Hay algo que la juventud guajira se niega a perder: LA ESPERANZA.
Y no es una esperanza ingenua. Tampoco es de esas que se construyen a punta de discursos presidenciales, promesas de campaña o fotografías con sombrero y manta wayuu.
Es una esperanza mucho más difícil: la de una generación que ha visto demasiado, que ha escuchado demasiadas promesas y que, aun así, decide volver a creer.
Hoy, esa esperanza tiene un nombre: Abelardo de la Espriella.
No porque los jóvenes guajiros le hayan entregado un cheque en blanco. No porque pensemos que un presidente puede solucionar en cuatro años los problemas que La Guajira acumula desde hace décadas. Y mucho menos porque estemos dispuestos a aplaudir todo lo que haga.
Creemos porque ha dicho algo que La Guajira lleva años esperando escuchar: que este departamento debe estar en el centro de la agenda nacional.
Ahora viene lo difícil: cumplir.
Las cifras no permiten demasiados discursos.
Según el DANE, en 2025 el 40,1 % de la población de La Guajira estaba en pobreza multidimensional, frente al 9,9 % del promedio nacional. Lo más preocupante es que el departamento empeoró frente a 2024, cuando registraba el 39,3 %.
Pero hay un dato que debería estremecer a cualquier gobernante: en los centros poblados y las zonas rurales dispersas, la pobreza multidimensional llegó al 61 %.
Eso significa que, en buena parte de la ruralidad guajira, la pobreza no es una estadística: es la vida cotidiana.
Y cuando hablamos de juventud, el panorama tampoco es alentador. La tasa de desocupación de La Guajira fue del 12,3 % en 2025, una de las más altas entre los departamentos.
Por eso, la pregunta de muchos jóvenes es sencilla: ¿Para qué prepararnos si las oportunidades siguen estando lejos de nuestra tierra?
La Guajira tiene abogados, ingenieros, médicos, docentes, administradores, comunicadores, técnicos, artistas, emprendedores y jóvenes con capacidades enormes.
Pero muchos terminan haciendo las maletas.
No porque quieran abandonar su tierra si no, porque aquí no encuentran suficientes oportunidades para quedarse.
Ese tiene que ser uno de los grandes retos del nuevo Gobierno.
Queremos que quedarse en La Guajira sea una elección y no una condena.
Que un joven de Riohacha pueda estudiar y trabajar en Riohacha. Que uno de Maicao pueda emprender en Maicao. Que un profesional wayuu pueda regresar a su comunidad con oportunidades reales para ejercer y aportar.
La Guajira no necesita que Bogotá nos regale futuro. Necesita condiciones para construirlo.
Y ahí aparece una de las mayores oportunidades que tiene el departamento.
Tenemos sol, viento, mar, cultura, turismo, frontera, recursos naturales y una posición geográfica privilegiada. Tenemos uno de los mayores potenciales del país para la generación de energías renovables.
Pero existe una pregunta que el nuevo Gobierno tendrá que responder:
¿De qué sirve que La Guajira produzca energía para Colombia si muchas familias guajiras siguen preocupadas por el precio de la luz?
Durante su campaña, De la Espriella habló de reducir las tarifas de energía y de convertir el potencial energético del Departamento en una fuente de desarrollo.
Pues habrá que recordárselo.
Porque la transición energética no puede convertirse en otro capítulo de una vieja historia: los recursos salen de La Guajira y los grandes beneficios terminan en otra parte.
La juventud quiere empleo, formación, empresas locales participando, inversión y emprender.
Quiere que los proyectos energéticos dejen capacidades instaladas en el territorio.
Y quiere que las comunidades wayuu sean protagonistas de las decisiones, no simplemente invitadas a las fotografías oficiales.
Precisamente por eso, también genera expectativa que el nuevo Gobierno haya hablado de atender la crisis del agua como una prioridad.
Porque si existe un símbolo de lo que ha fallado en La Guajira durante décadas, es precisamente ese: un territorio con enormes dificultades para garantizar agua potable mientras el país entero lleva años prometiendo resolverlas.
