PARA QUE EL RUGIDO SEA MÁS QUE ECO

El país no votó únicamente por un tigre, una consigna o una colección de frases contundentes. Detrás del triunfo de Abelardo de la Espriella hay millones de colombianos cansados de vivir entre la inseguridad, la incertidumbre económica y la sensación de que el Estado habla mucho, pero resuelve poco. Por eso, más allá de los titulares, el nuevo gobierno será juzgado por asuntos bastante menos espectaculares.

El mandato será menos cinematográfico de lo prometido: administrar hospitales, coordinar alcaldes, ejecutar presupuestos y responder diariamente por decisiones concretas difíciles.

La ciudadanía de a pie quiere volver a casa sin miedo. Eso implica enfrentar la extorsión y proteger al comerciante, al campesino y al transportador. Pero también significa que la seguridad debe ejercerse dentro de la Constitución. Un gobierno fuerte no es aquel que ignora los límites legales, sino aquel que logra resultados sin convertir al ciudadano inocente en sospechoso ni a la oposición en enemiga.

También se espera que la salud deje de ser una batalla ideológica. A la gente poco le importa quién ganó el debate sobre las EPS si no consigue una cita, un medicamento o una cirugía. El desafío será estabilizar el sistema, pagar las deudas, garantizar la atención y explicar con honestidad qué puede hacerse de inmediato y qué requerirá años. Gobernar no consiste en prometer milagros, sino en evitar que problemas de antaño devengan urgencias médicas.

En economía, el colombiano común no mide el éxito con discursos sobre crecimiento. Lo mide cuando el mercado alcanza, cuando encuentra empleo formal, cuando puede abrir un negocio sin ahogarse en trámites y cuando los impuestos se traducen en servicios. Reducir el tamaño del Estado suena atractivo, pero solo es factible cuando cese el despilfarro y la burocracia inútil.

De la Espriella también recibirá un país dividido. Ganó legítimamente, pero por un margen estrecho. Su obligación constitucional no es gobernar solamente para quienes celebraron su victoria. Deberá demostrar que la firmeza puede convivir con la moderación, que la fe personal no reemplaza el carácter laico del Estado y que disentir no convierte a nadie en antipatriota. La democracia se prueba, sobre todo, en el trato que el poder dispensa a quienes no lo acompañan.

La gente no espera perfección. Espera orden, trabajo, medicamentos, carreteras transitables, escuelas dignas y funcionarios que contesten. Espera que la corrupción no sea solamente una acusación contra el gobierno anterior, sino una conducta castigada también cuando aparezca entre los amigos del nuevo poder. Espera que las promesas tengan fechas, responsables y cuentas claras.

El verdadero reto será pasar del personaje al presidente. El rugido pudo ganar una elección; para gobernar tendrá que escuchar. Dentro de cuatro años, la ciudadanía no recordará cuántos titulares produjo, sino si vivió más segura, más tranquila y con mejores oportunidades. Esa será la medida del gobierno. Todo lo demás será espectáculo. El rugido debe ser mucho más que un eco, para que el país logre alcanzar las grandes metas que hay por delante.

 

Santiago Torrijos Pulido

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