¿LA CONSTITUCIÓN SOY YO… O SOMOS TODOS?

“Nuestra constitución política no responde a una ideología única reconoce un equilibrio entre principios que deben coexistir, y allí radica, su fortaleza”

En un momento en que el debate público de Colombia parece reducir la constitución política a un instrumento de confrontación, sentí la necesidad no solo de volver a entender leyendo las ideas por las cuales he venido estudiando el constitucionalismo moderno, sino que a través de la lectura del libro La Constitución soy yo de J. Mauricio Gaona quería comprobar si la carta política podía tener dueño, color político o interpretaciones exclusivas, para lo cual, esa lectura me llevó a replantear algunas convicciones y me dejó la siguiente pregunta ¿existe una constitución de derecha y otra de izquierda?

Veamos. En el mundo moderno, las constituciones democráticas no son manifiestos ideológicos ni programas de gobierno, son pactos políticos y jurídicos -como lo fue en 1991- que establecen las reglas del juego para que proyectos de distintas orientaciones puedan competir, alternarse en el poder y gobernar dentro de unos límites previamente acordados.

Su razón de ser no consiste en favorecer a una mayoría, sino en impedir que cualquier mayoría, por amplia que sea, convierta su voluntad en poder absoluto y en ese contexto adquiere especial relevancia la tesis desarrollada por el constitucionalista Mauricio Gaona en la que invita a reconocer que la constitución no vive únicamente en los estrados judiciales ni en los artículos que la componen; existe, sobre todo, en la conducta de quienes la respetan, la exigen y la defienden. Por ello, dice el autor en uno de sus aportes que una constitución que no se practica termina siendo apenas un documento solemne.

Ahora bien, esa idea del Dr. Gaona también plantea un desafío. La historia demuestra que toda democracia corre un riesgo cuando un gobernante, un partido o movimiento político o incluso, una mayoría ciudadana terminan creyendo que representan por sí solos el verdadero sentido de la constitución. Cuando el poder comienza a identificarse con ella, la línea que separa el Estado constitucional del personalismo empieza a desdibujarse.

Por eso resulta equivocado afirmar que una constitución pertenece a la derecha cuando protege la libertad económica, la propiedad privada y la seguridad jurídica o que importa a la izquierda cuando reconoce derechos sociales, promueve la igualdad material o fortalece la intervención del Estado para corregir desigualdades.

Ello no es cierto, nuestra constitución política no responde a una ideología única ya que reconoce un equilibrio entre principios que deben coexistir, y allí radica precisamente, su fortaleza.

Las elecciones cambian gobiernos, no cambian la carta política y quien obtiene el respaldo en las urnas recibe un mandato democrático para ejecutar un programa de gobierno, que se registra ante la organización electoral y es el que posteriormente se plasma en un Plan Nacional de Desarrollo como hoja de ruta de los proyectos e indicadores de gestión que buscan proteger derechos y mejorar la calidad de vida de los colombianos.

Del mismo modo, quienes pierden las elecciones tampoco pueden convertir toda diferencia política en una supuesta ruptura del orden constitucional, los principios democráticos y el orden jurídico; ahí radica el respeto del constitucionalismo moderno cuando las decisiones gubernamentales no sean de su conveniencia.

La grandeza de un estado constitucional no se mide por la orientación ideológica de quien gobierna, sino por la capacidad de las instituciones para garantizar que todos -gobernantes, jueces, congresistas, servidores públicos y ciudadanos- permanezcan sometidos a la misma norma superior. Esa es la esencia del constitucionalismo, que nadie pueda situarse por encima de la constitución.

Quizá el verdadero sentido de afirmar “La Constitución soy yo” no radica en que una persona pueda identificarse con ella, sino en reconocer una responsabilidad compartida, por ejemplo, cuando respeto los derechos de quien piensa distinto; cuando defiendo la independencia de los jueces, aunque no compartan sus decisiones; cuando acepto el resultado de unas elecciones legítimas y, al mismo tiempo, exijo que quienes gobiernan ejerzan el poder dentro de los límites constitucionales.

En suma, la constitución política, en realidad, no es de derecha ni de izquierda. Tampoco corresponde a un gobierno de turno ni a la oposición, pertenece a todos los colombianos. Y quizá la mayor amenaza para nuestra democracia aparezca el día en que alguien -desde cualquier orilla ideológica- invierta la jerarquía constitucional pasándola a la base de la pirámide institucional al tanto que su voluntad, asciende por vía de reinterpretación fáctica y normativa a la cúspide.

 

Roger Mario Romero

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