¿APRENDEREMOS LA LECCIÓN?

Cuando Georges Clemenceau dijo que la guerra era algo demasiado serio para dejarlo en manos de los militares, nunca imaginó que lo parafrasearíamos un siglo después para sostener que la política es algo demasiado serio para dejarlo en manos de los políticos.

Así parece ser hoy en día, cuando todo se volvió político. Apenas ayer, es decir hace cincuenta años, la sociedad acudía a su trabajo, educaba sus hijos, pagaba impuestos y se divertía cada que podía con la naturaleza y las reuniones de amigos, en una pausa para el retorno al esfuerzo cotidiano por salir adelante en su entorno.

El cambio ha sido espectacular. La disponibilidad de la tecnología le dio un aire diferente a la vinculación de la gente con lo que cada día la afecta más, esto es, las decisiones políticas que toman sus delegados para que los gobiernen, elegidos cada cierto período, pero cuyo impacto nos afecta en todo momento. La información está al alcance de todos con solo encender un computador, una tableta o un celular “inteligente”, y desayunamos con noticias sobre guerras en vivo y en directo, almorzamos con tasas de empleo, inflación e impuestos, y cenamos con intercambios y enfrentamientos comerciales, lo divino y lo humano, servido en la mesa de toda familia.

Anton Jäger, analista e historiador belga, ha descrito esta escena con la revitalización del término Hiperpolítica. El renacer del interés de todos a toda hora por lo que en algún otro capítulo de la historia atrajo poco la atención general. Y es hora de pararle bolas a lo que significa el involucramiento de cada vez más personas en lo que les impacta permanentemente.

Como sucede con todo en la vida, la Hiperpolítica tiene de bueno y de malo. Empecemos por observar que la tradicional apatía de la juventud por los temas políticos pasó a la historia. Quieren intervenir en las discusiones, se dieron cuenta que ese tema los afecta demasiado en sus vidas y debe tener su atención. Ya no es un asunto de “mayores”, discrepan de los conceptos tradicionales con energía y acceden a información de inteligencia artificial en tiempo real para enriquecer sus opiniones, con todos los sesgos que ello significa. Lo bueno de este involucramiento contrasta con el hecho de que no siempre saben cómo actuar frente a decisiones políticas que los afectan y no comparten, pero sobre las que no tienen capacidad inmediata de cambiarlas, aun cuando vean que sus criterios son compartidos por muchos de sus conciudadanos. La velocidad de una decisión y de una actuación políticas supera aquella de quienes no están de acuerdo con ella para cambiarla, así sean mayoría. Y eso exacerba los ánimos, genera inmensas frustraciones y fatiga a la gente frente al escenario diario.

Los respaldos y las diferencias se canalizan por varios medios. Y las redes sociales han adquirido una preponderancia inusitada. En ella encontramos gentes que comparten nuestra visión de los actos de gobierno, con argumentos complementarios a los propios, y personas que controvierten lo sostenido, no siempre con actitud convincente sino también con improperios y descalificaciones viscerales. Es preferible sin duda que estos enfrentamientos se tramiten con un teclado que arda y no con una ciudad encendida. Punto para las redes.

Las consecuencias de los desacuerdos también traen a escena los disturbios, las protestas callejeras, las manifestaciones políticas que le gritan a todos que sus puntos de vista no coinciden con los del gobierno. Los derechos de quienes protestan conculcan en ocasiones los derechos de quienes coinciden con lo actuado por los mandatarios, y generan alteraciones del orden público.  Allí entran la visión y la misión del mandatario. La forma de tramitarlas es parte de lo que en democracia se considera como la libertad ciudadana, la individual y la colectiva. No es solo cuestión de normas, es parte esencial de la concepción del ejercicio del poder.

Una consecuencia adicional de la Hiperpolítica es la necesidad del régimen en ejercicio de mantener la atención de la gente en sus actuaciones, que no necesariamente significa tenerlos informados de los actos de gobierno. A veces, es precisamente al revés. Mantenerlos distraídos en temas tan vacuos y frívolos que evitan que se concentren en aquellos que significan abusos del poder, crecientes elementos de corrupción y errores crasos sobre el funcionamiento de la sociedad.

Colombia acaba de vivir un lamentable cuatrienio con estos desvíos deliberados de atención social. Petro nos dio lecciones de avidez mediática, nos llevó a sus aposentos para presumir de cualidades sexuales, nos puso a oír sus peroratas que desfiguran el conocimiento de la vida nacional, la internacional e incluso la interplanetaria, nos dispersó por las galaxias de sus insanidades, en ocasiones con la morbosa complacencia de algunos medios de comunicación. Mientras tanto, metía la mano en el erario, desconocía las herramientas esenciales del conocimiento para gerenciar, y hundía muchas aspiraciones nacionales en el fango de sus viciosas costumbres personales.

¿Se puede concluir que esta conducta trajo como consecuencia la derrota de su proyecto político en las urnas el pasado mes de junio y el giro hacia otra visión de gobierno? Sin duda, y a pesar de haber sido estrecho el margen de victoria de don Abelardo De La Espriella.

Tenemos que aprender esta lección. No es posible que porque se detente el cargo de primer empleado de la nación se pueda abusar de semejante manera de la paciencia de la gente, de la incapacidad de la Hiperpolítica de cambiar con oportunidad los rumbos mal enfocados del ejercicio del poder.

Veíamos atónitos derrumbarse un conjunto de principios básicos de funcionamiento social y quedamos a la espera de que la acción correctiva fuera mayor. No participo de la alabanza al régimen institucional que logró contener algunas de las enormidades de Petro. Era necesario que el accionar preventivo y de control hubiera sido más eficaz.

Que no nos vuelva a pasar.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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