Hay sonidos que desaparecen sin que nos demos cuenta. El repique de la máquina de escribir, el sonido de la campana que anunciaba la llegada del camión del gas. Tal vez algún día también se extinga ese rumor leve que producen las páginas de un libro cuando una mano las pasa lentamente. Sería una pérdida silenciosa, pero inmensa.
Vivimos en la época de la inmediatez. Todo cabe en una pantalla: bibliotecas enteras, enciclopedias, periódicos, novelas y poemas. Nunca fue tan fácil acceder al conocimiento. Sin embargo, hay experiencias que la tecnología puede reproducir, pero no sustituir.
Leer un libro impreso es una de ellas.
Hay algo profundamente humano en sostener un libro entre las manos. Su peso, el grosor de sus páginas, la textura de la cubierta, el olor inconfundible del papel nuevo o el perfume antiguo de los ejemplares que han sobrevivido al tiempo. Cada libro posee una identidad física, una presencia que ninguna tableta puede imitar.
Jorge Luis Borges, que imaginó el universo como una biblioteca infinita, confesó alguna vez que siempre imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. No de un servidor lleno de archivos invisibles, sino de estantes poblados por libros que esperan pacientemente a sus lectores. Quizá entendía que los libros no solo contienen historias; también conservan la memoria de quienes los leyeron.
Un libro guarda huellas. Una esquina doblada. Una flor seca olvidada entre sus páginas. Una dedicatoria escrita con tinta ya desvaída. Una fecha. Una firma. Una lágrima que alguna vez cayó sobre un párrafo preciso. Esos pequeños accidentes del tiempo convierten cada ejemplar en un objeto irrepetible.
Las pantallas, en cambio, son impecables. Todos los archivos son idénticos. Ninguno envejece con nosotros.
Hay un extraño ritual cuando abrimos un libro. Lo hacemos despacio, como quien entra en una casa ajena con respeto. Pasamos la primera página casi con solemnidad, y sin advertirlo comenzamos un diálogo íntimo con alguien que quizá murió hace siglos. El autor nos habla desde otra época, y nosotros respondemos con silencios, con asombros, con subrayados.
Leer en papel también tiene otra virtud: nos obliga a detenernos. La página no compite con notificaciones, mensajes ni ventanas emergentes. El libro exige una sola fidelidad: la atención. En un mundo donde todo lucha por distraernos, un libro sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía es posible quedarse.
No creo que el libro impreso desaparezca. Tal vez deje de ser mayoritario. Quizá las nuevas generaciones lean más en dispositivos electrónicos. Y está bien. La tecnología ha democratizado el acceso al conocimiento y sería absurdo negarlo. Pero del mismo modo que la fotografía no acabó con la pintura ni el cine con el teatro, sospecho que el libro de papel sobrevivirá porque satisface una necesidad distinta: la de tocar las palabras.
Hay quienes coleccionan relojes, monedas o estampillas. Yo entiendo perfectamente a quienes coleccionan libros. No almacenan papel. Conservan conversaciones pendientes.
Porque un libro cerrado nunca está terminado. Solo espera.
José Jorge Molina Morales

