«Hay décadas en las que no pasa nada y hay semanas en las que pasan décadas», dijo Lenin.
Vale la pena parafrasearlo hoy en Colombia, pues tenemos por delante dos semanas que pueden cambiar la historia completa de este hermoso lugar de América. Son los próximos 15 días, los que hagan que muchos colombianos tomen una decisión trascendental para definir quién nos gobierne, de forma que se desplace del poder a quien hoy lo ejerce o, por el contrario, se confirme la línea de pensamiento que ha creado Gustavo Petro.
Si algún momento electoral ha generado tanta expectativa es el que finaliza en su primera etapa el 31 de mayo. No habíamos tenido un gobierno nacional de corte izquierdista, elegido por variadas corrientes políticas que confluyeron en un hábil candidato, quien hizo la misma suma que habíamos vivido 30 años atrás: la del delincuente vuelto financiador, la del guerrillero convertido en garantía de fidelidad electoral a la fuerza, la del narcotraficante auspiciador de las tarimas y los tinglados para engañar incautos, la de los hambrientos de siempre del fisco y, no menos aglutinados, la de unos avivatos que siempre habían gobernado, no hay necesidad de nombrarlos, pero que creyeron que la poca preparación de los izquierdistas del proceso Petro les daría a ellos toda la fortaleza para imponer su visión desde los altos cargos públicos. Esa suma diabólica nos ha costado la tranquilidad, nos ha sacado canas. Y no hay beneficio palpable en favor de la gente que se ilusionó con el arribo al poder de la izquierda, como se ilusionan los niños con la llegada de un circo al pueblo. Nos llenaron de payasos.
La nomenklatura soviética, esa élite que gobernaba con poderes plenipotenciarios, con una rígida autoridad política y administrativa capaz de imponer al Secretario General del Partido Socialista como cabeza del Estado, ha tenido su versión criolla en el gobierno actual, con una serie de funcionarios sin preparación, ni capacidad gerencial ni conocimiento de sus carteras, pero sí capaces de encontrar argumentos, así sean pobres, con los que defender el arbitrio de su presidente.
El cambio lo encarnaba un personaje que había brillado por la ausencia de realizaciones efectivas en la alcaldía de Bogotá, el actual presidente Gustavo Petro. Y, como era inevitable, logró demostrar que no traía en su mochila de político nada distinto de un verbo turbio, un afán anarquista, una confusión caótica en la concepción de la sociedad que tiene bajo su mando, pendiente de atizar el fuego de odios que no quiere apagar.
La desigualdad social se profundizó en un gobierno que había llegado para morigerarla. La salud, atropellada con virulencia por las intervenciones a todo lo que huela a eficiencia privada, tiene a la ciudadanía en un estado crítico, angustioso, agónico en muchos casos. No hubo progreso en el sistema educativo, ni mucho menos en la dotación en infraestructura del país. Existe una cruda y abismal diferencia entre lo que se promete y lo que se realiza. La mentira se volvió la voz del régimen, la desviación de la atención ciudadana se hace cada vez más patente para evitar responderle a la gente por tanto que requieren en todos los ámbitos y el peor de los males, la inseguridad, hace que la vida diaria se vuelva más incierta, que sea un milagro llegar a salvo a casa cada tarde luego del trabajo.
No hay duda de que nuestro país está abocado a una disyuntiva crítica.
Tampoco hay encuesta que atine con certeza lo que sucederá con los punteros por la contienda presidencial. Sin embargo, todas coinciden en que la disputa se sucede entre 3: Paloma -las damas primero, reza la decencia-, Abelardo y Cepeda.
De Cepeda, el portavoz de Petro, hay poco bueno que decir. Soso, pesado en su contacto con la gente, mal lector de los discursos que recita frente a un atril, lleva sobre sus espaldas las fallidas estructuras comunistas en las que fue educado, las recetas de una paz total que nunca fue, las relaciones, unas veladas otras abiertas, con quienes siguen delinquiendo desde el exterior, y, por supuesto, la debacle de gobierno que lo respalda y que deja evidencia cada vez más trazable del dinero público que mueve para su campaña. Son fardos monumentales. Difícil pensar que la sensatez pueda darle cabida a la continuidad de las banderas que los llevó al poder hace cuatro años. Casos se han visto, sin embargo.
La oposición al gobierno petrista, además de incluir a toda una serie adicional de candidatos, se bifurca esta vez entre una voz que convoca a varias fuerzas políticas y no políticas y una de extrema derecha. Paloma y Abelardo coinciden en plantear un gobierno que ponga firmeza y carácter en la atención de lo que quede del país luego del tsunami Petro y muchos ciudadanos quisieran que esas dos cabezas hubieran convergido en una sola. Les quedaba más fácil tomar la decisión de voto. Pero no fue así, de manera que deben hacerse a la idea de que la índole, los argumentos y propuestas, la preparación, los pergaminos de estadista, pero sobre todo la confianza que les genere su talante sean las cualidades que les den las luces para hacer de esta escogencia una con la que gane Colombia. Al mirar todas estas virtudes, mi balanza se inclinó por PALOMA VALENCIA. He observado su crecimiento moral, ético. Descuella en la observancia de una conducta transparente en la política y su línea de pensamiento ha sido formada y moldeada por años de dedicación al estudio de lo público. No albergo dudas.
Dos semanas de decisiones ciudadanas. Dos semanas que invitan a la reflexión. También al entusiasmo por quien queremos que se alce con el triunfo. Cada cual con sus razones.
En el pasado, un grupo considerable de colombianos esperaba hasta último momento, casi que, hasta la salida hacia el puesto de votación o la llegada a la urna, para darle su apoyo a un aspirante presidencial. Eso no sucederá esta vez pues somos muy conscientes de la trascendencia de lo que está por decidirse.
El voto consciente incluye la evaluación de la viabilidad y las consecuencias que implica. Los ciudadanos que no tienen matrícula verán la necesidad de no “perder” su voto, favoreciendo a quien puede llevar la recuperación del rumbo con madurez y ética. Paloma.
Nelson Rodolfo Amaya

