PETRO Y CEPEDA

Es de reconocer el fervor que la izquierda en el poder ha despertado y consolidado en una parte importante de los colombianos durante el gobierno de Gustavo Petro. Algunos programas sociales impulsados o mejorados de administraciones pasadas, junto con el aumento inusitado del salario mínimo para este año, dejaron ver a muchas personas que existe una preocupación palpable en el presidente por llegar a capas sociales desatendidas con acciones en nuestro pasado inequitativo. En otros temas estructurales del funcionamiento de nuestra sociedad, con mucha habilidad construyó una hipótesis de obstrucción institucional indebida a sus intentos de pasarse la ley por la faja y dejar de lado, como lo sigue aun intentando, los límites que la estructura del Estado le ha impuesto a cualquier gobernante. Así, reformas pensionales, de salud y de educación, llevaron un enérgico rechazo del Congreso, apoyado por las Cortes. Cataloga de nazista a cuanto contradictor se atreve a desafiar sus propuestas que van desde unas utopías desuetas hasta unas ridículas muestras de ausencia de cordura, expresadas en medio de alucinaciones de variado origen. Pese a eso, para otros quizá por eso, conserva una cauda importante de gente que lo apoya. Así lo registraban las encuestas y así lo corroboró el grupo ciudadano que optó por su candidato Iván Cepeda con la descomunal cifra de 9,656,799 votos, correspondientes al 40.92% de la votación total. Puede decirse que la izquierda y sus aliados colombianos tienen muchos respaldos por mostrar.

Por el lado de la fuerza que lo respalda, contaba con billones de pesos de recursos públicos a su disponibilidad, frente a un electorado susceptible a la compra de votos, registraba el respaldo de un sinnúmero de grupos ilegales que apuntaron las sienes de humildes ciudadanos de muchas localidades hasta alcanzar en algunas un ciento por ciento de votación en su favor, recibía las arengas del presidente, uno de los mejores populistas de este siglo, con un verbo fogoso adobado con carreta, embustes y conflictos de clase que enciende cualquier auditorio, sumaba la desbordada actividad ilícita de intervención en política en pro de su aspiración de altos, medianos y bajos funcionarios públicos, unos arrogantes, otros inducidos y los demás obligados a apoyarlo, con la aplanadora de las contrataciones gubernamentales que subyuga a cuanto pobre colombiano necesita subsistir, solo para mencionar algunas de sus ventajas competitivas.

Su hablar parsimonioso, su pesada manera de hilar las frases en el discurso público, su persistencia de acudir con escritos frente a sus potenciales electores, a pesar de ser un veterano parlamentario en cuyos recintos no se puede leer, su figura dramática que pareciera pedirle permiso a un pie para mover el otro y hacer uso de un caminar desgarbado, su vestimenta desueta de otro continente, su intratable desorden dental, que recuerda la época en la que no existía la ortodoncia, le dan al espectador que decide por quién votar muy poco estímulo para hacerlo por él. Si a esas formas se le suman su ideología comunista, su vinculación estructurada y antigua con rebeldes de todos los pelambres, su claro rechazo a la libertad de empresa y su política estatizadora, con los ríos de leche y miel que prometen todos ellos sin siquiera entrar a molestarse por cómo se allegarían los recursos para financiarlos, se entiende que la gente, aun cuando llegó a superar el 40%, no lo llevó a alzarse con el triunfo que esperaba.

Con todos estos vientos de cola, aspiración de ganar en primera vuelta fracasó, y ni siquiera lo hizo quedar de primero en ella.

Convertido en un asustado contendor para segunda vuelta, busca culpables y empezó la lista por quien lo tiene en donde está, el presidente Petro. Error, dado que, sin su respaldo, es claro que Cepeda no hubiera llegado ni a un 25% de votación. Ahora, dice que saldrá a enamorar el centro político, tarea imposible: él encarna todos los radicalismos juntos; su talante no genera ningún tipo de confusión para los votantes de segunda vuelta, como tampoco lo mostró para la primera. Es más fácil que un petrista se convenza de que Cepeda no es un buen candidato a que un independiente político piense que el señor es bondadosa y repentinamente moderado.

Ahora, cuando se registra un llamamiento a indagatoria por parte de la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes en contra del presidente Gustavo Petro por hechos relativos a la financiación de su campaña en 2022, tiene todavía mayor importancia la indisoluble relación de Petro y Cepeda. Desligarse del lastre presidencial como pretende hacerlo hoy, es algo así como quitarse el apellido.  A la gente que está en ese 40% la tiene sin cuidado lo que ocurra con el trámite acusatorio. Pero para completar lo necesario y ganar la segunda jornada esto se vuelve de verdad un escollo complejo de superar, pese al enorme desprestigio de dicha Comisión, que nunca ha producido un fallo confiable que sancione realidades inocultables.

Su derrota en primera vuelta se podría superar, como ha sido costumbre en Colombia, con el aumento de dineros públicos y de dudoso origen ya presentes en la campaña y ahora denunciados por su contendor Abelardo De La Espriella, quien tuvo que acudir a instancias internacionales para que ese cáncer del dinero espurio en nuestras elecciones, que no tiene tratamiento ni de radio ni de quimio terapias locales, no permee la elección del 21/6.

Difícil pretendido el de Cepeda. Pero no imposible, con un ensoberbecido Petro, quien se juega la última carta para evitar que su estímulo a la delincuencia recogido en la fracasada Paz Total, amén de otras maniobras de abierta contradicción con normas nacionales e internacionales, lo lleven a responder por sus conductas ante la justicia. Es el presidente quien tiene más que perder que el mismo Cepeda. Eso lo vuelve más peligroso.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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