Señor José Jorge Molina Morales:
Leí su columna “Valledupar cada día se parece más a Riohacha” y debo reconocerle algo: logró indignarme.
No porque denuncie los problemas de Valledupar. Hágalo.
No porque hable de aguas negras, manjoles rebosados, malos olores o deficiencias de Emdupar. Denúncielos con toda la contundencia que considere necesaria.
Me indigna algo mucho más sencillo:
¿Por qué para hablar de la suciedad de Valledupar tiene que ensuciar el nombre de Riohacha?
Su propia columna identifica el problema.
Usted habla de Emdupar.
Habla de su presupuesto.
Habla de burocracia.
Habla de falta de inversión.
Habla del deterioro de las redes.
Habla de aguas residuales corriendo por calles de Valledupar.
Incluso señala que para 2026 Emdupar contaba con un presupuesto cercano a los 88.800 millones de pesos y cuestiona que aproximadamente el seis por ciento estuviera destinado a inversión.
Entonces, señor Molina, explíquenos algo:
¿Qué tiene que ver Riohacha?
¿Riohacha administra Emdupar?
¿Los riohacheros taponamos los manjoles de Valledupar?
¿Desde La Guajira decidimos cuánto invierte esa empresa?
¿Somos responsables de las aguas negras que usted describe en la avenida Sierra Nevada?
No.
Entonces resulta legítimo preguntarse por qué nuestra ciudad tenía que aparecer en el título.
Porque cuando usted escribe “Valledupar cada día se parece más a Riohacha”, Riohacha deja de ser una ciudad para convertirse en una advertencia.
En algo parecido a decir:
Cuidado, Valledupar, mire en lo que se está convirtiendo.
Y ese “algo” somos nosotros.
Riohacha.
Ahí está lo verdaderamente ofensivo.
Porque Riohacha no puede seguir siendo utilizada como el insulto geográfico de nadie.
Y lo más incomprensible: usted conoce La Guajira
Hay un elemento que hace su comparación todavía más desconcertante.
Usted tiene profundas raíces guajiras.
Es un hombre ligado a Villanueva, hijo de familia guajira y con parte importante de su formación en esta tierra.
Es decir, señor Molina: usted conoce La Guajira.
No está hablando de un territorio lejano que apenas conoce por las noticias.
Conoce nuestra cultura.
Conoce nuestros pueblos.
Conoce nuestra gente.
Conoce nuestras dificultades.
Y debería conocer también el peso que durante décadas hemos tenido que soportar por cuenta de los estigmas que se han construido alrededor de La Guajira.
Por eso sorprende mucho más que sea precisamente alguien con raíces guajiras quien utilice a Riohacha, capital de La Guajira, como referente negativo para explicar los problemas de Valledupar.
Y quiero dejar algo absolutamente claro:
Ser guajiro no le quita el derecho a criticar a La Guajira.
Todo lo contrario.
Quienes pertenecemos a esta tierra tenemos una responsabilidad especial de señalar aquello que está mal.
Yo misma puedo hacerlo.
Riohacha tiene problemas.
Muchos.
Tenemos deficiencias históricas en servicios públicos, pobreza, informalidad, problemas de infraestructura, dificultades institucionales y una deuda social enorme.
Negarlo sería absurdo.
Pero una cosa es criticar a Riohacha para exigir que mejore y otra muy distinta utilizar el nombre de Riohacha para describir aquello en lo que otra ciudad no debería convertirse.
De alguien que conoce esta tierra esperamos, como mínimo, que comprenda esa diferencia. Porque usted sabe que La Guajira es muchísimo más que sus problemas.
Y precisamente porque conoce nuestra historia debería entender cuánto daño hacen los estigmas.
¿Qué le hizo Riohacha, señor Molina?
Por eso quiero preguntárselo directamente:
¿Qué le hizo Riohacha?
¿Qué le hizo la capital del departamento de sus raíces para merecer ese tratamiento?
¿Por qué para denunciar un problema estrictamente vallenato necesitó poner a Riohacha en el banquillo?
¿Por qué un hombre con vínculos familiares, culturales y educativos con La Guajira necesita utilizar a su capital como recurso para hacer más contundente una crítica contra Valledupar?
¿Era realmente necesario?
No voy a afirmar que exista resentimiento. Eso solamente lo sabe usted.
Pero ante una comparación semejante tenemos derecho a preguntar de dónde nace esa necesidad recurrente de utilizar nuestros problemas como instrumento retórico.
Y, sobre todo, tenemos derecho a exigir respeto.
No silencio.
No complacencia.
No una defensa ciega de La Guajira.
Respeto.
El mismo respeto que merece Villanueva.
El mismo que merece Valledupar.
El mismo que merece cualquier municipio del Cesar.
Y exactamente el mismo que merece Riohacha.
Usted mismo ha pedido respeto en el debate público
Y aquí aparece una contradicción que resulta inevitable señalar.
