EL CAMPESINO NO NECESITA OTRO NOMBRE

Las palabras no necesariamente nacen en los escritorios ni necesitan decreto para tener dignidad. Algunas vienen de la tierra, del sudor, de las manos endurecidas por el sol y de esa vieja conversación que el hombre sostiene con la lluvia mientras mira el cielo esperando que la cosecha no se pierda. Campesino es una de ellas. Una palabra sencilla, antigua y noble, que no debería incomodar a nadie, mucho menos a quienes tienen la responsabilidad de gobernar el campo colombiano.

Por eso sorprende todavía más escuchar al ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, afirmar que hablar de “campesino” es utilizar un término despectivo. Allí está, precisamente, el desacuerdo. Despectivo no es llamar campesino a quien trabaja la tierra; despectivo sería asumir que esa palabra disminuye, avergüenza o coloca a alguien en una condición inferior. Campesino no es un insulto ni una categoría social de la cual haya que escapar. Es una identidad construida durante generaciones alrededor del trabajo, la tierra y la producción de alimentos. El problema del campesino colombiano nunca ha sido cómo lo llaman. Su problema ha sido la falta de vías, el crédito esquivo, los intermediarios que se quedan con buena parte de su trabajo, los precios ruinosos, la ausencia de asistencia técnica, la inseguridad y un Estado que muchas veces llega tarde o simplemente no llega.

Hay una peligrosa costumbre contemporánea de creer que cambiando las palabras se transforma la realidad. Como si la pobreza pudiera corregirse con un nuevo sustantivo o como si la exclusión desapareciera mediante una categoría administrativa más elegante. Pero al campesino no se le dignifica desde el diccionario. Se le dignifica garantizándole que pueda producir, vender, vivir y envejecer con tranquilidad en la tierra que trabaja.

Campesino es quien madruga cuando todavía la ciudad duerme. Es quien conoce el olor de la tierra antes de que llueva, quien sabe cuándo una mata está enferma con solo mirarla y quien puede leer en el cielo señales que muchos hemos olvidado. Campesino es el pequeño productor del Caribe, pero también el hombre de la sabana de Bogotá que puede tener cien fanegadas sembradas de papa y salir a una carretera a protestar porque los precios no le permiten recuperar los costos de producción. Y sale orgulloso diciendo que es campesino. No necesita que lo llamen empresario agrícola para sentirse importante. Necesita que su trabajo valga.

Ese orgullo también vive en nuestra música. Diomedes Díaz dejó escrito en Cariñito de mi vida uno de esos versos que explican mejor el campo que muchos discursos oficiales. La canción, inmortalizada en la voz de Rafael Orozco, habla del invierno, de las montañas cubiertas de nubes, de las sabanas que reverdecen y de la esperanza que regresa con la lluvia. En medio de esa escena aparece una expresión que pertenece ya a nuestra memoria colectiva: “y se alegra el campesino”. Ahí está todo. El hombre de la tierra, el clima, la esperanza, la cosecha y la emoción de quien depende de la naturaleza para seguir viviendo.

Pero nuestra música fue todavía más lejos. Hernando Marín escribió Campesino parrandero y convirtió esa palabra en identidad, en orgullo y hasta en personaje. “Yo soy el campesino parrandero”, dice la canción, y con esa afirmación no hay vergüenza ni complejo alguno. Hay pertenencia. Hay un hombre que baja al pueblo el domingo después de una semana de sudor, que carga el cansancio del monte y que encuentra en la parranda una manera de celebrar la vida. El campesino de Marín no está pidiendo que lo rebauticen. Está diciendo quién es.

Eso también debería decirnos algo. Las palabras adquieren dignidad por la historia que cargan, por la vida que contienen y por la forma como un pueblo las hace suyas. Campesino no es una denominación inferior. Es una identidad cultural, económica y humana. Está en nuestras canciones, en nuestras plazas, en las trochas, en los mercados, en las montañas y en las sabanas. Está en la historia misma de Colombia.

Claro que muchos campesinos son empresarios. Administran cultivos, compran insumos, contratan trabajadores, calculan costos y arriesgan capital. Pero eso no significa que debamos convertir la palabra empresario en un título superior al de campesino. Ambas condiciones pueden coexistir. Lo preocupante es insinuar que campesino es una categoría que debe superarse para alcanzar reconocimiento social. Esa idea, aunque pueda parecer moderna, termina reproduciendo justamente el prejuicio que pretende combatir.

Lo verdaderamente transformador sería que ser campesino en Colombia resultara rentable. Que un joven pudiera mirar la finca de su padre y pensar que allí existe un futuro posible. Que producir alimentos no fuera una aventura económica. Que hubiera vías para sacar las cosechas, crédito accesible, asistencia técnica y precios justos. Que el campo dejara de ser sinónimo de abandono.

La dignidad no está en ponerle otro nombre al campesino. Está en hacer posible su vida.

Por eso, doctor Indalecio, déjenos esa palabra quieta. Déjela donde siempre ha estado: entre la montaña y la sabana, entre el invierno y el verano, entre el trabajo y la parranda. Déjenos seguir escuchando a Hernando Marín decir “yo soy el campesino parrandero” y a Rafael Orozco cantar aquellos versos que ya pertenecen a nuestra memoria: “y se alegra el campesino, la esperanza lo emociona…”.

Porque cambiarlo por “y se alegra el empresario del campo” podrá sonar moderno en un documento oficial, pero en la música, en la tierra y en el alma de Colombia sonaría sencillamente falso.

 

José Jorge Molina Morales

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