COLOMBIA VOTÓ, ¿QUIÉN ESCUCHÓ?

Las elecciones presidenciales del pasado 31 de mayo dejaron una de las mayores lecciones políticas de los últimos años: las redes sociales opinan, las encuestas proyectan, los analistas interpretan, pero las urnas deciden.

Colombia volvió a sorprender.

Lo que para muchos parecía improbable terminó ocurriendo. Abelardo de la Espriella logró imponerse en la primera vuelta presidencial y avanzó al balotaje frente a Iván Cepeda, configurando una segunda vuelta que refleja dos visiones profundamente distintas sobre el presente y el futuro del país.

Sin embargo, reducir el resultado electoral a una simple competencia entre dos candidatos sería un error. Lo ocurrido en las urnas es mucho más profundo. El país envió un mensaje claro a toda la clase política y a quienes ejercen el poder desde diferentes escenarios.

La primera vuelta fue, en gran medida, una expresión de inconformidad ciudadana.

El gobierno de Gustavo Petro llegó a este proceso electoral enfrentando un desgaste evidente producto de múltiples factores: dificultades para concretar reformas estructurales, problemas de ejecución gubernamental, cuestionamientos públicos, incertidumbre económica y una creciente preocupación frente a la seguridad en distintas regiones del país.

Más allá de los debates ideológicos, una parte importante de los colombianos decidió utilizar su voto como una herramienta de evaluación política. En democracia, las urnas también funcionan como un mecanismo de rendición de cuentas, y eso fue precisamente lo que ocurrió el pasado domingo.

Pero el resultado también mostró otro fenómeno que merece atención: la consolidación de una nueva derecha política.

La llegada de Abelardo de la Espriella a la segunda vuelta representa mucho más que una candidatura exitosa. Refleja la transformación de un sector político que durante años estuvo representado por otras figuras y que hoy encuentra nuevos liderazgos, nuevas narrativas y nuevas formas de conectar con el electorado.

Su discurso centrado en la seguridad, el orden institucional, la autoridad y la confrontación directa con el establecimiento político logró conectar con millones de ciudadanos que sienten preocupación por el rumbo del país y que buscan respuestas diferentes frente a los desafíos actuales.

Al mismo tiempo, el resultado demuestra que el proyecto político que llegó al poder en 2022 mantiene una base social importante. Iván Cepeda logró conservar buena parte del respaldo histórico del progresismo colombiano, especialmente en sectores populares, territorios periféricos y regiones donde las políticas sociales continúan teniendo una fuerte aceptación.

Por eso, la lectura correcta no es que un sector arrasó con el otro. La realidad es que Colombia sigue siendo un país dividido entre dos visiones de nación que hoy se disputan el respaldo de los ciudadanos.

Y es precisamente allí donde comienza la verdadera elección.

La segunda vuelta ya no dependerá únicamente de los votos obtenidos en la primera. La disputa estará en los sectores independientes, en las clases medias urbanas, en los jóvenes, en los abstencionistas y en aquellos ciudadanos que aún no encuentran una representación clara dentro de los extremos de la polarización.

Será una campaña donde las emociones pesarán tanto o más que las propuestas.

El miedo al cambio radical competirá con el miedo a la continuidad.

La esperanza competirá con la incertidumbre.

La seguridad competirá con la justicia social.

Y cada campaña intentará construir una narrativa capaz de movilizar a quienes todavía no han tomado una decisión definitiva.

En ese escenario, las regiones volverán a jugar un papel determinante.

El Caribe colombiano, y particularmente departamentos como La Guajira, tendrán una responsabilidad política enorme. Históricamente, esta región ha sido decisiva en los procesos electorales nacionales y esta vez no será la excepción.

Aquí también se libra una discusión de fondo.

¿Debe Colombia profundizar las políticas sociales impulsadas durante los últimos años?

¿Debe priorizar la seguridad y el crecimiento económico como eje principal de gobierno?

¿Es posible construir un camino que combine desarrollo económico, inversión social y fortalecimiento institucional?

Son preguntas que no solamente deberá responder el próximo presidente. También deberá responderlas la ciudadanía cuando vuelva a las urnas.

Pero quizás la reflexión más importante va más allá de quién gane la Presidencia.

