¡Y CAYÓ EL DICTADOR…!!! ¿UN NUEVO PODER?

<<Latinoamérica, desnuda, yace en una hamaca que pende de dos árboles cerca de la costa. En frente suyo, el descubridor conquistador, el héroe guerrero, victo belicoso, la observa desnuda. Lleva en una mano un instrumento para medir el tamaño del suyo, de su machidad (sic), y que le permite medir el valor de ser propietario del mundo y rehacerlo a su imagen y semejanza. En la otra mano lleva un estandarte, una bandera con la cruz cristiana, barras y estrellas. El deseo de hombres como este, de corazón hueco y vacío, consiste en llenar al mundo consigo mismos. El conquistador se inclina sobre ella. Despierta a Latinoamérica. La descubre de sus ropajes y plumaje de inocencia anterior a la historia para pedirle acceso total y poseerla. Este no es un acto de seducción. Él llama y ordena. En el fondo, a la izquierda, puede verse un barco de guerra. Y otro detrás, apenas visible cerca de la costa. Este es un acto de guerra y violencia. Una penetración forzada. Más allá, en el horizonte de lo impensable, los habitantes del lugar. Subdesarrollados, caníbales, salvajes.>> Óscar Guardiola, El Espectador, enero 7, 2026

Si hemos entendido bien el sentido que tiene  en  esta original transcripción, y se hace contraste con lo que ha venido sucediendo en Venezuela, pareciera que la historia nos está llevando de regreso al siglo dieciséis cuando América indígena se vio enfrentada en plenitud de desventaja al codicioso conquistador  que se asomó a sus costas sin mérito distinto que el de las armas y la fuerza represiva, y tomó posesión de ella sin siquiera tomar en consideración su rechazo y pisoteando sin clemencia su orgullo y dignidad. Sin mayor alternativa y sin vía posible de escape, el virginal continente terminó siendo espoliado a gusto y criterio del invasor, como si mediara en ello algún derecho o privilegio que le permitiese colocarse por encima del sentir soberano de los nativos, que no eran nada parecido a animales o a caníbales sino que poseedores de tradiciones ancestrales que  fueron de lejos  la fuente y la fuerza para dar origen a civilizaciones sorprendentes que, en numerosos  aspectos, ya eran superiores a las corroídas sociedades europeas, particularmente en lo relativo a la organización del Estado, la arquitectura monumental,  la ingeniería del agua y la producción de alimentos.  Fueron siglos de dominación, uno detrás de otro, sin que el subyugado continente pudiera levantar cabeza del todo y sufriera continuas avanzadas de exterminio. Con el correr de los años, cuando ya todo parecía ponerse en calma, sucesivas migraciones terminaron de cumplir la tarea de apropiación, no sin antes negar todo derecho a las oprimidas naciones originales. Los territorios ancestrales y soberanos ya no les pertenecieron más.  

A pesar de todo, vinieron tiempos en los que prosperó el sentimiento de Independencia y Libertad, producto de lo cual novedosas formas de naciones fueron tomando vida para cubrir a la ultrajada Latinoamérica con un hermoso vestido de mil colores.  Fueron sus hijas, nacidas de la sangre sublimada de los pueblos nativos.  Pensó la madre de tantas naciones que habían llegado buenos tiempos para una nueva vida en plenitud de armonía y cooperación entre todas, lejos de la esclavitud y la dominación, era un sueño genuino que era perfectamente posible siempre que se conservara  entre ellas el respeto y el reconocimiento a la autodeterminación, pero que sobre todo fuesen capaces de mantenerse unidas para resistir a cualquier nuevo intento de apropiación agresiva y dominación. Las naciones, todas ellas, buscarían la forma de hacerse capaces se orientar sus destinos y fortalecerse para resistir cualquier acometida de conquista, tanto o peor de vergonzosa e indignante que la primera, acaecida apenas unos siglos atrás.

Y sucede hoy que ese es, justamente, el tremor que comienza a escucharse desde el Norte y se hace realidad en Venezuela.  La agresiva intervención para “extraer forzadamente” al Presidente y detenerle bajo acusación de ser responsable de actividades de narcotráfico hacia los Estados Unidos es una clara muestra de lo que puede suceder en cualquier momento y en cualquier territorio. Pareciera que los principios del Derecho Internacional, aquellos que nos ligan en una sociedad de naciones que vive en paz y que se suponen aplicables en toda circunstancia, hubieran dejado de operar ante el uso unilateral de la fuerza, todo con el muy cuestionable propósito de intervenir en los asuntos internos de una nación soberana y acariciando la morbosa pretensión de establecer un “orden conveniente” para sí. ¿No había ocasión para que actuaran las instancias globales y regionales que tienen competencias para dirimir ese tipo de conflictos?  ¿Por qué no se acudió a ellas para resolver reclamaciones que seguramente habían podido alegarse de forma legítima? ¿Qué fue lo que no funcionó?

Lo que se vivió y se está viviendo en Venezuela es claramente un acto de “guerra no declarada” que debe encender las alarmas en todo el mosaico de naciones latinoamericanas, advirtiendo sobre un nuevo tiempo de asedio en el que “alguien que se cree con suficiente poder” da repetidas y ruidosas señales de querer establecer en los países del continente nuevas condiciones de gobernabilidad, y particularmente en Venezuela, porque, según él, “hay cosas que no se hacen a su gusto”. 

Detrás de la figurada “guerra contra el narcotráfico” se han estado dando pasos que pueden desestabilizar las estructuras estatales y moldear escenarios de “relevo forzado en el poder” que quebrantan los más elementales principios de la Democracia.  Justamente lo que se ha comenzado a escenificar en Venezuela. En medio del ruido y el caos propio de esta “guerra irregular” contra el tráfico de drogas, se abren espacios para todo tipo de arbitrariedades, una de ellas la que ya se concretó con el “secuestro forzado” del Presidente de Venezuela y la flagrante intromisión en asuntos de gobierno de ese país, con claras intenciones de inclinar decisiones y cambios en favor de la “potencia invasora”. No se ve en todo esto el propósito de restaurar la Democracia, por si acaso se dijo alguna vez, pero sí el interés inequívoco de sacar partido de cada nueva circunstancia. Lo que es más grotesco es que los “beneficios trabajados” actúan en favor de las nunca ocultas estructuras de poder económico de la potencia norteamericana que sustentan el Gobierno del Presidente Trump.

¿Será este el tiempo de una nueva Conquista? ¿Será el tiempo de un nuevo poder?  No lo sabemos, pero será mejor estar muy atentos.

 

Arturo Moncaleano Archila

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