Hace pocos días murió en Riohacha un hombre de veintiséis años. Su nombre no era un alias: se llamaba Naín, y así lo llamaba su gente. La prensa nacional escribió «alias Naín», como si su propio nombre de pila fuera ya una máscara, cuando el único alias verdadero era el otro: Bendito Menor. Esa distinción revela un hábito: alias es un cierre, no una pregunta; oculta mientras finge revelar.
Algunos medios lo llamaron wayuu, lo cual es falso. Naín Andrés Pérez Toncel era un guajiro criollo, con rasgos afro, hijo de esta tierra mestiza y no de un pueblo indígena. Tenía, sí, una competencia mestiza: la destreza de moverse entre sistemas culturales —el wayuu, el criollo y el afrodescendiente—. Esa competencia le dio movilidad, no identidad.
Confundir a un guajiro criollo con un wayuu no es un matiz periodístico: es reproducir el cliché de una Guajira homogénea, incapaz de reconocer su propia complejidad.
Colombia entiende su violencia en blanco y negro: se es paramilitar o se es guerrillero. No existe sitio para el bandido social que describió Eric Hobsbawm, figura reconocida por su comunidad como regulador de injusticias, no como delincuente foráneo. La categoría resulta útil para comprender ciertas formas de autoridad que surgen allí donde el Estado pierde capacidad de regulación.
Naín recaudaba tributos, imponía toques de queda, impartía una justicia sumaria, silenciaba la avenida Circunvalar y paralizaba el comercio de Riohacha por tres días sin que el Estado pudiera evitarlo. De hecho, actuaba como el gobernante real del territorio. A diferencia de los jefes paramilitares foráneos, vistos como ejércitos de ocupación, Naín jugaba de local.
Él mismo mandó componer una especie de himno, cuya letra decía: «La tierra guajira duerme tranquila cuando patrulla el Menor». Se presentaba como el hombre armado que protege tu sueño, aunque muchos ciudadanos veíamos justamente lo contrario. Con todo, su féretro entró escoltado por motociclistas que disparaban al aire. Encontró la muerte porque desafió reiteradamente al Estado.
Su condición de influencer concentró en él mismo todos los reflectores: no era la máxima cabeza de su organización ni quien más poder tenía, pero sí el más mediático. En él se representó toda la criminalidad diversa que opera en La Guajira y en la Sierra Nevada.
La pregunta no es moral, sino existencial: ¿por qué surgen los Benditos menores? Quizás porque, en territorios donde la movilidad legítima está clausurada, el prestigio se vuelve un bien escaso que se disputa por las vías disponibles. Naín no solo acumuló armas, tributos y territorios: acumuló una narrativa sobre sí mismo.
Quienes lo conocieron insisten en recordarlo con afecto, a pesar de sus notorias fechorías. Esa fidelidad no lo absuelve. Perseguía la permanencia que el bandido social reclama: quedar inscrito en la memoria colectiva a través de canciones y relatos. Miles de jóvenes lo tenían como un referente de éxito, aunque la memoria de estos tiempos sea líquida y se diluya con la siguiente estructura armada.
La Guajira funciona como una heterotopía: un espacio real donde conviven tiempos distintos —el del Estado, que llega tarde; el ritual; y el tiempo acelerado de las redes sociales—. Allí se mezclan órdenes incompatibles. Naín no fue una anomalía de ese territorio: fue su síntoma más claro, el orden violento que intenta llenar el vacío de otro orden.
Los Benditos menores seguirán surgiendo mientras esa ausencia persista. La pregunta que deja su muerte no es quién ocupará su lugar, sino qué clase de Estado sigue fabricando, sin saberlo, el vacío que ellos llenan.
Weildler Guerra Curvelo

