UN GOBIERNO SOSTENIBLE, LA FÓRMULA DE FUTURO…

Los tiempos pasan y las “modas” llegan marcando tendencias unas tras otras. Hemos vivido modas que se hacen evidentes cuando se trata de lucir una forma nueva de vestir, o una forma nueva de cuidar y lucir el cuerpo para estar “mejor”, pero también hay modas para la forma de hacer las cosas, para lo que consumimos, para la forma de hacer música, para la forma de construir nuestras ciudades, y hasta para la forma de educar a nuestros hijos…, simplemente porque alguien hace lo propio para que las cosas que se pongan de moda y todo el mundo las siga. Así funciona el planeta y es así como nos hemos acostumbrado, sabiendo que como llegan se van dejando apenas recuerdos.  

En buena hora llegó y se puso de moda el criterio de la “sostenibilidad” para popularizar la idea que los recursos naturales son finitos y que en tal virtud no pueden, o no deben, ser expoliados hasta que no quede nada, plantados sobre el pensamiento que “para eso son, para que la humanidad los pueda aprovechar a su gusto”, sin más consideración que el usufructo inmediato en medio de la premura de un momento propicio. Nada más peligroso.

Tal vez venga bien el recordar que hubo un tiempo hace apenas siglo y medio que la enorme población de ballenas que dominaban los mares del mundo estuvo a punto de la extinción gracias al interés comercial de algunos países (léase industrias) por el aceite que se acumula en su cuerpo y que se usó durante décadas para alimentar las lámparas de todos los hogares existentes en “el mundo civilizado”.

La instancia salvadora de última instancia vino cuando se hizo evidente que bajo la tierra había enormes depósitos de otro aceite que resultaba más barato y más fácil de conseguir en grandes cantidades, y que podía tener rendimiento energético superior, lo cual ofreció a los inversionistas y la industria la inapreciable oportunidad de relevar “la fuente animal” y concentrar los esfuerzos en la “fuente fósil”, con jugosas ganancias de modo inmediato y sin límite hacia el futuro.

 Con esa perspectiva el planeta ya completa más de cien años de haber entrado en una era industrial que se calificó de “muy promisoria” y que aún evoluciona, mientras se acumulan señalamientos de su responsabilidad en la situación presente de “calentamiento global y cambio climático” 

(Probablemente quieran nuestros lectores regresar a las páginas de la maravillosa obra de Herman Melville, “Moby Dick, para comprender a fondo esta idea.)

El curso de la historia ha sido benévolo y ha permitido que, el solo hecho de considerar que los recursos naturales como bienes inagotables, e imaginar que una función del presente es aprovecharlos al máximo con desaforo, se ha venido a entender como una aberración que pudo llevar a la humanidad al desastre, según se puede revisar en la historia del desarrollo industrial y los numerosos ejemplos de explotaciones que ya se agotaron y que dejaron las comunidades en los territorios sumidas en una situación tan deplorable como jamás imaginaron.

Fue con ocasión de la llegada del Informe Brundtland (1987)[1] que la “sostenibilidad” se tomó el concierto mundial. Se trataba de hacer entender a los gobiernos de todos los estados que “la oportunidad real de sobrevivencia de las generaciones futuras depende de la responsabilidad con que las generaciones actuales atiendan sus necesidades” de agua, de energía, de minerales, de tierras cultivables y de alimentos, de donde deriva el compromiso de equilibrar desde ahora el crecimiento económico (fundado en gran medida en la industria) con el cuidado y la protección del ambiente y los recursos naturales, así como los requerimientos y la acción para un bienestar social óptimo y vigente en el largo plazo. En mejores palabras, se trata de llevar las cosas de manera responsable para asegurar la disponibilidad de bienes naturales esenciales en el más largo plazo. Por esa razón se habla del agua, se habla de energía, se habla de tierras y alimentos, que vienen a ser ejes infaltables en los Planes de Desarrollo nacionales y regionales, como respuesta efectiva a los Objetivos de Desarrollo Sostenible en la Agenda global 2030 para reducir a cero la pobreza y el hambre de los pueblos.  

