EL CARIBE LO TIENE TODO. Y ESO ES EXACTAMENTE EL PROBLEMA

«Él lo tiene todo. Y eso es exactamente el problema» no es una provocación: es el diagnóstico más preciso que puede hacerse de la región con mayor potencial no realizado de Colombia. Ocho zonas portuarias sobre el Atlántico, acceso directo al Canal de Panamá, menos de seis días de tránsito marítimo a los mercados de Norteamérica, el 23% de la superficie agrícola potencial del país, las mejores condiciones de energía renovable del continente y una biodiversidad tropical que los mercados globales del siglo XXI están dispuestos a pagar: todo eso existe y ninguna otra región colombiana lo tiene en la misma combinación. El Eje Cafetero construyó con el café una institucionalidad productiva que transformó al país entero, y lo hizo con menos activos que estos. El Caribe tiene más y produce menos, no porque su geografía lo condene, sino porque décadas de política pública miraron hacia otro lado.

Un estudio del Journal of the Royal Society que analizó los itinerarios de más de 16.000 barcos de carga en el mundo llegó a una conclusión que debería estar en la agenda de cada gobernador del Caribe colombiano: esta región es el nodo más central y conectado de toda la red global de comercio marítimo, el punto desde donde se llega más rápido y con menos escalas a los principales mercados del planeta que desde cualquier otro punto del hemisferio. Los competidores asiáticos del coco necesitan entre 30 y 35 días para colocar su producto en Miami, mientras un exportador del Caribe lo hace en menos de seis. Esa diferencia de casi un mes en cadena fría no es una ventaja logística menor: es la frontera entre quién puede vender en fresco con trazabilidad certificada y quién no. Colombia tiene esa ventaja estructural y no la ha convertido en política agroindustrial de Estado, una omisión cuyo costo se mide en exportaciones que no ocurrieron, empleos que no se crearon y territorios que no se desarrollaron.

Una investigación económica sobre el Caribe colombiano ha documentado con rigor por qué esta región, que a comienzos del siglo XX era el motor comercial del país con Barranquilla como su principal puerto, terminó siendo la región más pobre de Colombia al cerrar ese mismo siglo. Las causas no fueron geográficas ni culturales, sino políticas: la bonanza cafetera revaluó el peso hasta hacer inviables las exportaciones tropicales de la costa, mientras la inversión pública se redirigía hacia las regiones cafeteras. El dato es elocuente: A comienzos del siglo XX, el Caribe concentraba una proporción significativa de la infraestructura ferroviaria del país. Sin embargo, hacia mediados de siglo esa participación se redujo drásticamente, como resultado de decisiones de inversión que privilegiaron el interior sobre las regiones costeras. Ese patrón no ha desaparecido: según datos de Invías, apenas el 9% de la red vial terciaria en Córdoba está en buen estado y en Sucre ese porcentaje no supera el 5%; el 70% de los municipios del Caribe no cuenta con sistemas de almacenamiento ni centros de acopio certificados, de modo que la región que el mundo reconoce como nodo logístico de primer orden no puede sacar una cosecha al puerto sin perder rentabilidad en el camino.

La dimensión agropecuaria revela la brecha más costosa. El Caribe concentra el 23% de la superficie agrícola potencial del país según el IGAC, pero aporta apenas el 7% del PIB agropecuario nacional según el DANE; dicho de otra forma, la región genera aproximadamente un tercio del valor agropecuario que su dotación de suelo debería estar produciendo. Esa razón entre tierra disponible y valor generado no tiene equivalente en ninguna otra región colombiana con superficie agrícola comparable, y no es un problema de vocación ni de clima, sino el resultado directo de sistemas productivos extensivos de baja intensidad, ausencia de agroindustria con valor agregado y una infraestructura rural que no ha sido prioritaria para ningún gobierno nacional en las últimas décadas. Lo que ha faltado es el rigor científico aplicado al territorio: la ganadería extensiva que domina Córdoba, Sucre y Bolívar opera con cargas animales que promedian 0,6 cabezas por hectárea en zonas con capacidad técnica para sostener el doble mediante genética adaptada al calor, sistemas silvopastoriles y manejo de precisión; los cultivos tropicales con potencial exportador, el coco, cacao, el limón Tahití, mango, plátano, banano, las raíces y tubérculos, existen en la región pero sin la agroindustria que los transforme, sin la asistencia técnica que los escale y sin los mercados que los absorban. El trópico no es una limitación productiva, sino la frontera agrícola que el mundo necesita para garantizar su seguridad alimentaria en el siglo XXI, y el Caribe colombiano es parte central de esa frontera.

Colombia tiene vigente un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que permite exportar con arancel cero productos con valor agregado local. Tiene en Cartagena, Barranquilla y Santa Marta tres puertos que las 25 principales líneas navieras del mundo escogieron como centro de operaciones en el hemisferio. Tiene en el norte del país las mejores condiciones de energía renovable del continente, lo que representa una ventaja diferencial para atraer agroindustrias de bajo costo energético hacia la costa. Y tiene, en su diversidad agroecológica tropical, una canasta de cultivos que los mercados de Europa y Norteamérica demandan con crecimiento sostenido. Ninguna otra región del país tiene esa combinación al mismo tiempo.

Lo que el Caribe no tiene es la política pública que integre esos activos en un sistema productivo articulado: no existe una agenda que conecte logística portuaria con agroindustria tropical, ciencia aplicada con mercados internacionales, y gobernanza regional con autonomía financiera real. La pregunta que la investigación económica dejó planteada hace décadas sigue vigente: ¿va el Caribe a perder también el siglo XXI? La respuesta depende de una sola decisión que ningún decreto nacional puede tomar por la región: el Caribe debe integrarse como territorio con agenda propia, construir su política agropecuaria desde su tierra y dejar de esperar que Bogotá descubra lo que el mundo ya sabe, que no hay en Colombia otro lugar con esta combinación de geografía, clima, biodiversidad y acceso a mercados. Perder eso otra vez no sería mala suerte, sería una decisión.

 

Luis Miguel Pico Pastrana

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