Hace algunos días leía, una vez más, una discusión en redes sociales sobre un político al que, con total seguridad, ninguno de los participantes en el hilo había visto de cerca ni escuchado hablar más de un par de minutos en su vida. Sin embargo, ahí estaban: unos defendiéndolo con una vehemencia digna de causas mucho más nobles, otros atacándolo con la misma frase repetida, copiada, casi calcada, que circulaba esa semana en TikTok. Nadie argumentaba. Todos peleaban. Nadie parecía dispuesto a ceder ni un centímetro, y mucho menos a reconocer que la postura contraria pudiera tener algo de razón. Esa escena, que se repite a diario en cualquier publicación con tinte político, en cualquier ciudad y frente a cualquier bandera, dice mucho más de nuestra época de lo que solemos admitir.
Vivimos, sin darnos cuenta del todo, bajo la lógica de un algoritmo que no fue diseñado para hacernos pensar, sino para mantenernos mirando la pantalla el mayor tiempo posible. Y a ese algoritmo, sencillamente, no le conviene la gente crítica. Le conviene la gente reaccionando. Una opinión matizada, que reconozca méritos en varios lados y señale errores en todos, casi siempre genera silencio: no indigna, no emociona, no se comparte con rabia ni con euforia, y por lo tanto no le sirve al sistema que necesita mantenernos enganchados. En cambio, una opinión extrema, venga de donde venga, genera clics, comentarios, capturas de pantalla y memes que circulan durante días. El sistema aprendió rápido cuál de las dos alimenta más el desplazamiento infinito de la pantalla, y desde entonces nos ha ido entrenando, publicación tras publicación, a premiar el grito por encima del argumento.
El resultado es una política convertida, cada vez más, en un deporte de barras bravas. No importa tanto qué propone un candidato, qué trayectoria tiene o qué hizo realmente un gobernante en el ejercicio de su cargo; importa, sobre todo, de qué lado de la cancha está uno parado. Y quien se para en una cancha deja de evaluar jugadas: empieza, sin darse cuenta, a defender camiseta. Por eso terminamos discutiendo con desconocidos, a nombre de políticos que jamás sabrán siquiera que existimos, repitiendo consignas que no nacieron de un análisis propio sino de un video de quince segundos que alguien más ya validó por nosotros. Confundimos la indignación prestada con el criterio propio, y la lealtad de bando con el pensamiento político genuino.
Vale la pena aclarar algo desde ya, porque suele ser el primer malentendido cuando se toca este tema en público: esto no es un problema de izquierdas ni de derecha, ni de cuál proyecto político resulte más o menos válido para el país. Se trata de un fenómeno transversal, que atraviesa por igual a quienes simpatizan con un lado y con el otro, sin distinción de bandera ni de ideología: la manera en que las redes sociales nos están acostumbrando a pensar rápido, a atacar rápido y a juzgar rápido. Y ese afán de velocidad es, precisamente, lo opuesto al ejercicio que exige la política como actividad seria: la pausa, el matiz, la capacidad de sostener una idea mientras se examina con honestidad si realmente resiste el argumento contrario.
Lo más preocupante de este fenómeno no es la polarización en sí, que ha existido siempre y bajo distintas formas a lo largo de la historia, sino el precio social que hoy se paga por matizar una posición. Cuestionar algo, incluso desde dentro del propio bando, se ha convertido casi en un acto de traición. Basta con señalar una inconsistencia en el discurso de alguien con quien uno simpatiza para que, de inmediato, se le acuse a uno de estar jugándole al equipo contrario. Así, por miedo a ser etiquetado como enemigo, muchos terminan defendiendo públicamente posturas que en privado ni siquiera comparten del todo, solo por no quedar mal parados frente a su propia tribuna digital.
Y ahí está, quizás, la pérdida más grave de todo este proceso: dejamos de exigirle calidad a quienes decimos apoyar. Un ciudadano que solo aplaude a los suyos y solo cuestiona a los contrarios no está ejerciendo pensamiento crítico, está ejerciendo fidelidad de club, que es una cosa bastante distinta. El verdadero criterio propio, ese que tanto se predica en los discursos y tan poco se practica en la vida real, no consiste en sentarse cómodamente en la mitad de la mesa para no incomodar a nadie. Consiste en algo mucho más exigente: en poder decirle a quien uno respeta, a quien uno admira, incluso a quien uno ha defendido públicamente en más de una ocasión, que en determinado asunto no tiene la razón. Tener criterio propio no significa guardar neutralidad, sino atreverse a decir «esto no está bien», incluso cuando venga de quien uno defiende
Esa frase, en el fondo, resume todo el problema y también toda la solución. Porque la neutralidad tibia, la de quien nunca opina para no comprometerse con nadie, tampoco resuelve nada; simplemente traslada el problema del ataque irracional a la indiferencia cómoda. Lo que verdaderamente se necesita es una tercera vía, más difícil de sostener que cualquiera de las dos anteriores: la de participar con convicción en el debate público, defender lo que se cree justo, pero conservando siempre la capacidad de reconocer el error propio y el acierto ajeno, sin que eso se viva como una derrota personal ni como una traición ideológica.
Recuperar esa capacidad no depende de las plataformas ni de sus algoritmos, que difícilmente van a cambiar su lógica de negocio en favor del debate público y de la deliberación democrática, porque ese no es su propósito ni su modelo de ingresos. Depende, en cambio, de una decisión personal y cotidiana, que cada quien puede empezar a tomar hoy mismo: la de resistirse a opinar al ritmo impuesto por la pantalla. La de leer antes de compartir, dudar antes de defender, informarse antes de indignarse, y atreverse a decir que algo no está bien así venga de la orilla propia. Porque, al final, no hay ejercicio político más valioso, ni más urgente en tiempos de algoritmos hambrientos de indignación, que el de pensar por cuenta propia, aunque eso implique, de vez en cuando, quedarse momentáneamente solo en medio de la discusión.
Junior Santiago Fragoso Araujo

