UNA VINDICACIÓN DEL MIRÓN

Siempre se escribe sobre quienes bailan, desfilan o brillan en las fiestas. Sobre el disfrazado audaz, la comparsa ruidosa, la reina efímera del carnaval. Pero casi nunca reparamos en un personaje silencioso y persistente, cuya presencia hace posible el espectáculo mismo: el mirón, ese espectador anónimo que disfruta la fiesta desde su borde, que no baila, pero respira el ritmo, que no desfila, pero acompaña con su mirada la lenta corriente humana del jolgorio. Esa figura discreta y constante que hace posible el espectáculo sin ocupar su centro. Mira, y en ese acto sostiene una parte esencial de la fiesta, transformando el bullicio en relato compartido, la efímera escena en memoria.

El mirón no es un voyeur: figura cargada de sombras y secretos. El voyeur busca lo oculto; el mirón se deleita en lo público. Le gustan los bailes abiertos, las máscaras, las escenas expuestas en calles o casetas de carnaval. No espía: contempla. Participa desde otra orilla de la fiesta. Su placer no es clandestino.

En los carnavales, el mirón abarca algunas edades: niños subidos en hombros de adultos, personas mayores ante la puerta abierta que antecede a un baile. No entran; les basta con mirar. Aquella distancia hace más intenso el asombro, un deleite que educa el ojo para la gracia ajena. El mirón pertenece a una genealogía antigua. Charles Baudelaire lo describió como un “príncipe que goza en todas partes de su incógnito”. Susan Sontag añadió que “la mirada es la primera forma de posesión”, un tocar a distancia que abraza sin invadir. Roland Barthes comparó el placer del texto al placer de mirar: una “inteligencia sensible del cuerpo ajeno en movimiento”.

La literatura latinoamericana lo confirma. En Cien años de soledad, cuando llega la pianola a Macondo, el pueblo se agolpa frente a la casa de los Buendía para ver bailar. Alguien comenta con maledicencia que el joven Arcadio tiene nalgas de mujer. Esto desata una sonora trifulca, pues el mirar no es pasivo: genera comentarios, sarcasmos, murmullos, moldeando el relato social.

El papel del mirón puede funcionar como un marcador generacional. Alguna vez, en medio de una reunión entre amigos, el mayor de ellos intentó situar fuera de su generación a una amiga que todos apreciábamos profundamente. Al preguntarle su edad aproximada, respondió con aires de picardía: “No sé cuántos años tiene, pero si recuerdo que cuando ella bailaba yo era un mirón”, insinuando que por entonces era apenas un muchacho. Ella lo escuchó en silencio, dejó que la frase flotara un instante, y le respondió desde lo más hondo de su dignidad festiva, con la puntería caribe de quien no perdona una vanidad: “¡Pa’ joderte!”. En esa frase se mostraba la capacidad de desmontar, con una chispa ocurrente, cualquier intento de rejuvenecimiento oportunista.

El mirón es, en el fondo, el guardián de lo visible. En tiempos donde la prisa y las pantallas todo lo erosionan, reivindicar su lugar en la fiesta es defender la antigua y necesaria costumbre de escudriñar con deleite. Es rescatar la mirada curiosa, paciente y respetuosa, que no busca apropiarse del instante, sino honrarlo con atención.

Weildler Guerra Curvelo

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