El próximo mandatario recibirá un país polarizado, con enormes desafíos sociales, dificultades económicas, tensiones institucionales y un Congreso donde ninguna fuerza política tendrá el control absoluto.

Eso significa que gobernar exigirá algo que ha escaseado en los últimos años: diálogo.

Porque ninguna reforma importante podrá construirse sin acuerdos.

Porque ninguna transformación será sostenible sin consensos.

Y porque ningún presidente, por amplio que sea su respaldo electoral, podrá sacar adelante al país gobernando únicamente para quienes votaron por él.

Las elecciones del 31 de mayo dejaron ganadores y perdedores, como ocurre en toda democracia. Pero también dejaron una advertencia que no debería pasar desapercibida: Colombia está cansada de las promesas incumplidas, de la confrontación permanente y de una política que muchas veces escucha más el ruido de las redes sociales que la voz de los ciudadanos.

Las urnas ya hablaron.

Ahora les corresponde a los candidatos demostrar que también saben escuchar.

 

Byron Miguel Barros Mejía

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Un comentario de “COLOMBIA VOTÓ, ¿QUIÉN ESCUCHÓ?

  1. Ineser@gmail.com dice:

    Argumentos y Razones por las que podría resultar contraproducente:

    Soberanía nacional: El presidente de la República es el comandante supremo de las Fuerzas Militares. Jurar defender a una potencia extranjera crea una contradicción insalvable en caso de tensiones diplomáticas, comerciales o militares entre ambas naciones.
    Información clasificada: Un mandatario maneja secretos de Estado y seguridad nacional. La doble lealtad genera DUDAS LEGÍTIMAS sobre la protección de los intereses exclusivos de su país natal.
    Seguridad jurídica: En el plano legal, el debate radica en si un compromiso moral y civil ante la ley estadounidense inhabilita los derechos políticos otorgados por la Constitución de su país de origen.
    ¿Retira Estados Unidos la ciudadanía si se asume un cargo público en otro país?

    La ley de inmigración y nacionalidad de los Estados Unidos (INA, por sus siglas en inglés) establece que un ciudadano estadounidense puede perder su nacionalidad si asume un cargo político o militar en el extranjero, pero bajo condiciones muy específicas.La intención es la clave: El Departamento de Estado de EE. UU. determina que la pérdida de la ciudadanía no es automática. Para que ocurra, la persona debe asumir el cargo extranjero con la intención voluntaria de renunciar a su condición de estadounidense.
    Cargos de alta relevancia: Si un ciudadano estadounidense se convierte en jefe de Estado o ministro de otra nación, el gobierno de EE. UU. evalúa el caso con extrema rigurosidad. Generalmente, se presume que ejercer la presidencia de otro país implica una transferencia de lealtad incompatible con la ciudadanía estadounidense, lo que suele desencadenar un proceso administrativo para revocar el pasaporte norteamericano.

    Contexto político actual en Estados Unidos:

    Es importante destacar que el debate sobre la exclusividad de la lealtad se está endureciendo a nivel global. En los mismos Estados Unidos, el senador republicano Bernie Moreno presentó a finales de 2025 un proyecto de ley llamado «Exclusive Citizenship Act». Esta propuesta busca prohibir por completo la doble ciudadanía para los estadounidenses, obligando a millones de personas a elegir un solo pasaporte bajo la premisa de que la lealtad a la nación norteamericana debe ser total y única.

    1. Desde la perspectiva del derecho internacional público, ¿puede un ciudadano ejercer la comandancia suprema de las fuerzas armadas de una nación sin que su previo juramento de renunciar a toda lealtad exterior suponga una quiebra en la confianza legítima de sus gobernados?
    2. Es éticamente sostenible que la máxima dignidad de un Estado sea disputada por quien, ante las leyes de otra potencia, ha abjurado formalmente de cualquier fidelidad a su tierra de origen, o constituye esto el grado más alto de disonancia moral en el ejercicio del poder público?
    3. Cuando un ordenamiento jurídico permite que coincidan la promesa de sumisión a un Estado extranjero y el anhelo de dirigir los destinos de la patria nativa, ¿se está garantizando un derecho civil o se está legitimando una contradicción ética insalvable ante el principio de soberanía?

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