Hay fotos que no se miran: se leen.
Se leen como se leen los viejos archivos, como se hojean los expedientes donde el tiempo deja huellas que no se pueden borrar.
La imagen del comité político de Paloma Valencia es una de ellas.
Allí no hay ruido, no hay desorden, no hay improvisación. Todo está en su sitio. Los nombres alineados como columnas de mármol, las trayectorias pulidas, los cargos repetidos como un eco que no se agota.
Pero en esa perfección hay algo inquietante: la ausencia.
Ni una mujer, ni una voz nueva, ni un gesto de ruptura.
Es una fotografía sin futuro.
Es, más bien, una postal detenida en el tiempo, un álbum de poder donde las mismas caras regresan una y otra vez, como si el país fuera un escenario que nunca cambia y ellos los actores eternos de la misma obra.
Los mismos apellidos que han gobernado.
Los mismos que han administrado.
Los mismos que hoy, con la serenidad de quien nunca ha tenido que irse, vuelven a ofrecerse como respuesta.
Pero Colombia ya no es ese país.
Colombia es hoy un murmullo distinto.
Una conversación que se abrió paso por fuera de esos salones donde se decide todo sin que pase nada.
Por eso resulta tan revelador el contraste.
Mientras unos organizan comités como quien reorganiza una biblioteca vieja – sin cambiar un solo libro -, otros entendieron que el poder también se narra, también se representa, también se siente.
Ahí está la clave que muchos no han querido leer.
Porque más allá de sus aciertos o errores, el gobierno de Gustavo Petro introdujo algo que incomoda a sus opositores: la irrupción de lo distinto. No solo gobernó: desplazó simbólicamente el centro del poder.
Llevó a la mesa a quienes nunca habían sido invitados.
Mujeres que no pedían permiso.
Comunidades que no aparecían en las estadísticas del poder.
Rostros que no cabían en esas fotos perfectamente encuadradas.
Y ese gesto – más político que cualquier decreto – dejó una marca.
En cambio, la respuesta que hoy se ofrece desde ese comité es otra: la restauración.
El regreso de los expertos de siempre.
La fe intacta en la tecnocracia.
La idea de que el país necesita, una vez más, a quienes ya lo condujeron.
Pero Colombia aprendió.
Aprendió que la experiencia sin transformación puede ser apenas una forma elegante de la repetición.
Que las hojas de vida no corrigen la distancia con la gente.
Y que el poder, cuando no se renueva, termina hablándose a sí mismo.
Por eso esa imagen no proyecta autoridad.
Proyecta agotamiento.
Es el retrato de una élite que todavía cree que el país le pertenece, que aún no entiende que Colombia dejó de pedir permiso para existir políticamente.
Y mientras insisten en convocar al pasado, el país – con todas sus contradicciones, con todas sus incertidumbres – sigue moviéndose.
Porque la historia, cuando avanza, no pide permiso. ¡Arrasa!
Y a los que no supieron leerla, no los contradice…
los deja atrás.
José Jorge Molina Morales

