LA VICTORIA MÁS DIFÍCIL

Las elecciones terminaron. Algunos celebran. Otros sienten incertidumbre, frustración o incluso miedo. Así ocurre en toda democracia. Lo preocupante no es que existan ganadores y perdedores; lo preocupante es que, una vez termina la contienda, muchos siguen viendo al otro como un adversario y no como un compatriota.

Gobernar un país dividido es difícil. Reconstruir la confianza entre quienes lo habitan lo es mucho más. Vivimos en la era de las opiniones inquebrantables. Cada discusión parece una competencia para determinar quién tiene la razón, no quién está dispuesto a comprender. Las redes sociales nos acostumbraron a responder antes de escuchar, a debatir antes de entender y a creer que cambiar de opinión equivale a perder.

Pero pocas cosas requieren más inteligencia que reconocer que nadie posee toda la verdad.

Durante años nos enseñaron que el conocimiento consiste en tener respuestas. Con el tiempo descubrimos que la verdadera sabiduría consiste en hacer mejores preguntas. Las personas más interesantes que he conocido comparten una característica poco común: dudan de sí mismas. No porque sean inseguras, sino porque entienden que la realidad es demasiado compleja para reducirla a certezas absolutas. Saben que cada conversación puede ampliar el mapa del mundo que llevan en la cabeza.

En cambio, quien cree saberlo todo, deja de crecer.

No existe progreso personal, institucional ni nacional sin la incomodidad de cuestionar nuestras propias ideas. La ciencia avanza porque acepta que puede equivocarse. La justicia mejora porque corrige sus errores. Las empresas evolucionan porque escuchan a quienes las critican. ¿Por qué habría de ser diferente un país?

La arrogancia protege el ego; la humildad fortalece las naciones.

Hoy Colombia necesita algo más difícil que ganar unas elecciones. Necesita aprender a convivir después de ellas.

Eso exige entender que quienes votaron distinto no dejaron de amar al país por hacerlo. La inmensa mayoría de los colombianos, sin importar el candidato que apoyaron, quiere exactamente las mismas cosas: seguridad para sus familias, oportunidades para trabajar, instituciones confiables, educación para sus hijos y un futuro mejor.

Lo que cambia son los caminos que cada uno considera adecuados para llegar allí. Tal vez el primer paso para cerrar la brecha no sea convencer al otro de que estaba equivocado, sino aceptar que detrás de muchas posiciones políticas hay preocupaciones legítimas que merecen ser escuchadas.

No toda diferencia representa una amenaza. En ocasiones representa una perspectiva que nos hacía falta.

En un mundo donde todos hablan, escuchar se ha convertido en un acto de liderazgo. Escuchar sin preparar la siguiente respuesta. Sin buscar el momento para interrumpir. Sin la necesidad permanente de demostrar superioridad.

Las elecciones ya pasaron. La campaña terminó. Ahora comienza algo mucho más importante.

Porque los presidentes gobiernan cuatro años. Los colombianos tendremos que seguir viviendo juntos mucho después.

 

Santiago Torrijos Pulido

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