DESDE EL CORAZÓN

El alma de una madre es un cofre donde se guarda el sentimiento más hermoso de todo ser, el amor, esa fuerza gloriosa que convierte la pesada carga de la concepción, el parto y la crianza en una que se lleva ligera.

La sentencia bíblica de parir los hijos con dolor hizo crecer a Eva, y a las Evas que llenan el mundo, con una montaña de tareas que ningún hombre podría con ellas. Gracias a Dios contamos con la fortaleza de la mujer, su decidida convicción para proteger la continuidad de la vida que trajo y su inigualable compromiso de educar las almas de sus críos. Adopta sin reticencias a huérfanos de la crueldad y resuelve sola, en muchas ocasiones, la comida de cada día y el techo de cada noche.

Las he visto encorvadas por el peso de las cargas, por las luchas acumuladas en silencio y sin quejarse, indiferentes al infortunio. Sus brazos alzan al cielo la bondad que inculca a los pequeños y sus dedos señalan tanto los reproches como las bendiciones para hacer de la picardía de los juegos infantiles la medida de la educación para la sociedad y la supervivencia. Pero es su corazón el que brinda consuelo y el que seca lágrimas por la inclemencia de la vida para quien avanza en ella y aprende a conocer lo que conlleva vivir.

Cuando le toca ver alejarse a sus retoños por la necesidad de hacerse a sus propias vidas y encontrar una madre de sus hijos, llora en soledad por lo que nunca quiere perder. Sus ojos le brillan nuevamente cuando le traen la inocencia de la siguiente generación envuelta en una manta. Sabe que los nietos llevan una parte de su esfuerzo y muchas horas de su dedicación. Su sonrisa pone de nuevo la dulzura en esta continuidad de vida.

Las he visto orgullosas, altivas, fecundadas y trascendentes. Laboriosas, profesionales, pueden encajarse en la cadera un pechichón mientras cocinan lo necesario para todos en la casa. Pasan al trabajo profesional con agilidad y eficacia sin dejar de atender sus frutos. Dejan los niños en el bus del colegio para tomar un transporte que las lleve a un mundo intelectual, con notable desempeño.

Desde la abnegada y sabia mujer campesina hasta la magistrada elocuente y docta, o la astronauta técnica y fuerte, por ellas crece la humanidad y nos hacemos mejores.

La madre de los Wayúu, mi gente, es la tierra. De ella nacieron, por haberla poseído la lluvia, cuando regó su semilla sobre el suelo. La tierra es la que genera la vida, alimenta a las mujeres que nacen en ella y a los varones que pastorean y se casan y procrean. Encuentro tanta sabiduría en esta creencia, tanta lógica, que los griegos envidiarían sus preceptos.

Aplaudo a todas, sin excepción, pues no en vano estamos hoy en pie, amamantados, educados, formados, instruidos. La mía, de 93 agostos, lleva su sonrisa algo perdida por el desgaste de la edad, aun soñadora por las bondades de su pasar por acá, pero sobre todo alegre. Sus recuerdos la nutren. Sus memorias la hacen llorar a veces, pero saca fuerzas para levantarse y cantar boleros, con una entonación maravillosa, envidiable.

Hacerles un homenaje en solo un día es una ligereza.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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