NOTAS PARA SEGUNDA VUELTA

No por el hecho de que el proceso electoral colombiano se vaya a segunda vuelta quiere decir que sea más democrático. La característica principal para ser democrático ya se cumplió desde el momento en que se abre la convocatoria para inscripción de candidatos para primera vuelta y se garantiza la participación de todos en igualdad de condiciones y derechos. De igual modo, desde el momento en que se garantiza y facilita la participación de los ciudadanos en un proceso de sufragios libres en el que se procuran resultados confiables y transparentes, libres de manipulación y blindados contra la intervención indebida de funcionarios del gobierno de turno, o fuerzas externas, o intereses torcidos. El nuestro parece ser un sistema electoral serio y seguro. Aun así, queda pendiente un elemento sustancial para que ustedes y yo podamos hablar de “una democracia”, y mejor aún, de una “democracia efectiva”, y todavía más allá, de una “democracia perfecta”: es necesario que las gentes en conjunto estén presentes en el ejercicio libre de participar en el poder.

Interesante discutir hasta qué punto es cierto, y acaso real, afirmar que Colombia es una de esas “democracias efectivas” de América Latina por mérito de su sistema electoral. Está claro que la sola existencia del sistema electoral puede no dar suficiente certeza para afirmar que en Colombia “existe una Democracia” puesto que falta demostrar que funciona, dado que pueden darse aquellos casos de papel en los que el sistema existe, pero no se aplica porque hay fuerzas que ejercen dominio de fuerza en el poder y no permiten la participación popular en algún tipo de elección legítima; o se vulnera al acomodo de grupos de poder entronizados. Se entiende entonces que para que exista “Democracia” se requiere la evidencia de mecanismos de participación efectiva que colocan efectivamente el poder en manos del pueblo. Será así cuando, mediante elecciones libres, se eligen representantes para que cumplan una tarea en las altas esferas de Gobierno, como en efecto sucede cuando se eligen los miembros del Congreso de La República, pero también cuando se facilita la participación directa de los ciudadanos en decisiones sobre asuntos públicos, sin necesidad de intermediarios, como en efecto sucede cada vez que se convoca una Asamblea (Constituyente), un Plebiscito, un Referendo.  

¿Qué tan efectiva, entonces, termina siendo la Democracia de un país si no participa la totalidad, o al menos la gran mayoría de sus ciudadanos hábiles? Asunto de atención urgente, si se toma nota que la participación en las elecciones suele rondar apenas por el 50%, lo cual deja por fuera del proceso democrático una población que, por diversidad de razones, no está accediendo o se rehúsa a ejercer su derecho de participar. Las decisiones libres en materia de gobierno y la distribución del poder, en consecuencia directa, las está tomando una parte apenas de la población provista de derechos, una parte que escasamente sirve para hacernos reconocer como “democracia efectiva”, y una parte apenas que nos deja muy lejos de la posibilidad de presentarnos ante el mundo como “una Democracia Perfecta”.

En todo caso, Colombia apuntala su vocación democrática en tres principios que consagra la Constitución: i) El Estado Social de Derecho[1]; ii) Los Derechos y Libertades individuales y civiles[2];  iii) La Soberanía Popular y el Poder Constituyente[3]. Con base en los tres elementos el país blinda constitucionalmente su voluntad de gobernarse de manera democrática, y con soporte en ello marchar adelante en la ruta de un país libre y soberano, respetuoso de la Constitución y la Ley, próspero en todos sus rincones, habitado por gentes felices que trabajan por el bienestar de todos, y en paz, sobre todo en paz, como condición ideal.

Sorprende, pues, que hayamos llegado por la vía democrática a una segunda vuelta que enfrenta a dos candidatos que se “aborrecen a muerte”, si me permiten la expresión, y que si no se cuidan de lo que dicen y hacen podrán arrastrar a sus seguidores a que hagan lo mismo. Podrá suceder, si es que no encuentran la forma de bajar el tono de las consignas de uno y otro lado, lo explosivo de sus discursos, la violencia implícita en sus actos públicos y privados, y su actitud desafiante. No se están enfrentando por intermedio de “una mejor propuesta de gobierno”, o acaso “una mejor propuesta de país”, no, ni siquiera tocan el tema en lo que va de campaña hasta hoy, en cambio sí lo hacen con graves señales de odio, de rencor, con amenaza explícita e insulto, con difamación agresiva, sin ocultar nunca el crudo propósito de derrotar –dígase destrozar- al contrincante por el mero hecho de ser quien es y lo que representa políticamente.

