Por años creímos que el atraso de los pueblos se medía por el estado de sus vías, la calidad de sus hospitales o la velocidad de su internet. Pero hay un deterioro más silencioso y más grave que hoy atraviesa los pueblos de La Guajira: la desaparición progresiva de las buenas costumbres, de ese código invisible que regulaba la convivencia sin necesidad de policías, cámaras o manuales.
La crisis no empezó con las redes sociales. Empezó cuando dejamos de enseñarle a un niño que debía levantarse al entrar un mayor. Cuando dejamos de corregir con amor y empezamos a justificar con indiferencia. La urbanidad de Carreño no era un simple conjunto de normas; era una pedagogía del alma, una forma de entender que vivir en sociedad no es una guerra de egos, sino un acto diario de respeto.
Hoy atravesamos calles donde nadie se saluda porque saludar “da pena”. Los jóvenes ya no bajan el tono ante un adulto, y los adultos aprendieron a callar para no parecer “pasados de moda”. Se rompió el equilibrio: la autoridad se volvió incómoda y la corrección se interpretó como violencia. En ese caos disfrazado de modernidad, la figura del buen ciudadano fue reemplazada por la del individuo autosuficiente, incapaz de mirar más allá de su propio ombligo.
Pero este fenómeno no es exclusivo de La Guajira. Ocurre en las grandes capitales y en los lugares más recónditos. La diferencia es que en los pueblos la pérdida se siente más, porque antes existía una identidad colectiva. El vecino no era un extraño, era una extensión de la familia. La puerta estaba entornada no por ingenuidad, sino por confianza. Los silencios eran respetados y las palabras eran cuidadas.
Ahora vivimos la era de la opinión sin filtro, de la reacción sin reflexión, de la inmediatez como valor supremo. Se celebra al que grita más fuerte y se ignora al que piensa más profundo. La cortesía se convirtió en debilidad, la prudencia en cobardía y la elegancia en hipocresía. Lo que antes era virtud, hoy es sospecha.
En las escuelas, la formación ética fue relegada por la obsesión de los indicadores. Se evalúa la memoria, pero no el comportamiento. Se premian los resultados, pero no los valores. Se educa la mente, pero se deja en abandono el carácter. Y ningún país, ningún pueblo, ninguna región ha sobrevivido mucho tiempo educando solo la inteligencia y olvidando el alma.
El problema no es que los jóvenes ya no respeten. El problema es que dejaron de tener referentes. La sociedad entera les enseñó que lo antiguo es obsoleto y que toda tradición es una carga. Pero no todas las tradiciones encadenan: algunas sostienen. La urbanidad nunca fue una cárcel, fue un puente. Un puente entre generaciones, barrios, dolores y diferencias.
La verdadera tragedia no es que ya no leamos a Carreño, sino que ya no creamos que la buena educación es una virtud y no una pérdida de tiempo. Perdimos la vergüenza social, ese mecanismo silencioso que corregía sin necesidad de humillar. Hoy todo es permitido, y lo que es permitido sin límites, inevitablemente se descompone.
Aun así, hay señales de resistencia. Pequeñas, discretas, casi heroicas. Una abuela que exige el saludo. Un maestro que enseña a pedir permiso. Un padre que pide disculpas. Son gestos mínimos, pero sostienen lo que queda de la civilidad. Porque las grandes civilizaciones no se construyeron con grandes discursos, sino con pequeños actos repetidos con disciplina.
La pregunta entonces no es si La Guajira perdió sus costumbres. La pregunta es más incómoda: ¿queremos recuperarlas o nos hemos acostumbrado al ruido, al irrespeto, a la violencia cotidiana disfrazada de normalidad?
Un pueblo no se vuelve irreconocible por falta de progreso, sino por falta de principios.
Y quizá el verdadero desarrollo que necesitamos no está en más concreto, más antenas o más cables, sino en volver a enseñar lo que nunca debimos olvidar: la simple, poderosa y revolucionaria elegancia de tratar al otro con respeto.
William David Ospino Quintana

