Desde nuestra tierra agrietada por el sol, desde los ríos que ya no cantan con la misma fuerza, desde las comunidades que resisten en los pliegues olvidados del mapa, surge un murmullo que se hace grito. No es un lamento, sino una invitación a re-aprender, a des-aprender. Es la voz de la Transición Ecosocial (TE), un llamado que no llega de salones académicos lejanos, sino que brota de la necesidad más visceral: la de garantizar la vida, en plural, en este rincón del mundo y en el planeta entero.
La urgencia ya no es solo denunciar. Es construir, narrar y ocupar espacios con una historia distinta. Como bien nos recuerda la sabiduría de pensadoras como Silvia Rivera Cusicanqui, se trata de una tarea decolonial. No es un simple ajuste técnico; es una reconstitución de la mirada. Debemos cruzar esa frontera mental que nos impone el progreso como una línea recta infinita, ese desarrollo que nos ha enseñado a ver la naturaleza como un almacén y a las comunidades como un obstáculo. La TE nos pide recuperar las epistemes originarias, esos saberes que nunca separaron el bienestar humano de la salud de la Pachamama, que entendieron la vida como una red simbiótica y no como una carrera de competencia.
En esta tierra, hablar de derechos humanos de manera aislada ya no basta. La TE nos exige, con una claridad que duele, entender que la naturaleza es sujeto de derechos. No es un recurso, es un pariente. Y nuestros derechos individuales solo pueden florecer cuando se enraízan en el respeto a los derechos colectivos: al territorio, al agua limpia, a un aire que no enferme. Aquí, la crisis ecosistémica no es una noticia futurista; es la sequía que mata los cultivos, el aluvión que arrasa hogares, la enfermedad respiratoria de los niños que viven junto a zonas de sacrificio.
¿Y cómo comunicamos esta transición? No con más cifras apocalípticas que paralizan, sino con una narrativa propositiva y optimista. Optimismo no ingenuo, sino arraigado en la acción. Implica desaprender el dogma del éxito individual y la competencia feroz que nos inculcaron, para recuperar la biofilia –ese amor instintivo por lo vivo– y una bioeconomía que piense en ciclos, no en extracción lineal. Es una comunicación que hable de equidad real, que desmonte los racismos y sexismos estructurales, y que ponga en el centro la ética del cuidado como brújula universal.
Maristella Svampa nos ayuda a ver que la TE no es un asunto solo “verde”. Es holística. Es feminista, porque desafía las lógicas de dominación y prioriza la sostenibilidad de la vida. Es económicamente justa, porque cuestiona la obsesión por el crecimiento infinito en un planeta finito. Aquí es donde dialogan con fuerza el Decrecimiento y el Buen Vivir. El decrecimiento, como nos enseñan voces como las de Serge Latouche, no es pobreza planificada; es la audacia de imaginar una vida plena con menos cosas y más vínculos, más tiempo para la comunidad y menos para la línea de producción. Y el Buen Vivir (Sumak Kawsay, Küme Mongen), arraigado en las cosmovisiones de nuestros pueblos originarios, es ese faro que nos guía: la prosperidad se mide por la armonía en la comunidad y con la naturaleza, no por el PIB.
Finalmente, como señala María José Guerra, esta perspectiva ecosocial no es una opción entre muchas. Es obligatoria. Es la pregunta kantiana del “¿qué debemos hacer?” resonando en nuestros valles y ciudades. Debemos hacer el giro del antropocentrismo al biocentrismo. Reconocer nuestra ecodependencia total no es un paso atrás, es el único paso sensato hacia adelante para diseñar “futuros vivibles”.
Desde esta columna, los invito a no solo leer sobre la Transición Ecosocial, sino a encarnarla. A buscar esas raíces locales de sabiduría, a apoyar las economías circulares de nuestros mercados campesinos, a defender los territorios, a practicar la cooperación sobre la competencia. La narrativa la escribimos juntos, con las manos en la tierra y la mirada en un horizonte común, muy ajeno al viejo progreso, pero profundamente familiar al latido ancestral de la vida.
Arcesio Romero Pérez
Escritor afrocaribeño
Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI

