La excelencia es un pretendido humano, en las diversas actividades que realiza. Desde el deporte hasta la política, siempre se quieren superar las realizaciones anteriores, sobrepasar los límites de la velocidad para las competencias y lograr mejorar las condiciones de vida de la sociedad en la que se habita, en el momento en el que se vive.
Como cuando se superó la barrera del sonido por los aviones de combate, esta semana el keniano Sabastian Sawe marcó un tiempo de 1:59:30, por debajo de las dos horas en competencia oficial, que durante décadas había sido el objetivo de los corredores de fondo. Se convirtió en un ser humano excelente. Para ello, su arrojo, disciplina, constancia, condiciones físicas, enorme fuerza de voluntad y entrenamiento fueron la mañana, la tarde y la noche del atleta de 31 años.
Mientras que en el deporte se hace fácil dirimir el alcance de la excelencia, no sucede así en otras disciplinas. En las ciencias, existen los premios Nobel, que, bajo la lupa de expertos, estudian los logros alcanzados que impulsan el conocimiento del mundo, de la biología, la medicina, la química, etc.
En las artes y en la política, no operan esos tamizajes para elevar la categoría de los resultados de los premiados, puesto que la subjetividad en el juzgamiento dificulta la determinación de la excelencia. ¿Cuál es el mejor óleo pintado por algún artista a lo largo de la existencia de la humanidad? Pues varía según quien haga el listado. ¿Y cuál el mejor libro de entre tantos?
En la antigüedad política, los avances en los logros de conquista sobre los vecinos generaban el carácter de excelencia, aun cuando éstos fueran efímeros o solo por algunas décadas. Alejandro Magno, Cayo Julio César, Gengis Khan o Napoléon dieron lustre a su tiempo cuando pasaron las fronteras de su patria para adueñarse de la vida y la cultura de muchos mundos diferentes del propio.
En la democracia, la excelencia suele ser bastante difícil de determinar. El mundo agregado en la ONU se ideó los indicadores económicos y sociales para comparar unos y otros países sobre lo que parecía ser un acuerdo global de satisfacción de necesidades materiales y espirituales, siendo, por supuesto, éstas últimas más difíciles de establecer.
En consecuencia, la excelencia en la política debería estar ligada a la capacidad de mejorar las condiciones de vida de un país y de sus ciudadanos, en un entorno que los muestre felices. Suena bonito, ¿verdad?
En Colombia, tal pretendido tiene que ser una guía para quienes esperen dirigir nuestros destinos. Conflictos armados que envejecen sin solucionarse, déficits habitacional, sanitario y educacional importantes, desequilibrios regionales en variadas materias, hacen de la tarea de gobernarnos un reto de marca mayor.
Pero sin duda la pauta que debe conducir al ciudadano para tomar una decisión, tan crítica como importante, es la consecuencia de haber sido sometidos a un régimen de todo vale en estos 4 años pasados. Como el efecto Dunning-Kruger, no sabían gobernar, y al mismo tiempo, no sabían que no sabían. La ignorancia, tal cual ha sido diagnosticada, los volvió arrogantes. Petro sumó tantas horas de discursos cuantas horas de inconsecuencia administrativa se requerían para evitar resolver los problemas.
El primer estudio de este par de psicólogos determinó una sentencia válida, demasiado válida, para este gobierno: Las personas que obtenían los niveles más bajos de puntuación en test de razonamiento, gramática y humor tenían las opiniones más favorables sobre sus propios méritos, es decir, a menor capacidad, mayor pretensión, mayores ínfulas. Basta oír al presidente Petro en una alocución cualquiera para confirmarlo. Y ni se diga a su equipo de gobierno.
A lo que no habíamos logrado como sociedad por múltiples causas, entre tantas, los sesgos políticos, la corrupción, las presiones de grupos y la sobreveniencia de catástrofes y pandemias, debemos ahora sumar la siniestra manera de gobernar como la de Petro, con el pretendido de continuar a cargo de su protegido Cepeda.
Cuando no se sabe que no se sabe debería crearse, con humildad, la necesidad de aprender. Pero cuando se cree que se sabe lo que no se sabe, desde la cumbre de la pirámide política, se deshace la sociedad, se deshilacha, se destroza la piel colombiana, y se convierte en harapos la institucionalidad.
Petro no ha logrado tener una constitución de bolsillo, a pesar de que acude sin disimulo a contravenir sus disposiciones, en buena hora protegidas por la Corte Constitucional en la mayoría de los casos. Tampoco ha podido reemplazar las leyes que en lo fundamental nos rigen. Acecha cada día la vulnerabilidad del sistema institucional, para buscar, como una rata, una rendija por donde desvencijar las columnas del establecimiento.
Su mayor logro sería dejar el poder en manos del comunista Cepeda, abiertamente enlazado con la crema y nata de la guerrilla colombiana, y esclavo de una ideología caduca. Hace cada día todo lo posible por conseguirlo.
Surge la necesidad imperiosa de contar con un gobierno de excelencia. Uno que aborde la reconstrucción nacional y salve el tejido social. Nos mejore en lo social, en lo económico y, sobre todo, en la confianza de la gente en que su presidente no desdibuje la jerarquía del cargo como lo hace Petro.
Es volver a lo bueno de antes, para mejorar lo malo que teníamos. Es contar con alguien que sabe, y que sabe que sabe, sin petulancia. Es abrir la puerta de acceso a los servicios públicos para todos, con actitud incluyente.
Para que ello suceda, lo primero que tenemos que observar es que la condición moral, académica y política de quien elijamos sea evidente, sea notoria, sea observable a la luz de su trayectoria.
¿Alguien diferente de PALOMA?
Nelson Rodolfo Amaya

