En medio de esta coyuntura, la gestión del gobernador Jairo Aguilar Deluque ha sido clara: presencia, gestión y cercanía. No ha habido silencio institucional ni espera pasiva. Por el contrario, se ha visto un gobierno activo, movilizado y con capacidad de respuesta frente a una situación que exige decisiones rápidas y humanidad.
El invierno volvió a poner a prueba a La Guajira. Lluvias intensas, inundaciones, barrios anegados y comunidades enteras enfrentando la incertidumbre. En un departamento acostumbrado a los extremos, ayer la sequía, hoy el exceso de agua, la emergencia no es solo climática: es social, económica y humana.
Desde los primeros momentos de la crisis, la Gobernación de La Guajira activó los mecanismos de atención y gestión del riesgo. No se trató únicamente de reaccionar, sino de estar. Equipos en territorio, funcionarios acompañando a las comunidades y una institucionalidad visible que entendió la urgencia del momento.
Un hecho simbólico resume bien esta forma de gobernar. El pasado 2 de febrero, día de Nuestra Señora de los Remedios, patrona de Riohacha, mientras la ciudad celebraba una de sus fechas más importantes, el gobernador no estuvo en los actos protocolarios. El deber lo llamó a las calles, a las zonas afectadas por las lluvias, a ponerse las botas y atender la emergencia. Esa decisión dice más que cualquier discurso: cuando la gente lo necesita, el territorio es la prioridad.
En este esfuerzo ha sido clave también el papel de la gestora social, Sara Daza, quien ha acompañado de manera cercana las acciones humanitarias. Su presencia en los puntos de acopio, el respaldo a las familias afectadas y el trabajo articulado con voluntarios y equipos institucionales han fortalecido el componente humano de la respuesta. En medio de la emergencia, ese acompañamiento sensible marca una diferencia real.
Las imágenes recientes son el reflejo de esa respuesta conjunta. Puntos de acopio habilitados, ayudas organizadas con solidaridad, funcionarios y ciudadanos empacando mercados, insumos básicos y elementos de primera necesidad. Cuando el liderazgo convoca, la gente responde. Y La Guajira, una vez más, demostró que unida es más fuerte.
La atención a las familias afectadas ha sido constante. Barrios críticos intervenidos, seguimiento al comportamiento de las aguas lluvias y uso de maquinaria amarilla para facilitar el drenaje y reducir riesgos. No es una solución definitiva, pero sí una acción concreta que prioriza la protección de la vida y la dignidad de las personas.
Esta forma de gobernar explica, en buena medida, por qué Jairo Aguilar es hoy un gobernador cercano y querido. No por discursos grandilocuentes, sino por la presencia real en los momentos difíciles. En tiempos de crisis, la ciudadanía no espera perfección; espera compromiso, escucha y respuestas.
Uno de los puntos más sensibles de esta emergencia ha sido la afectación a la conectividad del departamento tras el colapso del puente de Mendihuaca. Su caída no solo interrumpió una vía estratégica, sino que puso en riesgo la economía regional, el comercio, el turismo y, de manera especial, el acceso a servicios de salud de alta complejidad.
Frente a esta situación, el gobernador no guardó silencio. Junto a la gobernadora del Magdalena, elevó un llamado urgente al Gobierno nacional y a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo. Las cifras son claras: exportaciones en riesgo, toneladas de carga detenidas y miles de guajiros afectados cada día. Pero más allá de los números, el mensaje ha sido contundente: este puente no es solo infraestructura, es un salvavidas social.
La insistencia en una respuesta inmediata demuestra un liderazgo que no se resigna ni normaliza la emergencia. Gobernar no es adaptarse a la crisis como si fuera inevitable, sino actuar para reducir sus impactos y exigir soluciones estructurales cuando el territorio lo necesita.
Al mismo tiempo, esta coyuntura deja una lección importante. El invierno no puede seguir tratándose como un episodio aislado. La prevención, la planificación territorial y la intervención de puntos críticos deben ser parte de una política pública sostenida, capaz de anticiparse a los efectos del cambio climático.
En un departamento donde durante años la relación entre la ciudadanía y el Estado estuvo marcada por la distancia y la desconfianza, estas acciones contribuyen a reconstruir algo fundamental: la confianza institucional. La gente reconoce cuando su gobernante está presente, cuando no evade responsabilidades y cuando pone a las personas en el centro de la gestión.
La emergencia aún no termina y los desafíos siguen siendo enormes. Sin embargo, en medio de la dificultad, es justo reconocer cuando el liderazgo responde. La Guajira hoy tiene un gobernador que cumple su palabra, acompañado de un equipo humano que entiende que gobernar es estar, incluso y sobre todo cuando toca cambiar el protocolo por las botas.
Y tal vez por eso, hoy más que nunca, muchos guajiros sienten que su gobierno no solo los representa: los acompaña.
Víctor Mendoza Zárate

