LOS EXGUERRILLEROS ÚTILES: LA GRAN HIPOCRESÍA DE LA ULTRADERECHA COLOMBIANA

En Colombia existe una vieja tradición política que parece repetirse como un libreto perfectamente ensayado: los grandes líderes de la ultraderecha llegan al poder prometiendo exterminar políticamente a la izquierda, satanizando a la guerrilla, señalando a sus contradictores como aliados del terrorismo y construyendo campañas enteras sobre el miedo, el odio y la confrontación. Pero una vez se sientan en el Palacio de Nariño, hacen exactamente lo contrario: abren la puerta a exguerrilleros, antiguos marxistas y viejos combatientes que ayer presentaban como enemigos de la patria.

La pregunta es inevitable: ¿convicción o cinismo?

Porque una cosa es clara: esto no es un accidente. Es una práctica sistemática.

Álvaro Uribe Vélez construyó su proyecto político sobre la idea de la guerra total contra las FARC. Su narrativa fue simple y poderosa: Colombia estaba secuestrada por el terrorismo y solo un liderazgo fuerte podría rescatarla. El país compró esa tesis. Y la compró con rabia, con miedo y con sed de justicia.

Uribe ganó.

Pero apenas se instaló en el poder, la realidad comenzó a desnudar las contradicciones. Su gobierno, que había convertido el anticomunismo en religión política, terminó rodeado de antiguos militantes de organizaciones insurgentes o de izquierda radical. Everth Bustamante, Rosemberg Pabón, Carlos Franco, Augusto Osorno y otros nombres provenientes de procesos guerrilleros o cercanos a ellos terminaron integrados a la estructura de poder uribista.

¿Y José Obdulio Gaviria? Quizás el cerebro ideológico más importante del uribismo duro. Un hombre con antecedentes de militancia juvenil en sectores marxistas-leninistas.

La gran ironía: el arquitecto del discurso más feroz contra la izquierda venía precisamente de sus entrañas.

Hoy la historia parece repetirse.

Abelardo de la Espriella ha hecho de la confrontación contra el petrismo y la izquierda su principal combustible político. Su discurso es frontal, agresivo y sin matices. Para él, buena parte del progresismo colombiano representa una amenaza para la democracia, la libertad económica y la institucionalidad.

Pero mientras ese relato gana fuerza, aparece otra vez el mismo fenómeno: Carlos Alonso Lucio, ex M-19, convertido en operador político clave y figura central en el eventual empalme con sectores del actual gobierno.

Otra vez el reciclaje.

Otra vez la misma fórmula.

Y aquí es donde la política colombiana revela su verdadera naturaleza: la ideología en campaña es teatro; el poder en ejercicio es pragmatismo puro.

La ultraderecha no odia realmente al exguerrillero.

O mejor dicho: lo odia mientras sea útil odiarlo.

Porque el exguerrillero desmovilizado, domesticado institucionalmente y convertido en ficha política tiene un enorme valor estratégico. Conoce al enemigo. Habla su lenguaje. Entiende su lógica. Puede servir como puente, espía político, asesor o legitimador.

Es una adquisición valiosa.

Lo que antes era “terrorismo” se convierte, mágicamente, en “experiencia política”.

Lo que antes era “castrochavismo” se transforma en “capacidad de interlocución”.

Lo que antes era “amenaza” termina siendo “aliado”.

Y el votante, muchas veces, ni siquiera lo nota.

O peor: lo acepta.

Porque la política colombiana ha perfeccionado una pedagogía de la amnesia.

Se le enseña al ciudadano a odiar etiquetas, no personas.

A odiar símbolos, no trayectorias.

Por eso un líder puede pasar años incendiando al país con discursos de guerra ideológica y luego gobernar con quienes encarnaban ese supuesto enemigo sin pagar ningún costo político.

¿Por qué?

Porque en el fondo la guerra ideológica en Colombia ha sido, en gran medida, una herramienta de mercadeo electoral.

El enemigo es rentable.

La guerrilla ha sido, para la derecha dura, el mejor producto político jamás creado: concentra todos los miedos nacionales. Violencia, secuestro, narcotráfico, extorsión, caos.

Es el monstruo perfecto.

Y todo monstruo necesita un héroe.

Ese héroe suele ser el candidato.

Pero una vez gana, el monstruo ya cumplió su función narrativa.

Entonces llega el momento del reparto burocrático, de las alianzas y de la absorción estratégica.

Ahí es donde aparecen los exguerrilleros “buenos”.

Los útiles.

Los funcionales.

Los reciclables.

Y así se desnuda la gran mentira: nunca fue una guerra contra las personas ni siquiera contra sus ideas; fue una guerra por el control del relato.

Eso no significa que todos los exguerrilleros que entran a gobiernos de derecha sean incoherentes. Muchos evolucionan. Cambian. Se transforman políticamente. Eso es legítimo en democracia.

El problema no es su presencia.

El problema es la doble moral de quienes construyen capital político demonizando precisamente ese origen.

Porque mientras en privado pactan con antiguos insurgentes, en público siguen agitando el odio contra cualquier expresión de izquierda.

Y ese odio tiene consecuencias.

En Colombia no es retórica vacía.

Aquí la estigmatización ha matado.

Ha justificado persecuciones.

Ha alimentado violencias.

Ha dividido familias, regiones y generaciones enteras.

Por eso el asunto es grave.

Porque cuando la ultraderecha utiliza el fantasma guerrillero como arma electoral, no está haciendo solo política: está administrando emocionalmente el trauma de una nación.

Y luego, cuando se alía con quienes antes presentó como demonios, demuestra que ese trauma fue instrumentalizado.

Eso tiene nombre: manipulación.

Quizás la verdad más incómoda sea esta: en Colombia la pureza ideológica no existe.

La derecha se alimenta de cuadros reciclados de izquierda.

La izquierda también absorbe élites conservadoras.

Todos se necesitan.

Todos se mezclan.

Todos negocian.

Lo único que cambia es el discurso.

Por eso cuando escuchamos a ciertos líderes hablar de “aniquilar ideologías”, “expulsar el comunismo” o “rescatar al país del enemigo interno”, conviene recordar algo fundamental: si ganan, probablemente terminarán gobernando con varios de esos mismos enemigos.

No porque crean en la reconciliación.

No porque hayan superado sus diferencias.

Sino porque el poder tiene una lógica superior a cualquier doctrina.

Y esa lógica es simple: usar a quien sirva.

Incluso si ayer era el enemigo.

Incluso si ayer había que odiarlo.

Incluso si hoy todavía hay que seguir fingiendo ese odio para conservar votos.

La gran tragedia colombiana no es esa contradicción.

La gran tragedia es que seguimos creyendo que no existe.

 

Álvaro Sierra Molina

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *