Asumo que hoy casi todos los columnistas van a tratar el tema del presidente electo; hablarán de vencedores y vencidos, de apuestas políticas, de propuestas, ideologías, promesas de campaña, nombres de futuros funcionarios y ministros, apoyos inesperados, quizás una que otra mentira reciclada, algún chisme de “vende patria”, y hasta del incierto futuro político del presidente saliente y está bien, al final, ese es el libreto que suele acompañar las elecciones y su resultado; se harán análisis, especulaciones, celebraciones y funerales políticos anticipados pero hoy yo quiero ser un punto de encuentro en medio de todo eso porque pocas veces había visto una sociedad tan parcializada, tan dividida y tan cargada de emociones encontradas.
Hay unos eufóricos, convencidos de que amaneció una nueva era y hay otros tantos llenos de incertidumbre, preocupaciones y miedos, sintiendo que el país tomó un rumbo distinto al que soñaban y quizás lo más preocupante no sea quién ganó o quién perdió; tal vez lo verdaderamente preocupante es que hemos comenzado a ver al que piensa distinto como si fuera un enemigo.
En estos días he escuchado conversaciones cargadas de frustración, decepción y preocupación especialmente en regiones como Santa Marta y La Guajira, donde muchos ciudadanos depositaron su confianza en un candidato que finalmente no alcanzó la Presidencia y es natural; la democracia también deja tristezas, expectativas rotas y la sensación de que el país tomó un camino distinto al que uno deseaba pero precisamente en momentos como estos es cuando debemos preguntarnos qué tipo de ciudadanos queremos ser.
Antes, durante y después de las elecciones me he encontrado con personas que creen que su posición ideológica las hace intelectualmente superiores a los demás, hablan con absoluta seguridad, mandan a leer, citan autores, explican cómo debería funcionar el mundo y describen sociedades perfectas y no digo que leer sea malo; por el contrario, aprender siempre será una bendición pero también he visto que cuando la realidad se pone difícil, cuando toca resolver problemas, tomar decisiones o ayudar a otros, algunos se quedan atrapados en la teoría.
Con los años he aprendido algo, el intelecto no se vocifera, se demuestra, no se mide por la cantidad de libros que uno cita sino por la capacidad de transformar, aunque sea un poco, la realidad que tiene enfrente; también he conocido el otro extremo, personas que creen que por tener dinero, poder o una posición privilegiada pueden mirar por encima del hombro a los demás y eso tampoco construye nada, solo deja heridas, resentimientos y distancia entre seres humanos que, al final, comparten los mismos miedos, sueños y necesidades y mientras observo esas dos orillas, me hago una pregunta ¿qué podemos hacer tú y yo? la verdad es que hoy no vamos a arreglar el mundo, a eliminar la pobreza, ni acabar las divisiones políticas, ni resolver todas las injusticias del país pero sí podemos decidir cómo actuaremos frente a esta nueva realidad política.
A mis hermanos de La Guajira y Santa Marta quiero decirles algo, perder una elección no significa perder el futuro, tampoco significa que debamos convertirnos en opositores del progreso simplemente porque nuestra preferencia política no ganó; la democracia no consiste únicamente en votar, consiste también en aceptar los resultados con madurez, en vigilar con responsabilidad y en permitir que quien fue elegido tenga la oportunidad de demostrar con hechos su capacidad para gobernar.
Dar una oportunidad no significa obedecer ciegamente, tampoco significa renunciar a las convicciones ni dejar de exigir resultados, más bien, comporta actuar con grandeza, trasmite reconocer que, por encima de partidos, colores y discursos, está Colombia; por eso hoy quiero invitarte a algo sencillo, ser empático con quien piensa distinto, ser tolerante cuando sea más fácil discutir, servir cuando nadie lo pida, actuar con ética incluso cuando podrías aprovecharte de una situación y permitir que tus acciones hablen más fuerte que tus opiniones.
Yo también intento hacerlo, aunque no siempre lo logro; como cualquier ser humano, me equivoco, me canso y a veces me frustro, pero sigo creyendo que las pequeñas acciones tienen un poder enorme.
Quizás no podamos cambiar el país entero de un día para otro, pero sí podemos cambiar el ambiente de una casa, la tranquilidad de una familia, el ánimo de un amigo o devolverle la esperanza a alguien que hoy atraviesa una batalla silenciosa y si entre tú y yo logramos hacer eso, ya habremos hecho mucho más de lo que consiguen quienes pasan la vida hablando de cambiar el mundo sin mover un dedo para transformarlo.
Y quizás, después de tanta discusión, insulto, cadenas de WhatsApp, expertos de esquina y politólogos de tienda, descubramos algo que parece obvio pero que a veces olvidamos, Colombia nunca ha sido de un presidente, de un partido o de una ideología; Colombia siempre ha sido de su gente.
Tal vez el futuro no llegue vestido de héroe ni aparezca en una tarima prometiendo cambiarlo todo; quizás llegue más sencillo, en un campesino que vuelve a sembrar con esperanza, en un joven que decide estudiar y no rendirse, en una madre que se acuesta tranquila porque siente que mañana puede ser un poco mejor, en un vecino que aprende a saludar nuevamente al que votó distinto porque al final el país no cambia cuando se cuentan votos; cambia cuando se cuentan oportunidades y quién sabe, de pronto dentro de unos años descubramos que mientras unos celebraban y otros lloraban una elección, Colombia silenciosa y terca como siempre empezó a arreglarse poquito a poco, casi sin avisar y ojalá nos encuentre a todos del mismo lado, no del lado de los vencedores ni de los vencidos, sino del lado de los que nunca dejaron de creer.
Que la sabiduría nos enseñe a actuar, que la humildad nos permita aprender y que el corazón nunca deje de servir.
Adaulfo Manjarrés Mejía

