“El amigo Chan le dijo al amigo Blacho, yo quiero conocer me voy pa’ Nueva York pero me voy es por el aire, pa’ que sepa usted que voy a monta en avión pa’ pasea como un doctor y cuando venga por aquí no le voy a habla es a nadie”
Desde hacen dos semanas he tenido en mi mente la canción titulada “El amigo Chan” de la autoría de Calixto Ochoa que dio a conocer en el año 1980 en la que narra las peripecias de su amigo Chan durante su viaje a la patria del Tío Sam y tuvo que precipitar su regreso porque no encontró por allá quien le despachara ni un plato de mazamorra y nadie le entendía lo que decía, esa recordación tiene que ver con lo que les contare al terminar la tacita de café.
Resulta que durante muchos años me negué a gestionar trámites para visitar el país del Norte por tantas historias poco agradables que había escuchado, realmente ante esa eventualidad hice siempre uso de mi Derecho Constitucional Fundamental de sentir miedo, se decía que allá maltrataban a los colombianos, que muy fácil se cometían infracciones a la ley porque lo que aquí es normalito allá no etc., en virtud de esa circunstancia en el año 2018 le deje el pasaje para viajar a Atlanta en la mano y los recursos para el trámite consular a mi inolvidable primo Edgar Acosta, Nallit Cantillo un amigo común que vive allá le pidió que me llevara, la sola idea de encarapitarme en un avión varias horas me aterrorizaba.
Sucedió que complacerles el alboroto a mis hijas, después de mucho pensarlos y consultarlo accedí a emprender un viaje impensable para mi hace muy poco tiempo, sucedió que por motivos de estudios mi hija menor que está en los Estados Unidos no ha podido estar con nosotros en los últimos dos años, sin que yo me enterara se confabularon con Janis mi esposa y adelantaron todas las gestiones para el viaje hasta allá incluyendo este cuerpecito que habrán de comerse los gusanos de Mongui, cuando vine a ver ya me habían gestionado la cita en la Embajada y los tiquetes comprados, así me di cuenta que cuando uno pasa de los cuarenta ya uno no manda sino la mujer y los hijos, evidentemente asistí -o me llevaron- a Bogotá estuvimos en la gestión de la Visa la cual nos concedieron a todos, seguramente porque sabían que yo soy compadre de Linda Tromp que debe ser prima del presidente norteamericano.
Llegado el día emprendimos el viaje con todas mis preocupaciones y prevenciones atormentando mi cabeza, cuando el animal despegó con migo a bordo pensé “Estoy en manos de Dios, de mis hijas y de los gringos”, yo me imaginaba que al llegar al Aeropuerto de Miami me recibiría un mono tablú con cara de tío regañando sobrino, que me encerrarían en un cuartico para interrogarme sobre la plática del viaje y que negocios torcidos había hecho en fin lo que uno escucha y ve en las novelas sobre mafiosos, comencé entonces a prepararme para lo peor, y además puse todo de mi para que no me atacara la claustrofobia que después de grandecito me afecta cuando cierran las puertas de esos aparatos.
Al llegar a esa ciudad en tierra ajena una sucesión de agradables sorpresas fueron disminuyendo mi miedo, mi llegada no tuvo ningún tropiezo, tuvimos el cuidado de hacer todo lo que hacían los demás, asumí una actitud altiva y de empresario en busca de oportunidades de inversión, desde luego fingida para transmitir confianza a los agentes de Migración, en todas partes me dieron el chulito y finalmente abrió sus brazos para mí una ciudad agitada y encantadora, para completar mi grata estadía por un frente frio en el Caribe, Dios le coloco a la ciudad para recibirme Aire acondicionado integral, la verdad ni en Bogotá había sentido tanto frio, y las cosas que vi y viví no las había tenido frente a mis ojos nunca en la vida, muchas de ellas no sabía que existían.
Fui a Gringolandia y vine, el Nene de su madre esta completico pero ya no piensa igual, mi mente estaba ciega frente a muchas cosas, claro son los efectos de treinta y tres años continuos de trabajo, de día y de noche sin haber disfrutado vacaciones jamás, y fuera de este país, lo más lejos que había ido era a Maracaibo en el año 1993 con una comisión de personajes de Maicao para unas gestiones binacionales con los Concejales José Villalba, Amauri Solano, Rodrigo Amaya y Chevito López, y los dirigentes comerciales Monib Beydun, y Luis Eduardo Restrepo, era aquel tiempo cuando Maicao tenía muchísimos dolientes y la Administración pública Municipal y los gremios trabajábamos de la mano, era yo el Jurídico Municipal
Todavía sorprendido por el recibimiento tranquilo y eficiente que me dieron los agentes de migración Americanos fui estremecido por la aparición en el Aeropuerto de Greta la vejé de mis niñas a quien no veía desde hacían casi dos años, ahí se me olvidaron todos los temores, mi corazón se reajustó al verla tan bonita como su papá y comencé a vivir unas experiencias inimaginables, por ejemplo cuando nos encarapitamos a un tren, y al notar que mis hijas no pagaron les dije que lo hicieron y para mi sorpresa me dijeron que ahí no se paga, metí el ojo por todas partes para ver al operador, chofer, maquinista como le llamaran y no lo encontraba y pregunté y me dijeron que no había que eso viaja solo, o sea que nosotros íbamos solos en ese animal, ahí comencé a caer en cuanta que estaba como dijo el tío Cabito en Varas Blancas “Fuera de mundo”, muy rara esa cosa porque en mi país si uno se monta así sea en una carretilla tiene que pagar, en el sector de la Vieja Habana me encontré en la calle un sitio a donde habían como treinta gallo finos comiendo y sin cuidanderos, pensé, “si esto fuera allá regresarían a casa fallos, varios irían a la olleta”. Más adelante llegue a un parque atraído por el Taca Taca por uno de los pocos juegos de mesa que me cautivan, es un parque pequeño a donde hay varias mesas, allí pueden llegar a jugar personas mayores de edad, no se puede jugar con dinero, dice el reglamento que no se pueden decir malas palabras, no se puede llegar ni con pantalones cortos ni con franelillas y menos desnudo a la cinta arriba, no se puede escupir en el piso, ni portar armas de ninguna clase.
En la calle una noche vi que circulaban unos carritos parecidos a los de venta de paletas, pero se movían sin que nadie los empujaras, al preguntar en voz baja para no pasar la pena supe que esos llevan domicilios de un lado a otro y funcionan a control remoto, eso me dejo perplejo, pensé “En un lugar que yo conozco no aparecería más ni el carrito ni la encomienda”; por otro lado todo mundo anda en lo suyo, o paseando, o en asuntos de trabajo, a nadie le importa lo que otro hace, la gente no habla con la gente, a nadie le importa la vida del otro, mejor dicho por allá no se come prójimo, tampoco escuche ningún bafle prendido en la puerta de las casas, estuve ocho días en una casa en algo parecido a un Conjunto Residencial y me vine con las ganas de conocer a los vecinos, es más amanecí un día con ganas de tomar café y mire con el rabo del ojo para la derecha y la puerta cerrada, para la izquierda la misma vaina, al frente menos, la verdad esa gente no es normal, ni los perros andaban en la calle, sentí que nos dejaron el barrio a nosotros; también pensé que me pasaría como a Poncho en Estocolmo pero no, en cada lugar alguien había que hablaba como yo, pero regrese como Chan, no pude tomarme ni un pocillo de mazamorra…Un nene caminó por Gringolandia Se las dejo ahí!!
Luis Eduardo Acosta Medina

