RENDIR CUENTAS

Hay cosas difíciles y algunas por difíciles se vuelven casi que imposibles. Una de ellas es entender el comportamiento humano, objeto de estudio de muchos grandes pensadores, desde Sócrates y Confucio hasta Sigmund Freud y Carl Gustav Jung. Agria tarea. El hombre no tiende a mirar hacia adentro y hacer de la revisión de su conciencia una forma valiosa de ajustar su comportamiento a postulados que lo ayuden a vivir mejor con él mismo y con su entorno. Es decir, detesta juzgarse, la consecuencia lógica de la introspección. Mirarse el alma hace que encontremos más demonios que santos. El balance tiene sus bemoles y forma parte de lo que decía Tales de Mileto, que juzgar a los demás es fácil, tal cual es difícil conocerse a sí mismo. Con los años, estas jornadas de reflexión interna se convierten en parte de la vida diaria, ya que el tiempo que se libera deja atender varios temas aplazados por la urgencia de actuar en los años mozos. En realidad, debería estar en la agenda de cada persona desde los primeros días de la juventud. Rendirnos cuentas a nosotros mismos es la mayor exaltación de la condición humana.

Esa prevención natural tiene su efecto en el ejercicio de labores que implican responsabilidad colectiva, ya sea en el sector privado o en el público, bien una Junta Directiva,  una asamblea general de accionistas o en el caso de los mandatarios públicos, la presentación de los resultados de la gestión a los “constituencies”, término  anglosajón sin preciso equivalente en nuestro idioma, o los informes cuando se entrega el poder, en el caso de la democracia, cuando se vence el período de ejercicio de los cargos.

Estamos en Colombia frente a un caso complejo, digno de estudio de la ciencia política sobre lo que no debe ser en estos recuentos de lo hecho y de lo dejado de ejecutar durante los años perdidos de Petro y su gente.

Detrás de cada mentira hay una verdad inocultable. Será imposible tapar el sol de la corrupción y el desorden monumental que reinaron con evidencia este cuatrienio con la mano de reportes amañados y, con seguridad, distantes de la realidad. Y es mejor que esa información se sepa desde ahora y sin maquillajes.

El rigor con el cual ha sido asumido el empalme por parte del vicepresidente electo, don José Manuel Restrepo, es indispensable y sano, y así debe ser la recepción del estado de la cuestión pública que se está haciendo a regañadientes por el petrismo.

Con lo que se escucha, proveniente incluso de las mismas entrañas del gobierno, la cueva de Rolando queda convertida en una catacumba. Poco a poco la cercanía con el día final de gestión alborota más el cotarro, y las peleas de comadres harán que se sepan más verdades. Esa frase manida de que el papel aguanta todo tendrá su verificación cuando la auditoría indispensable sobre las cifras y decisiones de gobierno que hará el entrante nos lleven a cotejar lo que cacarea el presidente en ejercicio con las tristezas del alma pobre del colombiano, que hubiera podido ver un bienestar prometedor si los recursos públicos no se hubieran perdido en los vericuetos de la ausencia de rumbo y su apropiación criminal.

No será labor de un día poner el país en orden. Requerirá mucha determinación, que parece corroborarse con la designación del pulcro ministro de hacienda, Miguel Gómez Martínez, y el énfasis que le dio el mismo presidente De La Espriella al ejercicio de empalme, como mecanismo de ir identificando los énfasis en la atención del gobierno. No en balde se ha dicho que un problema bien planteado está medio resuelto. Será dolorosa, pues contraer el gasto implica ponerle freno a un factor que el gobierno saliente utilizó para “mostrar” un mejor resultado económico por la vía menos recomendable que es el gasto público.

La labor de gobernar implica enormes retos, uno tras otro, que desfilan frente a la mirada circunspecta del presidente. Quienes llegan a esas altas distinciones deben estar hechos para eso.  Y entenderán que va más allá de las vanidades del poder, más allá de las soluciones mágicas, pues la vida se mide en calamidades, resueltas unas y superadas otras con actitud y estoicismo. Por cada solución conseguida aparecerán al menos diez problemas similares que debe atender, y el tiempo, el enemigo de las gestiones y ejecuciones, será inclemente en las exigencias que cada comunidad, por no decir el país entero, genera cada día.

Hay que tener una piel de paquidermo tan gruesa que permita enfrentar esos momentos del mando. Darle la jerarquía a cada inquietud, al mismo tiempo que sopesar la trascendencia de una decisión, se vuelven las inmensas vértebras de las columnas del entendimiento del buen gobernante.

La serenidad es otra de esas cualidades que cuando se refiere uno a la política se traduce como frialdad. Recordemos al mayor ejemplo que tuvimos en Colombia: César Gaviria, particularmente imperturbable, escogía las alternativas difíciles que le tocó sortear con el cerebro metido entre una hielera.

Pero es el carácter la estrella que debe brillar más entre las tantas que uno quiere de quien lo gobierne. La capacidad de tomar una decisión conveniente para el país, sopesada con serenidad, analizada bajo el criterio de una adecuada combinación del momento con el futuro de los gobernados y echarla a andar con firmeza. Esto no significa el extremo de la tozudez e inflexibilidad para no entender cuando debe adaptarse a imponderables o hechos sobrevinientes que requieran darle algo de “cintura” al asunto – comparación ineludible ahora por el mundial de fútbol -, pero sin dejar de persistir en el propósito grande que motivó la decisión.

La lista en esta ocasión se vuelve larga. La jornada que termina deja una estela de tan baja calaña que abarca tanto criterios de dignidad como de profesionalismo para gobernar.

Los demonios sobrepasan con creces a los ángeles en el recuento de los hechos del gobierno Petro.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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