El rey Asuero impuso tributo sobre la tierra y hasta las costas del mar. 2 Y todos los hechos de su poder y autoridad, y el relato sobre la grandeza de Mardoqueo, con que el rey le engrandeció, ¿no está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Media y de Persia? Porque Mardoqueo el judío fue el segundo después del rey Asuero, y grande entre los judíos, y estimado por la multitud de sus hermanos, porque procuró el bienestar de su pueblo y habló paz para todo su linaje. Ester 10:1-3
Me encanta cómo termina el libro de la Reina Ester, después de tensiones, amenazas, e injusticias, concluye mostrando a Mardoqueo en una posición de grandeza. Esto me recuerda las palabras de Jesús en Mateo 23:12: «Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
La humildad, contrario a lo que muchos podrían pensar, no significa perder la dignidad, sino, más bien, reconocer quién es Dios y quiénes somos delante de Él. Es vivir reconociendo que todo lo que somos y tenemos proviene de su gracia, depender de su dirección, someternos a su voluntad y poner lo que tenemos al servicio de los demás.
Por eso, una persona humilde no vive intentando demostrar su valor, porque sabe que su identidad está afirmada en Dios, tampoco necesita competir por los primeros lugares, porque confía en que el Señor abrirá puertas que nadie puede abrir.
Cuando Jesús dijo esas palabras, se dirigía a escribas y fariseos, líderes religiosos de la época, que habían convertido la espiritualidad en una plataforma para obtener reconocimiento, preocupados por los primeros lugares, los títulos de honor y la aprobación de la gente más que la aprobación de Dios, su religiosidad era visible, pero sus corazones estaban lejos de Dios (Isaías 29:13).
Con esta enseñanza, Jesús no solo reveló la hipocresía religiosa de su tiempo, sino que estableció un principio perdurable para todos los que ejercen algún tipo de liderazgo, porque la autoridad no debe convertirse en un medio para la exaltación personal, sino en una oportunidad para servir.
Esto, no es muy diferente a lo que vivimos en la actualidad, naciones enteras sumidas en guerras, violencia, pobreza y destrucción, como consecuencia de líderes que, al alcanzar posiciones de poder, olvidaron que toda autoridad implica una responsabilidad delante de Dios y en lugar de procurar el bienestar colectivo, han utilizado su influencia para satisfacer intereses personales, favoreciendo a unos pocos y dejando a millones de personas enfrentando las consecuencias de decisiones marcadas por el orgullo, la ambición y la injusticia.
Pero, esto no les sucede solo a los gobernantes o a quienes ocupan cargos de poder, también nos ocupa a nosotros, preguntémonos, ¿qué haríamos si tuviéramos poder? ¿cómo estamos administrando la influencia que Dios nos ha confiado? ¿La estamos utilizando para engrandecernos a nosotros mismos o para bendecir a quienes nos rodean? ¿Buscamos que las personas reconozcan nuestro nombre o que, a través de nuestra vida, puedan conocer el carácter y el amor de Dios?
Por esto resulta tan relevante el ejemplo de Mardoqueo, en su historia no solo destaca el cargo que alcanzó, sino la manera en que ejerció la autoridad que le fue dada; su grandeza no radicó en ocupar el segundo lugar después del rey, sino en «procurar el bienestar de su pueblo y hablar paz para todo su linaje» (Ester 10:3). Es decir, entendió que el verdadero propósito del liderazgo no es servirse de las personas, sino servir a las personas.
Ese es el modelo de liderazgo que agrada a Dios, uno que entiende que la verdadera autoridad encuentra su mayor expresión en el servicio, porque quien ha aprendido a servir con humildad está preparado para liderar conforme al corazón de Dios.
Las palabras de Jesús siguen cobrando valor para nosotros, podemos servir, enseñar, liderar, trabajar, predicar, ayudar o realizar muchas buenas obras, motivados por el deseo de reconocimiento, pero Dios no solo ve lo que hacemos; también examina las intenciones del corazón (1 Samuel 16:7).
La exaltación de Mardoqueo no fue el resultado del esfuerzo o de una estrategia humana; sino la consecuencia de la soberanía de Dios obrando detrás de cada suceso. Fue llevado de la puerta del palacio, donde servía sin esperar nada a cambio, hasta ocupar el segundo lugar del imperio más poderoso de su tiempo.
Esto nos enseña que lo que el orgullo pretende conquistar por sus propias fuerzas, la humildad lo recibe como un regalo de Dios en el tiempo justo y que cuando la promoción viene de Dios no genera arrogancia, porque quien la recibe sabe que no es producto de sus méritos, sino de su gracia y fidelidad. Por eso, cuando Dios exalta a una persona, no solo transforma su posición, sino también so corazón, convirtiéndolo en un instrumento para bendecir a otros.
Esta misma verdad se refleja en la vida de Jesús, aunque era el Hijo de Dios, se despojó de sus privilegios, tomó forma de siervo y se humilló hasta la muerte (Filipenses 2:5-11), precisamente por esa humildad, fue exaltado hasta lo sumo.
En conclusión, la verdadera grandeza no se mide por cuánto poder acumulamos, sino por cuánto amor podemos dar, a cuántas personas podemos servir y por la sinceridad con la que cumplimos el propósito de Dios.
Quizás hoy estemos atravesando por una etapa similar a la que vivió Mardoqueo durante gran parte de su historia: sirviendo sin ver resultados inmediatos, esperando respuestas que parecen no llegar o sintiendo que nuestros esfuerzos pasan desapercibidos. Sin embargo, el libro de Ester nos enseña que, aunque los tiempos de Dios no siempre coinciden con los nuestros, Él sigue obrando y cuando exalta a alguien, no lo hace para su beneficio personal, sino para cumplir un propósito mayor.
El asunto no es si estamos preparados para recibir una bendición, sino, si estamos dispuestos a administrarla conforme al plan de Dios. Si hemos comprendido, que la verdadera grandeza no se centra en el ascenso, sino en cuánto bien podemos hacer desde el lugar donde Dios nos lleva, entonces nuestra meta no será la exaltación; sino permanecer más cerca de nuestro creador, porque comprendemos que una vida rendida a Él siempre será más valiosa que cualquier posición de influencia, y que una persona que sirve con humildad dejará una huella mucho más profunda que aquella que solo vive para ser admirada. Porque en el Reino de Dios, la mayor grandeza no es ser reconocido por los hombres, sino ser hallado fiel delante de Dios.