No es posible ver en medio de tanta maraña puntos medios de acercamiento y mucho menos de consenso, solo sentencias condenatorias de parte y parte que están llevando el país hacia el terreno de una confrontación evidente, no en torno a principios, no en torno a ideales, tampoco en torno a resultados de bienestar para las gentes, solo en declaraciones de guerra. Lo único que surge de ese espectáculo deprimente y ofensivo que inunda los medios de comunicación, son sentimientos de angustia e incertidumbre sobre lo que sería “un gobierno” de cualquiera de los dos. ¿Cómo puede ser tan malo el resultado de un proceso democrático? ¿En qué estaban pensando los electores para que se llegara a este resultado?  

Lo que el país tiene al frente para decidir en Segunda Vuelta  no son dos estadistas, provistos ellos del más profundo conocimiento de lo que implica la tarea de gobierno y la conducción pacífica de un país afectado por diversidad de crisis que ya hemos discutido aquí:  crisis de Estado, en tanto atravesamos un período de alta tensión interna por causa del propio Presidente de la República; crisis política, en tanto los partidos políticos han perdido su razón de ser y se abre el espacio a multitud de caudillismos perversos; crisis fiscal, con grave déficit para atender las necesidades sociales; crisis económica, con un modelo que no privilegia el trabajo digno y la correcta distribución de la riqueza; crisis institucional, con instituciones debilitadas que no cumplen su tarea en materias sociales; crisis energética, con graves atrasos en la inversión pública y la provisión de soluciones de bajo costo; crisis ambiental, con graves avances en deforestación y minería ilegal; crisis social, con graves indicadores de desigualdad e inequidad. En contrario, lo que el país tiene al frente para decidir son dos “camorreros” que se especializan en agitar un discurso populista y explosivo, el uno en la extrema derecha radical y autoritaria y el otro en la extrema izquierda radical y dogmática. Al final, ninguno de los dos tiene nada que comunique una idea de buen suceso para el próximo período de gobierno.

Si no aparecen en el debate propuestas de fondo que el país pueda entrar a estudiar para decidir “lo que más le conviene”, ¿sobre qué base cada persona del común decidirá su voto, en buen ejercicio de la Democracia? ¿Se mantendrá el clima alevoso que despierta tanta emocionalidad? ¿No es precisamente tal estado de violencia y animosidad un factor de disturbio para la Democracia?

Ambos candidatos tienen que encontrar una forma de avanzar hacia la fecha de la segunda vuelta sin enredar su campaña en enfrentamientos estériles y en cualquier caso muy peligrosos para la estabilidad pública, y convencer en cambio con mensajes concretos que serán una mejor opción de gobierno, y una mejor opción democrática para el momento que vive la Nación.  No creo que será el momento para presentarse como una fiera enloquecida con sus fauces ensangrentadas y sus garras destrozando cadáveres. Tampoco lo será para un personaje siniestro que se hace ver como sombra terrorífica, amenazante y oscuro, insensible y vengativo, dispuesto a enviar sus seguidores a la guerra con tal de lograr su anhelo personal de “tomar el poder”.

He aquí un tremendo dilema que se entabla en un ambiente claramente democrático como el que hemos vivido durante muchas semanas este año, porque los hechos conducen hoy a que los electores tengan que decidir su gobernante en segunda vuelta y no necesariamente entre los dos mejores candidatos, los más idóneos, los más sensatos, sino entre los dos que “ganaron el cupo a segunda vuelta”, independientemente si son o no los mejores. Tal vez podamos sentir que la Democracia se queda corta en sus estrategias de selección de gobernantes en tanto señala a quienes tienen el respaldo de las mayorías, no importa si son los más indicados o no. El poder soberano depositado en el pueblo salda toda discusión al respecto.

Tenemos una Democracia débil y desnutrida que por ahora no es capaz de escoger los mejores. La solución puede estar mucho antes, en la educación y preparación política de los colectivos sociales para que, llegado el momento de elegir, lo hagan precedidos por el conocimiento y la información y nunca dominados por la animosidad y la ignorancia.  De dicho modo, cuando la Nación requiera de sus ciudadanos para decidir sobre sus gobernantes, o sobre algún asunto público, todos los hombres y mujeres habilitados sabrán qué hacer con solvencia.

¡Será una Democracia Perfecta!!!   

 

Arturo Moncaleano Archila

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[1] Constitución Política de Colombia: Título I. Art:1.

[2] Constitución Política de Colombia: Título II: Capítulos 1 – 2 – 3. Arts: 11-82

[3] Constitución Política de Colombia: Título I. Arts: 2-3

 

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