EMPRESA PRIVADA: MOTOR PERMANENTE, MÁS ALLÁ DE LA EMERGENCIA

Hay momentos en los que una sociedad se mide no solo por la capacidad de su Estado para reaccionar ante una tragedia, sino también por la capacidad de sus empresas para ponerse de pie frente a ella.

La ola de aportes de empresas colombianas e internacionales para la reconstrucción de infraestructura y la atención de las víctimas del terremoto del pasado 10 de agosto superó el medio billón de pesos. A ello se suman toneladas de alimentos, agua, materiales de construcción y una enorme capacidad logística que difícilmente cabe en un balance. La cifra importa, pero resulta aún más importante lo que representa el corazón de una empresa y cuál es su papel dentro de una sociedad.

Vale la pena detenerse en la ANDI, porque buena parte de esa respuesta no fue espontánea ni dispersa. Durante el Congreso Empresarial Colombiano, realizado en Cartagena, el gremio logró un recaudo de $201.637 millones destinados a la atención humanitaria, alimentos, medicamentos y elementos de primera necesidad, articulando esfuerzos con las redes de bancos de alimentos y medicamentos del país.

Ahí aparece un valor que pocas veces ocupa suficiente espacio en el debate público, un gremio no solo representa intereses; también articula capacidades, coordina esfuerzos y multiplica el impacto de la solidaridad privada. El presidente de la ANDI, Bruce Mac Master, lo resumió en una frase que debería permanecer como principio “Cuando Colombia enfrenta la adversidad, el sector empresarial está presente”.

Porque una empresa es mucho más que una unidad que produce bienes o presta servicios, esta es una organización capaz de movilizar personas, recursos, tecnología, transporte, cadenas de suministro y conocimiento. Esa capacidad instalada, que en condiciones normales dinamiza la economía, ante una emergencia puede ponerse rápidamente al servicio de quienes más lo necesitan, pero sería un error valorar ese aporte únicamente cuando ocurre una tragedia.

Un país con empresas fuertes tiene mayores capacidades para enfrentar sus crisis y esa fortaleza no aparece el día de la emergencia, esa se construye durante años a través de inversión, empleo formal, encadenamientos productivos, innovación y generación de riqueza. Ese es el verdadero rol social de la empresa ser un motor permanente de desarrollo, pues la solidaridad en tiempos difíciles es una de sus expresiones más visibles, pero no la única.

Esta reflexión cobra especial importancia en territorios como La Guajira, donde la actividad empresarial convive con enormes desafíos sociales y, al mismo tiempo, con expectativas cada vez mayores sobre su papel en la solución de problemas históricos.

Es legítimo exigir a las empresas responsabilidad, transparencia y cumplimiento. Sin embargo, también es necesario reconocer con claridad los alcances y responsabilidades de cada actor. Las brechas en agua potable, educación, infraestructura, pobreza o informalidad son desafíos construidos durante décadas y requieren respuestas compartidas entre el Estado, el sector privado y la sociedad.

Por eso, la discusión no debería ser si necesitamos más o menos empresa, sino qué condiciones debemos construir para tener empresas cada vez más responsables, competitivas, conectadas con sus territorios y capaces de generar más oportunidades.

En La Guajira, fortalecer el tejido empresarial, impulsar proveedores locales, atraer inversión y generar empleo formal no puede verse como algo ajeno a la agenda social. Por el contrario, debe ser parte de ella. Crear riqueza y procurar que esa riqueza genere oportunidades en el territorio es también una forma de transformar realidades.

La reciente emergencia nos recordó algo que no deberíamos olvidar cuando pase la coyuntura: cuando Colombia necesitó capacidad logística, recursos, articulación y respuesta, sus empresas estuvieron presentes.

Esa es quizá la verdadera lección, no reconocer a la empresa únicamente por lo que entrega durante una crisis, sino comprender el valor de lo que construye todos los días. Una empresa responsable, sólida y comprometida con su territorio no es un actor circunstancial del desarrollo; es uno de sus motores permanentes.

 

Luis Guillermo Baquero

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