Aquí no necesitamos otro diagnóstico.
Necesitamos soluciones.
No queremos que el acceso al agua potable dependa eternamente de carrotanques.
Queremos infraestructura sostenible, sistemas de abastecimiento, mantenimiento, inversión y control.
Queremos que los niños wayuu puedan crecer sin que conseguir agua sea una de las principales preocupaciones de sus familias.
Y queremos que la solución se construya con las comunidades, respetando sus derechos, su cultura y su autonomía.
También está la seguridad.
Porque no hay desarrollo posible cuando el comerciante trabaja con miedo, cuando el emprendedor es víctima de extorsión o cuando una familia piensa dos veces antes de salir de noche.
Maicao necesita recuperar su fuerza comercial.
Riohacha necesita consolidar su vocación turística.
La Alta Guajira necesita conectividad.
Nuestros municipios necesitan seguridad.
Y todo el departamento necesita oportunidades.
Pero aquí también hay que decir algo incómodo: no todo se resuelve en Bogotá.
La Guajira necesita un presidente comprometido, sí.
Pero también necesita gobernantes locales capaces de formular proyectos, gestionar recursos, ejecutar bien y rendir cuentas.
Y necesita una ciudadanía que deje de acostumbrarse a que las promesas sean suficientes.
Por eso, la juventud guajira quiere creer en Abelardo de la Espriella.
Pero quiere creer con los ojos abiertos.
Queremos que la promesa de poner a La Guajira en el centro de Colombia se convierta en agua potable.
Que la seguridad se traduzca en tranquilidad.
Que la energía se traduzca en empleo.
Que el turismo se convierta en industria.
Que la frontera vuelva a ser una oportunidad.
Que nuestros jóvenes puedan estudiar, trabajar y emprender sin tener que abandonar su territorio.
Que el desarrollo llegue también a las comunidades indígenas.
Y que, dentro de cuatro años, podamos mirar atrás y decir que algo realmente cambió.
Porque esta esperanza tiene una condición:
resultados.
Abelardo de la Espriella no tiene un cheque en blanco de los guajiros.
Tiene una oportunidad histórica.
Y la juventud estará mirando.
Reconoceremos los aciertos.
Señalaremos los errores.
Aplaudiremos cuando cumpla.
Y reclamaremos cuando no lo haga.
Porque apoyar no significa callar.
Y creer no significa dejar de exigir.
La juventud guajira no quiere otro presidente que venga a La Guajira a tomarse una fotografía y luego regrese a Bogotá.
Quiere un presidente que vuelva, pregunte, escuche, mida, ejecute y responda.
Porque ya estamos cansados de ser el territorio de las promesas.
Queremos ser el territorio de los resultados.
Por eso, hoy nos permitimos algo que durante demasiado tiempo nos ha costado: volver a creer.
Creer que el agua puede dejar de ser una promesa.
Creer que la energía puede convertirse en bienestar.
Creer que nuestros jóvenes pueden encontrar oportunidades en su propia tierra.
Creer que Maicao puede volver a ser grande.
Creer que Riohacha puede convertirse en una potencia turística.
Creer que la Alta Guajira puede conectarse con Colombia.
Creer que el pueblo wayuu puede ser protagonista de su propio desarrollo.
Y creer que, esta vez, La Guajira puede dejar de ser la eterna promesa de Colombia para convertirse en una de sus grandes apuestas.
Presidente Abelardo:
La juventud guajira no le está pidiendo milagros.
Le está pidiendo algo mucho más sencillo.
Mucho más serio.
Mucho más difícil:
QUE CUMPLA.
Porque si dentro de cuatro años La Guajira está mejor, nadie tendrá que hablar de milagros.
Habremos hablado, simplemente, de algo que durante demasiado tiempo pareció extraordinario: un Gobierno nacional que finalmente decidió cumplirle a La Guajira.
William David Ospino Quintana

