Hay una escena silenciosa que se repite todos los días en Colombia.
Un niño con un celular en la mano. Una familia en la misma sala, pero en mundos distintos. Un libro cerrado y una pantalla encendida.
El psicólogo Jonathan Haidt lleva años documentando lo que él llama el “gran recableado” de la infancia: el momento en que los dispositivos móviles dejaron de ser herramientas para convertirse en el entorno primario donde los niños viven, piensan y se relacionan. Su pregunta es incómoda: ¿qué se pierde cuando dejamos de leerles a los niños y empezamos a entregarles pantallas?
En Colombia, esa pregunta ya no es una advertencia. Es una alarma.
Según datos del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, el 61% de los niños y adolescentes colombianos tiene un celular propio. Entre los 6 y los 9 años —la edad en que antes descubríamos los cuentos— uno de cada tres ya accede a dispositivos móviles. Y, de acuerdo con la encuesta TIC del DANE, los niños en Colombia pasan casi nueve horas diarias frente a pantallas entre celular y televisión.
Nueve horas. Eso no es tecnología. Eso es sustitución.
Sustitución del juego por el algoritmo. De la conversación por el video corto. De la imaginación por el estímulo inmediato.
La infancia no está desapareciendo de golpe. Se está diluyendo.
Durante generaciones, leerle a un niño fue uno de los actos más poderosos de formación. No solo porque enseñaba palabras, sino porque construía algo más profundo: atención sostenida, pensamiento secuencial, vínculo emocional. Leer obliga a imaginar. La pantalla, en cambio, solo exige reaccionar. Y esa diferencia —aparentemente sutil— está cambiando la manera en que nuestros niños entienden el mundo.
En Colombia, el problema tiene además una dimensión que los países ricos tienden a ignorar: la desigualdad. Mientras algunos niños acceden a tecnología con acompañamiento educativo, la mayoría la consume sin guía, sin filtros, sin conversación. No es solo un problema de tiempo en pantalla. Es un problema de formación ciudadana.
La evidencia científica es clara: el uso intensivo de dispositivos está asociado a dificultades de atención, alteraciones del sueño y un aumento de síntomas de ansiedad y depresión en niños y adolescentes. Pero más allá de los efectos clínicos, hay algo más difícil de medir: la pérdida de la capacidad de concentrarse, de imaginar, de esperar. La lectura es, en esencia, un acto de paciencia. Y estamos criando una generación que crece sin ella.
Sin embargo, esta no es una columna contra la tecnología. Sería ingenuo plantearlo así.
La tecnología no es el problema. El problema es la ausencia de intención. Un celular puede ser una herramienta de aprendizaje extraordinaria. Pero también puede ser el sustituto más barato de la presencia adulta. Y ahí es donde aparece la pregunta que deberíamos hacernos como sociedad: ¿estamos criando niños conectados o niños formados?
Colombia tiene historias que demuestran que otro camino es posible. Luis Soriano lleva más de dos décadas recorriendo las sierras del Caribe colombiano con dos burros —Alfa y Beto— cargados de libros. El Biblioburro ha llegado a comunidades donde nunca existió una biblioteca, donde los niños aprenden a leer sobre la tierra, bajo un árbol, con un libro prestado. Es una imagen que debería avergonzarnos y emocionarnos a la vez: en los mismos años en que las pantallas colonizaban la infancia urbana, un maestro rural demostraba que el acceso a la palabra puede ser, literalmente, un acto de resistencia.
Porque un niño que lee no solo aprende. Un niño que lee piensa. Y un niño que piensa es un ciudadano más difícil de manipular. En un país como Colombia, eso no es un detalle menor. Es un acto profundamente político.
Tal vez el problema no es que los niños usen pantallas.
Tal vez el problema es que los adultos dejamos de leerles. Que dejamos de sentarnos, de acompañar, de construir ese momento donde la palabra crea mundo.
Lo que está en juego no es solo cómo se entretienen nuestros hijos. Es cómo piensan, cómo sienten, cómo entienden la realidad —y, sobre todo, en qué tipo de sociedad se van a convertir.
Todavía estamos a tiempo de decidir. La diferencia empieza en algo más simple de lo que creemos: apagar una pantalla. Y abrir un libro.
Juana Cordero Moscote


Bendición Juana muy útil tu columna para poner en práctica la lectura y esto lleva a la unión familiar en este mundo desigual,
Gracias Juana muy interesante una enseñanza muy completa