PRIMERO DE MAYO: ENTRE LA MEMORIA Y EL VACÍO

Trier: la memoria que descansa

En Trier el primero de mayo amanece sin estridencias. La ciudad, antigua y serena, parece más inclinada a contemplarse que a agitarse. Entre calles que guardan siglos de historia y monumentos como la Porta Nigra, y la escultura hecha en bronce como un acto político y simbólico de Kar Marx creada por el escultor chino Wu Weishan; un Karl Max Caminando hacia adelante, con un abrigo largo en movimiento y un libro bajo el brazo como símbolo del conocimiento. La base de un conocimiento que sostenía en esencia el funcionamiento de las sociedades según sus condiciones materiales, basado en la forma en que las personas producen a través del trabajo y se organizan lo que el denomino la base económica, determinada en gran medida a través de la política, la cultura y las ideas de una sociedad.

Aquí la vida fluye con una calma que no niega el pasado, pero tampoco lo convierte en urgencia. Un primero de mayo se vive con una pequeña manifestación, sí. Un grupo reducido recorre algunas calles con consignas que evocan luchas obreras. Son pocos, casi discretos frente al conjunto de la ciudad. No hay confrontación visible. Su presencia es más memoria que conflicto.

Alrededor, la ciudad vive otro primero de mayo. Familias pedalean junto al Mosela, que nace en los montes vasgos, en Francia, y fluye hacia el norte a travesando Luxemburgo y Alemania, hasta desembocar en el rio Rin en la ciudad de Coblenza.

Turistas recorren el centro histórico, algunos visitan la casa donde nació Karl Marx, hoy convertida en el Karl Marx House. En los parques, grupos ‘descansan’, comparten comida, celebran el simple hecho de tener tiempo libre.

En un mismo espacio conviven católicos, protestantes, conservadores, progresistas, comunistas, nadie disputa abiertamente el sentido del día. El primero de mayo aquí parece haberse convertido en una conquista silenciosa: el derecho a no luchar ese día.

Riohacha: de la lucha a la distorsión

En Riohacha el primero de mayo solía ser otra cosa. Durante años, fue un día de afirmación colectiva: marchas que nacían de la necesidad real, de la exigencia por derechos básicos, de una conciencia clara frente a la desigualdad y a formas de dominación económica que muchos identificaban con dinámicas globales de poder, en concreto una lucha contra la dominación imperialista impuesta por estados unidos, una lucha por no ser una colonia norte americana y una lucha constante por la defensa de la soberanía nacional, encontrar de la sobre explotación laboral.

Era una lucha con horizonte. Había un sentido de dignidad compartida, una claridad, aunque no perfecta; sobre el adversario: la exclusión, la explotación, el abandono estructural.

Sin embargo, en el presente, esa energía parece haberse fragmentado. Lo que antes era movilización con propósito, en muchos casos se percibe ahora como escenario de disputa política inmediata, de protagonismos individuales, de consignas repetidas sin profundidad. La calle, que fue espacio de construcción colectiva, corre el riesgo de convertirse en plataforma.

La crítica no es a la movilización en sí, que sigue siendo necesaria, sino a su vaciamiento. Cuando la lucha pierde conexión con las necesidades reales de la gente y se vuelve instrumento de agendas coyunturales, se debilita. Cuando el discurso sustituye a la organización, y la consigna reemplaza al análisis, lo que queda es una forma sin contenido.

Aquí es donde las advertencias de Karl Marx, Vladimir Lenin y Mao Zedong resultan incómodamente actuales. Los tres, desde contextos distintos, señalaron un peligro común: el oportunismo dentro de los propios movimientos.

Lenin hablaba del “izquierdismo” como una enfermedad cuando las posturas radicales se desconectan de la realidad concreta de las masas. Mao insistía en que, sin vínculo real con el pueblo, la política se convierte en gesto vacío. Marx, por su parte, advertía contra la ilusión de discursos revolucionarios que no transforman las condiciones materiales.

Desde esa mirada, el problema no es solo quién marcha, sino para qué se marcha. Si la movilización se convierte en espectáculo, si la indignación se vuelve rutina, entonces deja de ser fuerza transformadora. Y eso es lo que duele: no la protesta, sino su posible degradación.

Entre ambos mundos: una lectura crítica

El contraste entre Trier y Riohacha no es simplemente entre calma y conflicto. Es, más profundamente, entre dos momentos distintos de la relación entre sociedad y lucha.

En Trier, la lucha parece haber sido absorbida por el sistema. En Riohacha, aún es necesaria, pero enfrenta el riesgo de desviarse. En un lugar, el peligro es el olvido; en el otro, la distorsión.

Desde mi lectura, ambos escenarios revelan algo esencial: la lucha de clases no desaparece, pero puede transformarse, debilitarse o ser cooptada.

Si Karl Marx caminara hoy entre ambas ciudades, tal vez no celebraría ni la tranquilidad absoluta ni la agitación sin claridades políticas sobre las realidades concretas sobre su base económica. Probablemente insistiría en lo mismo que atraviesa su pensamiento: la necesidad de conectar teoría y práctica, discurso y realidad, organización y vida concreta.

Porque ni el descanso sin memoria, ni la protesta sin contenido, logran sostener una transformación real.

El primero de mayo, entonces, sigue siendo una pregunta abierta. Pero no solo sobre el pasado o los derechos, sino sobre la autenticidad de nuestras luchas en el presente.

Luisa Deluquez

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