LA COMPARACIÓN AHOGA LA GRATITUD Y EL MERECIMIENTO DESPLAZA LA GRACIA

«Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron… Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.» Mateo 20:1-4, 6-7 (RVR1960)

Hay algo que me llama la atención en esta parábola, el dueño de la viña les dijo a todos los obreros que recibirían lo que fuera justo. Sin embargo, cuando llegó el momento de pagar, quienes habían sido contratados primero esperaban recibir más que los últimos, pero, para su sorpresa todos recibieron lo mismo. La razón es que el pago no estaba sujeto a la cantidad de horas trabajadas, sino al acuerdo establecido desde el principio, el versículo 2 dice: «Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.»

A nuestro modo de ver, esto podría parecer injusto, sin embargo, el dueño de la viña no faltó al acuerdo; sino que entregó exactamente lo que había convenido con los primeros trabajadores. Los últimos, por su parte, recibieron aquello que no podían reclamar como un derecho, sino que recibieron por la generosidad del dueño.

Esto realmente es muy confrontador, porque muchas veces lo que nosotros consideramos justo no necesariamente lo es para otros y viceversa. Algo similar ocurre con Dios, dado que, en ocasiones, no estaremos de acuerdo con lo que Él hace o permite y podemos llegar a pensar que está siendo injusto. Sin embargo, Dios continúa siendo justo, soberano y bueno, aun cuando sus decisiones no concuerden con nuestras expectativas.

Los primeros obreros recibieron lo que se les había prometido; los últimos recibieron aquello que nunca habrían podido exigir. Ambos recibieron un denario, pero por razones diferentes, unos por el acuerdo establecido y otros por la generosidad del dueño de la viña.

Y aquí está una de las grandes enseñanzas de esta parábola. Los primeros obreros comenzaron el día agradecidos porque habían encontrado trabajo, sin embargo, terminaron inconformes, amargados y murmurando. ¿Qué cambió? No cambió el pago que habían acordado, dejaron de mirar lo que habían recibido y comenzaron a mirar lo que otros habían recibido, porque la comparación distorsionó su gratitud y lo que en principio era una bendición terminó convirtiéndose en una queja, no porque el dueño de la viña hubiera incumplido su palabra, sino porque ellos comenzaron a medir su bendición en función de la bendición de los demás.

Y esto también puede sucedernos, cuando comparamos nuestra vida con la de otros, fácilmente comenzamos a sentir que Dios o la vida nos deben algo y pensamos: «Después de todo lo que he hecho, ¿por qué a otros les va mejor?»; «¿Por qué Dios los bendice a ellos y a mí no?»

La comparación es una práctica dañina para nuestro corazón, porque produce exactamente lo contrario de lo que Dios desea, nos lleva a la frustración, al desánimo, a la envidia y al inconformismo; nos roba el gozo y debilita nuestra confianza en Dios. Lo cierto es que, mientras tengamos los ojos puestos en la vida de los demás, difícilmente podremos reconocer y agradecer las bendiciones que Dios ha derramado sobre la nuestra.

Los obreros no dejaron de recibir su pago; lo que perdieron fue la capacidad de disfrutarlo. Podría entenderse, dentro de esta parábola, que el denario representa el privilegio de pertenecer al Reino de Dios. Ninguno podría exigir la salvación como si fuera el salario por su servicio, porque esta no depende de cuánto tiempo se lleve caminando con Cristo ni de todo lo que se haya hecho para Dios, sino únicamente de la gracia de aquel que nos amó primero. Por esto, algunos son llamados desde muy temprano en su vida; otros conocen a Cristo después de muchos años; pero todos reciben el mismo regalo: la vida eterna.

La salvación nunca ha sido un premio al esfuerzo humano, sino un regalo inmerecido de Dios, como lo dice Efesios 2:8-9: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.»

Por eso necesitamos revisar constantemente las motivaciones de nuestro corazón ¿Estamos sirviendo a Dios por amor y agradecimiento o estamos esperando una recompensa proporcional a nuestro esfuerzo? Porque cuando servimos esperando reconocimiento, aprobación o beneficios, tarde o temprano aparecerá la frustración. Sin darnos cuenta, dejamos de servir por amor y comenzamos a servir desde una lógica de intercambio: «Yo hago esto por Dios, entonces Dios debería darme aquello.»

Pero no funciona así, no servimos para ganar el favor de Dios; servimos porque ya hemos recibido su favor por gracia.