En otros escritos usted ha defendido que las discusiones públicas deben darse con argumentos, estudios, cifras y respeto. Incluso ha reflexionado sobre el poder que tienen las palabras para degradar la dignidad de las personas.
Estoy de acuerdo con usted.
Precisamente por eso hoy le pido aplicar ese mismo principio cuando se refiera a Riohacha. Porque las palabras también construyen estigmas sobre los territorios.
Cuando repetimos que una ciudad representa atraso, suciedad, hedor o fracaso, terminamos haciendo con una comunidad exactamente aquello que criticamos cuando se hace con una persona: reducir toda su identidad a aquello que consideramos negativo.
Riohacha merece el mismo respeto que usted reclama para otros.
No confundamos nuestros problemas con nuestra dignidad
Riohacha puede tener calles deterioradas y sigue teniendo dignidad.
Puede padecer malos gobiernos y sigue teniendo dignidad.
Puede tener deficiencias de servicios públicos y sigue teniendo dignidad.
Puede cometer errores y sigue teniendo derecho a exigir respeto.
Porque una ciudad no es solamente sus tuberías.
Una ciudad es su gente.
Riohacha es historia.
Es el Caribe encontrándose con el desierto.
Es el Ranchería.
Es identidad wayuu.
Es cultura.
Es música.
Es gastronomía.
Es comercio.
Es turismo.
Es diversidad.
Es una ciudad que lucha todos los días contra problemas enormes y que, pese a ellos, sigue caminando.
Riohacha tiene cosas maravillosas que probablemente no tenga Valledupar.
Y Valledupar tiene cosas extraordinarias que probablemente no tenga Riohacha.
¿Y sabe qué?
Está bien.
No necesitamos convertir esto en una competencia absurda para establecer cuál ciudad tiene más problemas o cuál tiene más virtudes.
Somos territorios hermanos.
Miles de familias están conectadas entre Cesar y La Guajira.
Nuestra música, nuestra cultura, nuestras historias y hasta nuestros apellidos atraviesan esas fronteras administrativas todos los días.
Por eso resulta todavía más innecesario enfrentarnos mediante comparaciones degradantes.
El problema está en Valledupar; reclame en Valledupar
Usted tenía muchas posibilidades para titular su columna:
“Valledupar se está acostumbrando a las aguas negras”.
“Los manjoles que avergüenzan a Valledupar”.
“Emdupar y la crisis del alcantarillado vallenato”.
“Una ciudad que exige saneamiento digno”.
Cualquiera habría descrito perfectamente aquello que desarrolla después.
Pero escogió a Riohacha.
Y por eso hoy una riohachera le responde.
Si Valledupar tiene aguas negras, exija soluciones en Valledupar.
Si Emdupar tiene problemas administrativos, cuestione a Emdupar.
Si existen responsables políticos, señálelos con argumentos.
Si falta inversión, pregunte dónde está el dinero.
Si existe burocracia, denúnciela.
Si hay negligencia, demuéstrela.
Pero no utilice a Riohacha para hacer más escandaloso un titular.
Porque nosotros no administramos Valledupar.
No manejamos Emdupar.
No controlamos su presupuesto.
Y ciertamente no destapamos sus manjoles.
Soy riohachera. Soy guajira. Y no me avergüenzo de ninguna de las dos cosas
Yo no necesito pintar una Riohacha perfecta para defenderla.
No lo es.
Y precisamente porque soy riohachera puedo señalar sus defectos con conocimiento y exigir que cambie.
Pero también soy guajira.
Y me duele profundamente observar cómo el nombre de nuestra capital puede utilizarse con tanta facilidad como referente de aquello que está mal.
Nos han golpeado suficientemente los estigmas desde afuera como para comenzar ahora a normalizarlos desde adentro.
Por eso, señor Molina, sus raíces guajiras no significan que tenga que guardar silencio frente a nuestros problemas. Significan algo mucho más sencillo:
usted conoce esta tierra lo suficiente para saber que merece ser tratada con respeto.
Critíquenos cuando corresponda.
Exíjanos.
Cuestione a nuestros gobernantes.
Denuncie nuestras falencias.
Pero no convierta nuestro nombre en un adjetivo despectivo
Y sobre todo:
Riohacha no es el insulto de nadie.
Así que la próxima vez que un manjol se rebose en Valledupar, reclame con toda la fuerza que quiera.
Golpee la mesa.
Exija respuestas.
Fiscalice.
Denuncie.
Para eso tiene su columna y para eso existe el debate público.
Pero, por favor, señor Molina: lave los manjoles de Valledupar sin ensuciar el nombre de Riohacha.
Porque los riohacheros también tenemos voz.
Los guajiros tenemos memoria.
Y quienes amamos esta tierra podemos reconocer todo lo que está mal en ella sin permitir que nadie olvide todo lo que también está bien.
A Riohacha se le puede criticar.
Lo que no se puede es convertirla en motivo de burla.
Y cuando eso ocurra, aquí estaremos los riohacheros y los guajiros para recordarlo.
Cinthya Ardila Socarras

