REMINISCENCIAS DEL VIEJO SAN JUAN Y SUS RECUERDOS INOLVIDABLES

Fue en el colegio de Pelongo donde aprendí a declamar poesías y poemas simulando las declamaciones del profesor Birringuiña y del Indio Duarte, el poeta gaucho de moda en esa época. También recorrí las calles de mi pueblo deambulando en sus noches oscuras esperando la luz de la luna, donde aprendí a tener valor y a no temerle a las tinieblas. Jugaba descalzo al futbol en las calles destapadas y polvorientas del viejo San Juan con los amigos de la barriada con los cuales crecí y mucho nos apreciamos. Así me levante en medio del esfuerzo en aquel barrio popular con calles de piedra y casas de barro donde abundaban los palos de matarratón y tamarindo y los matorrales en los caminos reales con tapaleche.

Se lavaba la ropa en el río cesar manduqueando la mugre de una sociedad santropeleña que exigía que las humildes lavanderas del populacho les plancharán su ropa con almidón para acartonarlas. Hago reminiscencias de esos tiempos idos donde se apreciaban los compadres y se respetaban los ahijados y padrinos rindiéndole culto a la amistad y a ese sacramento espiritual. El ritual del matrimonio iba acompañado de pajecitos y del vals bailado por los padres y familiares de los novios como antesala de un gran acontecimiento lleno de invitados con lechona, chicharrones y tragos a la mesa. Recuerdos inolvidables solo quedan de esos tiempos, donde los ídolos de provincia eran Alfredo Gutiérrez, Aníbal Velázquez y Calixto Ochoa con sus canciones La Cañaguatera, faltan cinco pa las doce y Palomita Volantona respectivamente.

Se usaban las verbenas en las casetas y bailes populares amenizados por los conjuntos de moda hasta el amanecer. Los carnavales se caracterizaban por el disfraz de los negritos y el barbón por las calles ahuyentando a todo el mundo. El club de leones, el club gallístico, la caseta internacional y la mata e caña, eran los escenarios para bailes más populares y concurridos del pueblo. No existía la envidia, ni los complejos, ni la discriminación y todos Vivian como hermanos y familia. Los vecinos se prestaban entre sí la candela para ajuntar el fogón y hasta el hueso para el sancocho, eran otros tiempos. Los más encopetados y que hacían alarde de sus apellidos de abolengo y de la rancia aristocracia se asentaron en las plazas mientras que el pueblo-pueblo, fue levantando su rancho en la periferia, en la ribera del río Cesar y el área rural.

Se respetaba mucho la dignidad humana de las personas y el sudor honrado de una frente que trabajaba sol a sol para levantar su familia. Era una afrenta para la familia y la sociedad tener relaciones íntimas de pareja antes del matrimonio y fueron muchos los problemas de faldas por esta ofensa. Se usaba mucho que los padres querían elegirles la pareja a sus hijos con las pretensiones justas de sus sueños para una sociedad con muchos prejuicios sociales. Era ese San Juan de ayer de blancos, negros e indios que labraban la tierra y explotaban el campo y los viejos trapiches junto con corrales de cerdos, grandes extensiones de algodón y corrales de ganado bovino. Se hacían parrandas vallenatas donde Tatica y donde Arturo Molina con Rafael Escalona y así nació la canción La Lengua sanjuanera.

Existían los amores escondidos de los padres y los novios se comunicaban por barquitos de papel que llevaban sus mensajes y aprovechaban para bañarse juntos en los aguaceros tomando granizo y agua de lluvia entre sus manos. Se apreciaba el molendero al amanecer y los campesinos hacían sus cábalas con el uso de las cabañuelas para predecir el mal o buen tiempo para la cosecha. Los choferes y los policías eran los príncipes azules de las celestinas y las muchachas amoreras de la época. El chisme y el cuento corrían por las calles como pan caliente. San Juan era pueblo chiquito, infierno grande, decían algunos. Como olvidar las carreras de caballo, la bola de candela por las noches, las concentraciones gallísticas, las parrandas inolvidables del 24 de junio en las fiestas patronales.

Del mismo modo, recordamos, las crecientes del río cesar con sus aguas de panela arrasando todo, en el paso de la sepultura, los barrancones y los tres palitos, con una bandada de muchachos retozando con neumáticos inflados en la corriente embravecida. También recordamos la trilla del ganado por las calles y la algarabía de los borrachos juagando siglo, ludo y dominó.

  

Rafael Humberto Frías

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