JUVENTUD RURAL: LA GENERACIÓN QUE EL PAÍS DEJÓ ATRÁS

En las zonas rurales del Caribe colombiano ya no suenan los pasos inocentes ni la algarabía propia de jóvenes que aman la tierra. En su lugar, muchos caminos están vacíos; la brisa ya no lleva conversaciones sobre cultivos, sino silencios que dan cuenta de una generación que se fue.

¿Es que se perdió el amor por el campo o son las condiciones estructurales las que han borrado su atractivo?

Los datos son elocuentes. Según el Censo Nacional Agropecuario, en departamentos como La Guajira (53,37%) y Córdoba (47,48%), la mayoría de la población vive en zonas rurales. Sin embargo, entre 2018 y 2024, la tendencia de despoblamiento juvenil rural ha sido creciente. La pirámide poblacional del DANE muestra una ruralidad en proceso de envejecimiento, con una fuerte disminución de la población entre 18 y 30 años en zonas rurales del Caribe. Mientras tanto, el Banco Mundial alerta que el envejecimiento de la fuerza laboral agrícola es un fenómeno común en América Latina, asociado a la falta de incentivos y acceso a tecnología en el campo.

¿Y qué reclaman los jóvenes? Educación pertinente, conectividad, caminos transitables, acceso a tecnología y oportunidades productivas reales. Elementos ausentes en muchas regiones de nuestro Caribe, donde aún se cosecha en condiciones precarias, se comercializa en la informalidad, y la asistencia técnica brilla por su ausencia.

La brecha digital es también una brecha generacional. Según la FAO, en América Latina solo el 30% de los hogares rurales tiene acceso a internet, y en Colombia, de acuerdo con MinTIC, la cobertura de conectividad rural en 2023 no superaba el 40% en muchos municipios del Caribe. Este rezago frena la posibilidad de construir una agricultura moderna, competitiva y atractiva para nuevas generaciones. Sin conectividad, no hay agricultura de precisión, ni comercio digital, ni capacitación virtual, ni posibilidad de escalar soluciones basadas en datos.

Pero el desafío no es solo tecnológico, sino cultural y político. Hemos querido traer a los jóvenes al campo con discursos románticos, cuando lo que se necesita es política pública con enfoque generacional, inversión inteligente y articulación real entre actores del sistema agroalimentario. Como bien decía el exministro Carlos Gustavo Cano en una conferencia en la Universidad de los Andes: «Más tecnología, menos ideología». El campo necesita menos promesas y más ciencia aplicada, menos discursos y más datos convertidos en soluciones.

En el Caribe colombiano, el potencial está intacto. Las condiciones agroecológicas, la biodiversidad, los suelos disponibles y la cultura agrícola ancestral son activos estratégicos. Pero para que estos se conviertan en motores de empleo juvenil, sostenibilidad ambiental y transformación territorial, se requiere que la ciencia deje de estar confinada a los laboratorios y se traduzca en herramientas útiles para el productor.

El conocimiento, si no se siembra, no germina. Y en muchos territorios del Caribe, lo que falta no es talento, sino puentes. Puentes entre universidades y asociaciones campesinas. Puentes entre centros de investigación y comunidades. Puentes entre empresas tecnológicas y productores familiares. Allí donde esos puentes se han empezado a construir, ya se notan los brotes de un nuevo modelo rural.

También se requiere voluntad política. Es urgente que los presupuestos públicos incorporen recursos orientados a digitalizar el agro, caracterizar fincas, mapear suelos, acompañar la transición tecnológica de productores y promover sistemas de formación rural con enfoque CTIM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). Porque si no hay información, no hay decisiones acertadas. Y sin decisiones acertadas, no hay futuro.

Además, el crédito, la asistencia técnica, el aseguramiento climático y los mercados diferenciados pueden ser más accesibles si se cuenta con plataformas tecnológicas diseñadas para contextos rurales. Esto implica que el Estado deje de ser un actor espectador y se convierta en habilitador de soluciones, articulando con empresas y organizaciones sociales.

El relevo generacional no es un fenómeno espontáneo. Es una construcción que requiere visión de país y compromiso multisectorial. Apostar por jóvenes rurales tecnificados, conectados y empoderados es sembrar futuro en los territorios. Es activar una nueva ruralidad que no repita los errores del pasado, sino que construya desde la ciencia, la sostenibilidad y la dignidad.

En vez de preguntarnos por qué los jóvenes no se quedan en el campo, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que quieran quedarse. ¿Qué educación estamos ofreciendo? ¿Qué incentivos existen para la innovación productiva? ¿Qué papel les damos en las decisiones sobre el desarrollo rural?

La revolución rural que necesita Colombia no emergerá por decreto, sino desde el ingenio de sus regiones. En el Caribe, esa chispa ya existe: está en la creatividad de sus jóvenes, en la ciencia que se cultiva con raíces propias y en la convicción de que sembrar futuro es posible, siempre que se cultive con conocimiento y se riegue con oportunidades.

 

Luis Miguel Pico Pastrana

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