Si la tarea consiste, pues, en gestionar adecuada y responsablemente para mantener las posibilidades de vida de los pueblos en el largo plazo, sin caer en el error de agotar los recursos disponibles, implica que son los gobernantes los primeros que deben asumir el compromiso modular el desarrollo en sus territorios sin que exista el riesgo de descalabro, así como el orientar las políticas públicas para que el Estado sea garante del equilibrio que se necesita, ya sea en el nivel nacional o regional y subregional. Para cada uno de ellos existen al menos tres asuntos relevantes que deben marcar la pauta de su gestión:

  • El equilibrio Ambiental: Cabe aquí la conservación de los ecosistemas que representan la riqueza natural del país y son su principal activo. Se entiende aquí la obligación de velar por el uso responsable de los recursos de todo orden: agua, biota y reservas minerales, así como la acción ordenada para la reducción de factores del cambio climático. El equilibrio en el uso y aprovechamiento del territorio es la “llave de oro” para la subsistencia.
  • El bienestar Social: entendido como el conjunto de intereses legítimos de las gentes donde quera que habitan, transversalizado por el Fomento de la equidad, la mejora real de la calidad de vida y la promoción de la justicia social. Se entiende aquí que la responsabilidad principal es con las gentes en sus territorios y ciudades y que depende de ese bienestar, sin el flagelo del hambre, la pobreza y la enfermedad, el buen suceso de las sociedades para avanzar hacia un futuro promisorio.
  • El Crecimiento Económico: que ya está reconocido como la expresión práctica de un derecho fundamental y que implica el fomento de la productividad, el impulso de la industria transformadora que genera empleo estable, en respuesta a prioridades viables y sostenibles en el tiempo, siempre con una mirada cuidadosa en la rentabilidad y la generación de riqueza para todos. El crecimiento económico no estaría justificado para el crecimiento y prosperidad de la banca y las corporaciones sino para el mejoramiento sustancial de la vida de las personas. Por esa razón es un eje central de la tarea de gobierno.

 

En tanto la sostenibilidad es una tarea que compromete a todos en general, por tratarse de un compromiso ético de la sociedad, conviene considerar entonces que cada gobernante del orden nacional, regional o subregional tiene sobre su espalda un compromiso correspondiente, y debe ocuparse de actuar en concierto con los demás si está consciente del equilibrio que debe lograr como autoridad en el territorio.  De allí que llame la atención la afirmación que se ha escuchado en estos tiempos de campaña, según la cual “un Presidente debe gobernar en alianza y cooperación con cada mandatario regional y municipal, no en subordinación, no en sumisión, sino en estrecha cooperación, porque cada uno de ellos tiene la tarea de irradiar en su territorio la concepción y orientación “sostenible” que emana del Gobierno Nacional. Y debe hacerlo “con todos ellos, no con algunos, no con sus amigos o sus partidarios en particular, porque se espera que haya un efecto global de la acción conjunta que se cumple con diligencia en cada territorio.”  De ese modo se figura la noción de “un esfuerzo equilibrado en todos los territorios y una política pública integral para un país unido tras metas de desarrollo equilibrado y sostenible.” Entonces surge un nuevo elemento que asegura la acción de bloque, que sería “la integralidad, para que todo el país marche al unísono en el propósito principal de gobernar bien y hacerlo de manera sostenible, es decir, sobre claras garantías de “gestionar desde hoy aquellos efectos saludables que deben perdurar hacia el futuro”.

Pues bien, de ese modo resulta fácil imaginar gobernadores y alcaldes que, sin perder el ritmo ni salirse de la nota, manejan su territorio pensando en elementos tan actuales –de moda, si quieren decirlo – como aquel de  la reducción de la huella de carbono” en la acción de gobierno, particularmente en lo que tiene que ver con la generación de energía y la reducción de impactos provenientes del manejo y disposición de los residuos sólidos y líquidos municipales; la “preservación de ecosistemas valiosos” y el establecimiento o recuperación de “espacios verdes” y “hábitats amortiguadores” en el entramado municipal; la “gestión del agua” y los residuos correlacionados, como principal garantía de la calidad de vida en el territorio; la generación de “energías limpias” que contribuyan a reducir la demanda de convencionales y la reducción de costos para los usuarios; la potenciación de “ecosistemas locales” para la productividad, la seguridad alimentaria y la recreación; el “transporte público sostenible” y sus opciones multimodales, como se ve en las ciudades y territorios que pueden aprovechar sus ríos y cuerpos de agua para impulsar esta modalidad; el  “reciclaje y la economía circular”, como avance hacia estados promisorios de “cero residuos”; la preparación del “recurso humano para el trabajo”, como dinamizador de la economía local y el fortalecimiento de las estructuras sociales y comunitarias y su compromiso con el territorio; el “restablecimiento de industria local” y la generación de empleo, para consolidar la estabilidad en el territorio.

