DEL PALACIO A LA CHOZA

Hay debates y rencores que sobreviven a quienes los sostuvieron. Reaparecen, con otro vestido, cuando nadie los espera. Ocurre con Marco Fidel Suárez y Laureano Gómez, dos conservadores que compartieron partido y poco más.

Suárez nació en 1855 en Hatoviejo, hoy Bello, en una choza. Era hijo natural, y por eso se le cerró la puerta del sacerdocio:  su madre se ganaba la vida lavando ropa ajena. A los veintiséis años ganó el certamen de la Academia de la Lengua con su ensayo sobre la gramática de Andrés Bello, y Juan Valera lo llamó el Cervantes americano. Era austero y de voz baja. Gómez, ingeniero bogotano de 1889, fue un orador de fuerza torrencial; algunos lo admiraban, la mayoría le temía.

Cuenta la tradición, aunque las fechas son dudosas, que hacia 1914 se discutía un tratado con Ecuador. El joven representante Gómez embistió contra la iniciativa y contra el canciller que la defendía, y dijo que pretendían hacerlos votar como «ovejos». «No existen los ovejos», lo corrigió Suárez. «¿Y el macho de la oveja?», preguntó Gómez. «Ese se llama carnero». Varios representantes tuvieron que contener a Gómez. El apodo de “ovejo” lo acompañó durante años. El historiador  norteamericano James D. Henderson refiere que los caricaturistas lo pintaron como un carnero furioso. En Colombia la gramática fue patente de poder, como advirtió Malcolm Deas en su obra  Del poder y la gramática.

La cuenta se cobró en 1921. Suárez había empeñado sus sueldos ante un banco extranjero que hacía negocios con el Estado; según la mayoría de las reconstrucciones, para repatriar el cadáver de su hijo Gabriel. Prefirió empeñarse él antes que echar mano del Tesoro. El 26 de octubre Gómez, apoyado por algunos liberales, lo acusó de indignidad ante la Cámara. Al día siguiente el presidente compareció en persona, sin dejar que sus ministros hablaran por él, y entre rechiflas debió abandonar el recinto. La crisis económica del país y la debilidad política de su gobierno ya eran de por si graves. El 4 de noviembre se firmó un acta con las condiciones de su salida; el 11 se apartó con licencia, pero no renunció, y entregó el mando a Jorge Holguín. «Nuevamente, del Palacio a la choza», tituló El Liberal, que dirigía Alfonso López Pumarejo.

Treinta y tres años después, en 1954, el Decreto 3076 creó en la Cancillería la Biblioteca Marco Fidel Suárez. Gobernaba Rojas Pinilla, el mismo que en 1953 había derribado a Laureano. El 29 de octubre pasado, de noche y bajo un aguacero, sus libros salieron en cajas del Palacio de San Carlos. Se había anunciado un cierre temporal; según sus críticos, no hubo aviso de traslado ni acto formal. La Cancillería habla de austeridad e integración con su Academia; la prensa, de habilitar una capilla. El ambiente rima con el de 1921: prisa, noche, falta de forma, bambalinas de por medio y eufemismos para salidas graves, ¿Quién dio la orden de desalojar otra vez a Suárez del Palacio?

La absolución de la Cámara se dio tarde en 1925. Hoy Suárez se ve obligado a partir por segunda vez, con sus libros y su nombre. Los libros, a diferencia de los hombres, no devuelven el golpe; esperan. Lo apartaron una vez del poder y otra de su biblioteca, pero de la gramática y la memoria nadie ha podido sacarlo.

 

Weildler Guerra Curvelo

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *