TERCO CON EL PROPÓSITO Y FLEXIBLE CON EL CAMINO

Lo escrito por Mary Luz Herrán, exesposa de Gustavo Petro, tiene una sencillez que merece ser tomada en serio.  “La terquedad es buena, a veces. No siempre se tiene la razón”. Más allá de las circunstancias personales, esta afirmación en las redes sociales permite abrir una discusión política sobre el carácter del hoy expresidente. Petro ha sido, sin duda, un hombre persistente, capaz de sostener durante décadas unas convicciones políticas que muchos consideraron inviables.

El problema no está en haber insistido. El verdadero problema aparece cuando la terquedad deja de estar al servicio de un propósito y termina convirtiéndose en una resistencia a cambiar de método, incluso cuando la realidad comienza a demostrar que el camino escogido no produce los resultados esperados.

La historia está llena de hombres y mujeres que fueron considerados tercos, obstinados o incluso equivocados antes de que el tiempo terminara dándoles la razón. Galileo Galilei, insistió en defender una explicación del universo que enfrentaba al pensamiento dominante de su época y terminó sentando las bases fundamentales de la ciencia moderna.

Marie Curie, perseveró en un ambiente científico que prácticamente cerraba las puertas a las mujeres y convirtió esa resistencia en descubrimientos que le valieron dos premios Nobel. Nelson Mandela pasó 27 años en prisión sin renunciar a su lucha contra el apartheid, pero cuando tuvo la posibilidad de cambiar la historia de Sudáfrica entendió que la reconciliación era más poderosa que la venganza. La lección común es sencilla. Fueron tercos con sus objetivos, pero tuvieron la inteligencia para encontrar caminos que les permitieran alcanzarlos.

Thomas Edison ofrece otra enseñanza todavía más cercana al problema que plantea la frase de Herrán. Después de innumerables intentos para desarrollar una bombilla funcional, su insistencia no consistió en repetir exactamente el mismo procedimiento esperando un resultado diferente. Experimentaba, fracasaba, aprendía y volvía a intentarlo. Su terquedad estaba puesta en el resultado, no en una fórmula inamovible para conseguirlo.

Esa distinción resulta fundamental para evaluar la experiencia de Gustavo Petro en la presidencia. Su proyecto político tuvo desde el comienzo un objetivo reconocible. La desigualdad social ocupó el centro de la agenda nacional y el Estado debería intervenir con mayor fuerza para corregir las enormes diferencias económicas y sociales del país utilizando de manera eficaz el gasto público.

Petro consiguió algo que no puede desconocerse. Logró que la desigualdad, la pobreza, la exclusión territorial, la concentración de la riqueza y la necesidad de ampliar derechos sociales ocuparan buena parte de la discusión política colombiana. El problema es que colocar un tema en el centro de la agenda no equivale a resolverlo. Una cosa es modificar el discurso nacional y otra producir transformaciones sostenibles que puedan medirse y reconocerse más allá de la retórica gubernamental.

Un gobierno necesita convicciones, pero también necesita capacidad de adaptación. Cuando una reforma encuentra obstáculos en el Congreso, cuando una política pública no produce los resultados previstos, cuando los indicadores no responden como se esperaba o cuando los equipos técnicos advierten que una decisión debe modificarse, el gobernante tiene dos posibilidades. Puede cambiar el método para preservar en el objetivo o puede interpretar cualquier obstáculo como una razón adicional para insistir en el mismo camino. En demasiadas ocasiones, Petro pareció escoger la segunda opción.

La situación se vuelve todavía más compleja cuando la persistencia se mezcla con el orgullo. Un gobernante que reconoce un error no necesariamente pierde autoridad. En ocasiones ocurre exactamente lo contrario. La capacidad de decir “esto no funcionó, debemos hacerlo de otra manera” puede ser una demostración de liderazgo. Pero cuando rectificar se interpreta como una derrota personal, las decisiones comienzan a girar alrededor del gobernante y no alrededor del resultado que se pretende alcanzar. Allí la ideología se convierte en trinchera, la persistencia en inmovilismo y la autosuficiencia en aislamiento.

Por eso la frase de Mary Luz Herrán puede leerse como una advertencia política más amplia. No siempre se tiene la razón y reconocerlo no significa renunciar a las convicciones. Petro tenía derecho a defender una visión diferente de Colombia y a insistir en la necesidad de reducir la desigualdad. En su gestión tenía la discrecionalidad de acudir a nuevos métodos cuando estos no funcionaran, escuchar a quienes tenían argumentos técnicos distintos, construir acuerdos cuando fueran necesarios y a medir sus resultados. Desafortunadamente para el país, quien propuso el cambio se negó a cambiar.

Tal vez allí está la diferencia entre los grandes tercos de la historia y la terquedad que termina convirtiéndose en obstáculo. Galileo insistió porque buscaba demostrar una verdad. Mandela persistió porque quería terminar con el apartheid. Thomas Edison electrificó al mundo después de 10.000 intentos diferentes fallidos. Ellos no confundieron la fidelidad al propósito con la obligación de utilizar siempre el mismo método.

El balance final de un gobierno no lo determina la intensidad con la que defendió sus ideas, sino lo que logró transformar. Petro deja como uno de sus principales legados haber obligado al país a discutir problemas que durante mucho tiempo permanecieron en segundo plano. Pero queda pendiente una pregunta mucho más exigente. ¿Cuántas de esas banderas terminaron convertidas en resultados duraderos y verificables? La respuesta determinará si su persistencia será recordada como la virtud de un hombre que nunca abandonó sus convicciones o como la terquedad de un gobernante que, teniendo claro el destino, no encontró a tiempo la voluntad para cambiar de camino.

  

Cesar Arismendi Morales

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