 Esto que se ha dicho, poco más allá, poco más acá, es gobernar bien, de manera sostenible y en favor de las gentes.

En resumen, un gobierno sostenible vendrá a ser uno que promueva el compromiso local, porque allí está la conexión con el territorio y sus gentes. Despertará y cuidará el sentido de “la autonomía responsable” en el territorio para emprender acciones locales coherentes con lo dicho. Este sería el verdadero proceso de cambio en la forma de hacer política en un país que se ha acostumbrado a que “todo se hace desde el nivel central”. No habrá un país sostenible sin el compromiso y vinculación efectiva de todas las instancias regionales y subregionales.

¿Cuántas veces y a quiénes habremos escuchado hablando en estos términos? ¿Y a quienes en tiempo de elecciones?

La respuesta es que solo uno lo hace de forma seria y consistente, en lo que el mismo presenta como sus Propuestas de Gobierno en “Seguridad”, “Salud”, “Educación”, “La lucha contra la Corrupción”, aparte de otros temas que hacen parte de la agenda nacional, regional y municipal que para él no pasan desapercibidos.  Para algo tenía que servir su exitosa experiencia en la alcaldía de Medellín – ciudad transformada durante su mandato – y en la Gobernación de Antioquia. 

Los otros candidatos siguen apenas el guion mediático para mantenerse arriba en las encuestas.  Si hablaran claramente de su tarea de gobierno, de seguro el país tendría problemas para decidir por quién votar, pero en realidad no van más allá de soltar algunas ideas de lo que harán por aquí, de lo que harán por allá, pero nada profundo en lo que respecta a la tarea de gobierno en un país que necesita de la mayor astucia y concentración para resolver sus crisis y salir adelante.  Quien en efecto lo hace, y lo hace con seriedad y aplomo, tanto que es el único candidato que ya anda para todas partes con personas que se sabe que harán parte de su “equipo de gobierno”,  no figuran bien colocados en las encuestas, en razón que se señala que su argumento se siente “tibio” y acaso aburrido, así que solo destacan aquellos que no hablan de gobernar sino de adelantar acciones populistas, o muy populares, – que no es lo mismo – que  despiertan emocionalidad y gozan de alta rentabilidad política entre el público votante que no piensa pero que decide.

En efecto, aquel que propone una constituyente “para componer el país” en favor del pueblo tiene una gran hinchada en la izquierda y confía que ese solo mensaje le bastará para “barrer en primera vuelta”. Todo su esfuerzo se centra en mantener “la propuesta social” como centro de su mensaje, que viene a ser claramente populista.  De otro lado están quienes proponen “pacificar el país” bajo el dominio de las armas, siendo ésta una oferta “muy popular” entre otras hinchadas de derecha. Así, quienes hablan de gobernar por “un cambio Serio y seguro” no aparecen populares ante los medios y, en consecuencia, son ignorados por los consultados en las encuestas semanales de intención de voto.

De ese tenor están las cosas.

[1] Informe Brundtland (1987): Conocido con el nombre de <<Nuestro Futuro Común>>.  Documento de investigación y análisis presentado por la “Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo” para consideración del Consejo de Administración del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en su 14º ronda de sesiones celebrada en Nairobi en junio de 1987. El cuerpo científico-técnico que realizó el Informe estuvo presidido y orientado por quien llegara a ser Primera Ministra de Noruega, la Señora Gro Harlem Brundtland. El Documento aprobado fue remitido a la Asamblea General para aprobación definitiva en el marco del 42º período de sesiones.

 

Arturo Moncaleano Archila

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