La segunda cosa que me llama la atención en esta parábola está relacionada con el sentido del merecimiento. Con frecuencia vivimos creyendo que merecemos más por hacer aquello que se nos ha mandado hacer, como si nuestro servicio, esfuerzo o sacrificio nos dieran ese derecho. En este sentido, vemos cómo el dueño de la viña responde a los reclamos de sus obreros con una pregunta contundente: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo que es mío?» Mateo 20:15

No es una respuesta dura; es un recordatorio de que Dios sigue siendo soberano, Él no dirige su reino según nuestras expectativas ni está obligado a actuar conforme a lo que nosotros consideramos que merecemos, Él obra conforme a su perfecta voluntad, su justicia y su soberanía. El problema del merecimiento es que, cuando creemos que algo nos corresponde por derecho, dejamos de verlo como un regalo y lo que antes agradecíamos ahora lo reclamamos.

Jesús mismo enseñó este principio cuando dijo «Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.» Lucas 17:10

Nuestro servicio no pone a Dios en deuda con nosotros, al contrario, servir es la respuesta de quienes ya hemos recibido el regalo más grande: su salvación.

Esto nos conduce a la última parte de Mateo 20, donde encontramos un episodio que guarda una estrecha relación con todo lo anterior. La madre de Jacobo y Juan se acerca a Jesús para pedirle que, en su reino, uno de sus hijos se siente a su derecha y el otro a su izquierda. Aquí, nuevamente aparece el deseo de ocupar un lugar privilegiado.

La respuesta de Jesús se enfoca en la soberanía de Dios y, al mismo tiempo, confronta la manera en que sus discípulos entendían la grandeza. «Pero Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo.» Mateo 20:25-27 (LBLA)

Una vez más Jesús destroza la lógica, dado que, en este mundo la grandeza se asocia con posición, reconocimiento, autoridad y privilegio. Pero deja claro que, en el reino de Dios, la grandeza se mide por la disposición para servir. Y esto nos confronta porque, siendo honestos, todos queremos los mejores lugares, queremos ser reconocidos, queremos ocupar posiciones importantes, no nos gusta hacer fila, no nos gusta esperar y muchas veces tampoco nos gusta atravesar procesos.

Vivimos en una época marcada por la inmediatez, donde queremos resultados rápidos y reconocimiento inmediato, pero Jesús nos enseña que en su reino la grandeza no se alcanza ocupando los primeros lugares, sino tomando el lugar del siervo y que el reconocimiento no está en ser servido, sino en servir, que la verdadera autoridad nace de la humildad y el verdadero liderazgo se demuestra en la disposición de entregar la vida por los demás.

Jesús no solo lo enseñó; lo vivió. El versículo siguiente dice: «Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.» Mateo 20:28

Cristo es el ejemplo perfecto de esta enseñanza, porque siendo Señor, tomó el lugar del siervo, no buscó los privilegios que le correspondían, sino que se entregó por amor.

Los obreros querían recibir más, la madre de Jacobo y Juan quería los mejores lugares, los discípulos se indignaron porque probablemente también deseaban esos lugares y al final todos, de una u otra manera, estamos luchando con la misma pregunta: ¿qué lugar me corresponde a mí?

Jesús cambia completamente la pregunta. No se trata de «¿qué lugar merezco?», sino de «¿cómo puedo servir?» No se trata de «¿por qué él recibió más?», sino de «¿Cómo puedo agradecer por lo que Dios me ha dado?» No se trata de «¿qué recompensa obtendré?», sino de «¿cómo puedo responder al amor que ya he recibido?»

Por eso, sea que estemos en la puerta, sentados a la mesa o en los lugares que consideramos más importantes, no podemos olvidar por qué y para qué estamos allí, entendiendo que nuestra posición no determina nuestro valor, ni el reconocimiento determina nuestra importancia y nuestra recompensa no determina el valor de nuestro servicio.

Al final, la verdadera recompensa nunca fue el denario, ni el reconocimiento, ni ocupar los primeros puestos sino el hecho de haber sido invitados a formar parte de la viña del Rey.

La invitación para nosotros hoy es que nuestro anhelo no sea recibir más que otros, sino permanecer cerca de Dios, que sirvamos no para ganar su favor, sino porque ya hemos sido alcanzados por su amor, que dejemos de compararnos y aprendamos a agradecer, que abandonemos el sentido de merecimiento y abracemos la gracia y que dejemos de buscar los primeros lugares para aprender a ocupar, con humildad, el lugar del siervo.

Porque tal vez, al final de nuestra jornada descubramos que el mayor milagro no fue cuánto recibimos, sino que un día estábamos sin esperanza, sin mérito y sin nada que ofrecer, y por pura gracia escuchamos la voz del Rey diciendo: «Id también vosotros a mi viña.»

 

Vicky Pinedo 

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