EL PASTOR DE LOS LOBOS

En la literatura universal, los cantos de sirena se caracterizan por el contraste de su bella melodía y su desenlace fatal. Algo así ocurre con el programa de gobierno del candidato petrista. Al leerlo uno experimenta una sensación trágicamente similar. Bajo la prosa limpia y el tono pausado que suele identificar a Iván Cepeda, se esconde un decálogo de eufemismos que, arropado bajo el atractivo rótulo de «revoluciones pacíficas», amenaza con terminar de desmantelar los cimientos productivos, institucionales y de seguridad de nuestro maltratado país.

La primera de estas quimeras es la denominada «Revolución Agraria». El programa plantea, con un romanticismo casi decimonónico, que la economía campesina debe erigirse como el motor exclusivo para transformar a Colombia en una potencia agroalimentaria. Y aunque no está mal apostarle al fortalecimiento de esa economía, resulta fantasioso presentar la propuesta como la clásica fábula de la gallina de los huevos de oro. En su afán dogmático por castigar la producción a gran escala, el programa ignora que para competir en los mercados globales se requiere agroindustria, inversión intensiva de capital, tecnología y, sobre todo, seguridad jurídica. Pretender alimentar al país y exportar al mundo basándose únicamente en el ‘minifundio’ es condenar al campo a una economía de subsistencia y asfixiar a los sectores que verdaderamente generan riqueza.

Aún más inquietante resulta eso que llama «Revolución Política y Democrática». El programa no oculta su ambición de dar un paso hacia un cambio que califica, de manera textual, como «irreversible». Conviene recordar que en una democracia la irreversibilidad no existe. Es la alternancia la regla de oro. La pretensión de eternizar un modelo es un concepto reservado para los regímenes autoritarios que quieren embalsamar sus ideologías en el poder. Para lograr esta perpetuidad, el programa no tiene empacho en hacer mención de una Asamblea Nacional Constituyente como mecanismo de implementación de los acuerdos. Constituyente de la que aparentemente se bajó, pero los colombianos no somos imbéciles. Entendemos perfectamente que lo hizo por cálculo electoral, así como cuando Petro lo firmó sobre mármol y no ha hecho más que impulsar esa constituyente.

La verdad es que al abordar ese programa uno siente que está ante mito del lecho de Procusto. Es un proyecto político que busca amputar o estirar la institucionalidad hasta que la realidad encaje a la fuerza en su molde ideológico, destruyendo la institucionalidad y la confianza inversionista.

Y ni hablar de la claudicación al crimen disfrazada de «Seguridad Humana». El programa sugiere que la pacificación del país pasa por un cambio de «conciencia política», instando a los grupos armados a que abandonen el terror mediante diálogos y no a través del monopolio legítimo de la fuerza. Es inevitable pensar en la metáfora del pastor insensato que, en un arrebato de pacifismo mal entendido, decide encadenar a sus perros guardianes e invitar a los lobos a una mesa redonda para debatir la moralidad de devorar ovejas. Creer que esas estructuras criminales van a desmovilizarse apelando a su moralidad es más complicidad que ingenuidad.

Frente a la lúgubre amenaza de prolongar esta mal llamada «Paz Total», un experimento fallido que tanto daño y sangre nos ha costado, es prácticamente un imperativo entrar en sintonía con la única alternativa que se erige en sus antípodas. Es en este escenario de claroscuros donde la propuesta de Abelardo de la Espriella irrumpe con una sensatez cautivante. El tigre ruge como el antídoto necesario contra la demagogia y la continuidad del desastre que hoy desgobierna a Colombia.

Lejos de la genuflexión estatal, la dupla de Abelardo y José Manuel nos presentan una visión decidida a devolverle la majestad y el respaldo irrestricto a nuestra Fuerza Pública, restaurando los colmillos de la ley frente al crimen. Ellos proponen, con admirable pragmatismo, aplicar la tijera a la maleza burocrática para erigir un Estado pequeño, ágil y verdaderamente austero, despojándolo de la institucionalidad que sobra para enfocar sus energías en una cacería frontal e implacable contra la corrupción y la evasión fiscal.

El programa de Cepeda no está mal escrito, pero el papel lo aguanta todo. La realidad, en cambio, no perdona los saltos al vacío. Si las tres «revoluciones» de Cepeda llegan a materializarse, Colombia, en lugar de despertar en una utopía igualitaria, despertará en el amargo letargo de un país más pobre, menos libre y sometido a la tiranía de quienes demostraron ser incapaces de gobernar. De quienes se presentaron como el remedio a todos los males que ya teníamos, pero que resultaron ser mucho peores que la enfermedad.

Hoy, más que nunca, el país no necesita de un pastor que seguirá sirviendo a los lobos, sino de un tigre dispuesto a proteger el rebaño.

 

Miller Soto

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