como si fueran el avión de Airbus de servientrega cubriendo por millones de rutas por 40 años Honkong- Bogotá. Y fijo el que anda con una de ellas lo están JODIENDOOOO, les gusta pegarle a los hombres a los “maridos” jodido si están, los amarran, los encierran y hasta con el MAZO de la llave le dan en la frente y si es viejo júrelo, para que respete. Dicen que el mujeriego en el fondo es medio gay será que de viejos se vuelven tan cacorros que les gusta hacer el oso:
como hacen por algún lado de Japón,
recogen los vasos sucios de leche de las calles y tóman de ahí para ahorrar recursos???? Sabroso el que toma primero y de ahí adelante el que llegue sale burlaooooo y con boquera. Se ponen las blusas con los tres botones de la camisa abiertas siempre nojoda no se porque?? Será para que los hombres les miren las téticsw secas o bueno la falta de tetas. Mujeres perversas esas le cuento. Mujeres jodidas y no en el buen sentido de la expresión.
Hahahah horror filtrennn por favor.!!! Que oso esta muy largo esos mensajes loquis.