Hay momentos en la política que no caben en las estadísticas, ni en las encuestas, ni en los cálculos electorales.
Momentos que se sienten.
El día de la inscripción presidencial de Sergio Fajardo y su fórmula vicepresidencial Edna Bonilla fue uno de esos momentos. Frente a la Registraduría Nacional del Estado Civil no solo se cumplió un trámite electoral. Se vivió algo más profundo: la sensación de que, en medio de la polarización del país, todavía hay ciudadanos dispuestos a creer en una política distinta.
La inscripción oficial de la candidatura marca el inicio de una nueva etapa en la conversación política de Colombia. Pero lo que ocurrió ese día fue más que un acto institucional.
Fue una escena profundamente humana.
Había jóvenes, profesores, familias, líderes sociales, estudiantes, ciudadanos que viajaron desde distintos lugares del país para acompañar un momento que, para muchos, representaba algo que Colombia necesita con urgencia: reconciliación.
Yo estuve allí.
Y lo que vi no fue una multitud movida por el odio o la rabia sentimientos que con demasiada frecuencia dominan la conversación política. Lo que vi fue algo distinto: gente que cree que el país puede encontrar un camino lejos de los extremos.
Durante años hemos sido testigos de una política que se alimenta del miedo. Miedo al otro, miedo al adversario, miedo a perder. Pero las sociedades no avanzan cuando el miedo es el lenguaje dominante. Avanzan cuando aparece una conversación distinta.
La política, en su mejor versión, debería ser eso: un ejercicio de construcción colectiva.
En ese sentido, la presencia de Edna Bonilla en la fórmula presidencial no es un detalle menor. Académica, profesora y exsecretaria de Educación, Alcaldesa (E) de Bogotá, representa una tradición de servicio público basada en el conocimiento, en la gestión y en la convicción de que la educación es el camino más poderoso para transformar una sociedad.
En un país donde la política a menudo se reduce al espectáculo o a la confrontación permanente, ver a dos personas que hablan de educación, de ciencia, de oportunidades y de reconciliación puede parecer casi una anomalía.
Pero quizá eso es justamente lo que Colombia necesita.
Mientras observaba la multitud, pensé en algo que pocas veces decimos en voz alta: la esperanza también puede ser contagiosa.
Durante demasiado tiempo hemos escuchado que el país está condenado a elegir entre extremos, que el centro es ingenuo, que la moderación es debilidad. Pero la historia de muchas democracias demuestra lo contrario: los grandes acuerdos que transforman países suelen surgir precisamente de la capacidad de dialogar.
Ese día, frente a la Registraduría, no vi ingenuidad.
Vi valentía.
La valentía de quienes siguen creyendo que la política puede hacerse con decencia.
La valentía de quienes creen que el conocimiento debe ocupar un lugar central en el gobierno.
La valentía de quienes no se resignan a que el país esté condenado a dividirse.
Como colombiana y como ciudadana de una región que conoce demasiado bien el abandono y la polarización ese momento me recordó algo importante: las democracias no se construyen solo en los palacios de gobierno.
Se construyen en las calles.
En la gente que decide acompañar.
En los ciudadanos que se niegan a rendirse ante el cinismo.
Pero lo que comenzó ese día no fue solo una inscripción presidencial. Fue una invitación.
Una invitación a sumarnos a una revolución serena pero profunda: la revolución de la educación. Una revolución que no promete milagros, sino trabajo serio; que no ofrece rabia, sino conocimiento; que no divide a los colombianos, sino que los convoca a construir juntos.
Es una invitación a un cambio serio, seguro y responsable.
A construir una nueva mayoría en Colombia.
Una mayoría distinta a la que suele dominar la política tradicional. No una mayoría de maquinarias ni de extremos, sino una mayoría silenciosa que existe en cada rincón del país: la de los profesores que educan sin reconocimiento, los estudiantes que creen que el conocimiento puede cambiar su destino, los emprendedores que trabajan todos los días para sacar adelante sus ideas, las madres que quieren oportunidades para sus hijos, los jóvenes que no quieren heredar un país dividido.
Esa es la nueva mayoría.
La mayoría de los ciudadanos que quieren menos gritos y más soluciones.
Menos odio y más educación.
Menos improvisación y más conocimiento.
Colombia ha pasado demasiado tiempo atrapada en discusiones que nos separan.
Tal vez llegó el momento de unirnos alrededor de algo que siempre nos ha podido reunir: la educación, la decencia pública y la convicción de que este país puede ser mejor.
La inscripción de una candidatura no cambia un país por sí sola.
Pero a veces marca el inicio de algo más grande.
A veces es simplemente el recordatorio de que todavía hay personas dispuestas a intentarlo.
Y quizá, si somos suficientes los que decidimos sumarnos, ese intento pueda convertirse en una nueva mayoría para Colombia.
Una mayoría que crea.
Una mayoría que construya.
Una mayoría que eduque.
Una mayoría que, por fin, nos permita pasar de la esperanza… a la transformación.
Juana Cordero Moscote


Juana, tu columna me gustó mucho: encuentro en tu escritura una serenidad que enriquece el debate público y que invita a pensar la política más allá de la confrontación inmediata. Esa disposición a matizar y a reflexionar es valiosa en un país que suele debatirse entre extremos.
Yo, sin embargo, me inclino por Cepeda. No solo por afinidad política, sino porque creo que Colombia necesita un socialismo más conceptual, uno que se fundamente en principios éticos y filosóficos de justicia social, dignidad humana y redistribución equitativa. Cepeda representa una forma de intelectualidad distinta: no la tecnocrática del cálculo y la gestión, sino la filosófica y humanista, que busca transformar las estructuras de desigualdad desde una visión ética del poder.
Fajardo y su fórmula transmiten esperanza, y eso es valioso. Pero la esperanza, para ser motor de cambio, debe convertirse en proyecto serio y coherente. La política no puede quedarse en gestos simbólicos ni en emociones pasajeras: requiere visión estructural, capacidad de ejecución y un compromiso profundo con los dolores históricos del país.
Por eso apoyo a Cepeda: porque su propuesta no se limita a administrar lo existente, sino que busca repensar conceptualmente el modelo de sociedad que queremos construir. En tiempos de polarización y desencanto, esa apuesta por un socialismo ético y reflexivo me parece la vía más seria para transformar la política en un ejercicio de justicia y dignidad colectiva.