Hay una forma muy colombiana de destruir a alguien bueno.
No se hace con mentiras. Se hace con verdades incompletas, servidas en el momento exacto, con el tono exacto, para que suenen a condena.
A Sergio Fajardo le han aplicado esa fórmula con una eficiencia que casi hay que admirar.
Dicen que es malo porque no se metió a la gran consulta. Fajardo rechazó participar en la consulta interpartidista de marzo de 2026, argumentando que estos procesos operan dentro de estructuras partidistas tradicionales que no permiten la formación de coaliciones amplias y que generalmente favorecen a candidatos con maquinarias.
Eso, para la clase política colombiana, es una herejía. No porque sea incorrecto sino porque amenaza el negocio. Las consultas no son democracia. Son el mecanismo con que los partidos tradicionales deciden entre ellos quién va a repartir el poder. Que Fajardo se niegue a jugar ese juego no es debilidad.
Es coherencia.
Dicen que es malo porque no es el candidato de Uribe ni ha dicho públicamente que Uribe es su papá. Fajardo ha sido enfático: “No he sido uribista, ni petrista, ni santista. Siempre he tomado decisiones de manera independiente y respetuosa, enfocado en construir y transformar”.
Para el uribismo, alguien que no se arrodilla es un enemigo. Para el petrismo, alguien que no se arrodilla también es un enemigo. Lo que nadie dice en voz alta es que en Colombia, el verdadero problema de Fajardo no es que sea de izquierda o de derecha. Es que no les debe nada a ninguno.
Dicen que es malo porque no votó por Petro. En 2018 votó en blanco en la segunda vuelta, desmarcándose tanto de Petro como de Duque. En 2022, fue igualmente tajante: “Yo por Gustavo Petro no voto”. El petrismo nunca le perdonó esa independencia. Petro lo responsabilizó del triunfo de Duque en 2018 por el voto en blanco. Pero hay algo que nadie en el petrismo quiere examinar: un hombre que lleva cuatro años de gobierno disfuncional, de instituciones deterioradas, de criminalidad negociada en la sombra, ese hombre no tenía derecho a exigir lealtad a nadie. Y Fajardo lo supo antes que muchos.
Dicen que es malo porque nunca ha estado con las maquinarias y los partidos tradicionales. Fue elegido el mejor alcalde del país tras transformar Medellín entre 2004 y 2007, llevándola del miedo a la esperanza. Como gobernador de Antioquia fue reconocido como el mejor gobernador del país. Lo hizo sin repartir cuotas burocráticas. Sin entregarle contratos a los que lo pusieron. Sin deber favores. “He gobernado con éxito, sin repartir favores ni perder un peso público”, dice él. Y nadie lo ha podido desmentir con hechos solo con titulares.
Porque eso es lo que hacen las maquinarias cuando alguien no juega su juego: lo persiguen con titulares. En la recta final de las elecciones de 2022, diez páginas de Facebook coordinadas entre sí pagaron 309 millones de pesos para difundir contenidos negativos y tendenciosos contra Fajardo. No ideología. No debate. Plata pagada para destruir. Eso no es política. Es una operación de limpieza para que el negocio siga como siempre.
Y aquí está el nudo que Colombia no quiere desatar:
¿Qué dice de nosotros que el candidato con el historial más limpio, el que más ha gobernado bien, el que más resistió la corrupción sea también el que más se ha “quemado” en redes, el más atacado desde todos los flancos, el más acusado de tibio, de traidor, de arrogante, de todo?
Dice que en Colombia castigamos la decencia.
Que tenemos tan interiorizado el clientelismo, la maquinaria, el favor y el contrato, que cuando alguien llega sin ese manual, lo leemos como debilidad. Que sus detractores lo tildan de “tibio” que no toma partido ni por una cosa ni por la otra. Como si tener principios propios fuera un defecto. Como si negarse a ser instrumento de Uribe o de Petro fuera indecisión, y no exactamente lo contrario.
Yo soy mujer guajira. Conozco bien lo que significa vivir en un territorio donde el poder siempre llega con condiciones. Donde el que gobierna le debe a quien lo puso. Donde los contratos tienen apellido antes de tener licitación. Donde la maquinaria no es una metáfora es la estructura que decide quién come y quién no.
Fajardo ha gobernado con experiencia y resultados concretos, con una gestión basada en la transparencia, mencionando que bajo su administración no hay registros de corrupción.
No es un discurso es un registro. Es veinte años de trayectoria pública que cualquiera puede auditar.
Colombia en 2026 no necesita al candidato más popular. Necesita al candidato más preparado. No necesita al que promete más. Necesita al que ha cumplido. No necesita al que tiene más aliados en el establecimiento. Necesita al que puede gobernarle al establecimiento sin deberle nada.
Fajardo es incómodo. Lo sé. Incomoda a la derecha porque no los necesita. Incomoda a la izquierda porque no los obedece. Incomoda a las maquinarias porque no reparte. Incomoda a los medios porque no da espectáculo.
Pero hay una palabra para ese tipo de incomodidad.
Se llama independencia. Y en Colombia, después de cuatro años de un gobierno que prometió cambiarlo todo y terminó repitiendo los peores vicios del poder la independencia no es un defecto. Es exactamente lo que necesitamos.
Fajardo es el mal necesario que Colombia no sabe que necesita.
Yo sí lo sé.
Juana Cordero Moscote

