“EL ADIÓS A UNA MUSA”

Cuenta la historia, que en un lugar del Caribe en 1982, una marinera decidió sin consultar, coger una goleta y en compañía de sus ocho hijos y un nieto, partir para recorrer el mar de la vida sin conocer el lugar al que se marchaba.

Su decisión estaba enmarcada en un dolor que quería dejar atrás, mientras devoraba ansiosa lugares desconocidos, llegó a un territorio frío, cuya gente silenciosa, vestida de prendas raras, poco hablaban.

Era una tarde cubierta de un sereno leve pero constante, que le permitió reunirse con quien había llegado en esa aventura que muchos consideraban una locura. Los miró de frente y sin titubear sentenció: ‘Serán momentos duros los que vamos a vivir, pero el que quiera servir tendrá su propia oportunidad y aquel, que no de la talla se ha de regresar por donde vino y me haré el cargo que traicionó ese sueño’.

Todos, en un profundo silencio reverencial, acogieron la sentencia de aquella mujer, cuya palabra no se repetía, sino que se cumplía al pie de la letra.

El tiempo pasaba y su prole caminaba al ritmo de una capitana que daba órdenes con solo mirar. Cada uno decidió que estudiar. Mientras unos transitaban por el mundo del derecho, otros, lo hacían por la educación física, relaciones internacionales, la ingeniería, el diseño de moda y el mayor de todos, se le dio por darle rienda suelta a lo que traía desde muchacho como era, escribir y ponerle melodía a cuanto hecho ocurría.

Mientras cada quien planteaba su mundo, cuando estaba presente con ellos, no exaltaba lo que pasaba, porque según ella, ‘no echaran a perder el buen camino por donde transitaban’, pero cuando se encontraba con vecinos y familiares, se explayaba al contar lo que su tribu hacía.

Los años pasaron y aquel sueño, capitaneado por una viuda que hizo de su primaria un doctorado como si hubiera pasado con honores por Harvard o la Sorbona, que con su tenacidad terminó venciendo el frío de un lugar, que dejó de ser desconocido para moverse como pez en el agua, ante las diversas comunidades que pudo conocer.

Su firmeza de palabra era una constante, que se sumaba a una inteligencia natural que asombraba a todo aquel con quienes dialogaba, que al final, sin importar su visión política, terminaba reconociendo el vuelo mental que tenía y supo manejar, con un liderazgo con aroma de mujer, con el que arropó a su familia y a cuanto amigo de sus hijos llegaban a su morada.

Fue querida por liberales, conservadores, progresistas, cristianos y todo aquel que la conocía, quienes recibieron el influjo de una menuda mujer que se agigantaba cada vez que contaba sus historias. Su voz estuvo a la altura de la defensa de la verdad. ‘A mí me gusta es la verdad verdadera, a medias, ni un pan vale la pena recibir’, decía.

Si le tocaba tomar partido por el familiar, sin importar no tenerlo al frente, lo hacía. Su argumento tenía una veracidad que no dejaba espacio para la discusión: ‘A mis hermanos y mis hijos los conozco. Sé de qué son capaces de hacer o no. A mí no me vengan con cuentos, que esa mentira no es verdad’. Y así resolvía cualquier tema que surgiera.

Esa dictadura matriarcal conllevó a ver realizado sus sueños con sus vástagos. Su fino olfato, le permitió siempre construir un confesionario cuando de llegar a la verdad y defender a su familia se tratará. La prueba más realista la vi cuando decidió visitar a Diomedes Díaz Maestre, su familia, porque era ‘Hinojosa’ como ella decía. Cuando lo estuvo al frente, que se abrazaron y lloraron, fue lapidaria al sentenciar: ‘Félix Rafael necesito hablar a solas con él’, decisión que me llevó a esperarlos durante dos horas. ¿Qué hablaron?, nunca me lo dijo ni se lo pregunté. Lo único que sé, es que a partir de ese instante, se entrelazó una familiaridad mucho más cercana, tan cierto, que ‘el cantor de Carrizal consiguió un permiso especial para pasar el 31 de diciembre en su cuarto de reclusión, con su prima querida, dos hijos de esta y su compañera de vida’.

El tiempo pasó raudo, trayendo más años con sus consecuencias para aquella marinera, que logró vencer lo imposible. Su vida se fue minando y un día sin pensarlo, su familia cercana vio como esa memoria prodigiosa caía vencida por la enfermedad. Así vivió un tiempo, en donde dos hijos la cuidaron como ese tesoro que fue para muchos de sus cercanos familiares, hijos y amigos.

Atrás, quedaba la alegría que le despertaba escuchar el canto que su hijo le compuso, cuyo verso, el que más repetía y le gustaba, no dejó de cantar en silencio: ‘Las luces en Navidad son más bonitas/son como la bendición de una mamá/a mí siempre me acompaña una estrellita/me cubre contra la envidia y la maldad’.

Todo se apagó y del día claro se pasó a la noche, cuyos vientos cubiertos de muerte, presagiaban lo inevitable. Todo llegó a las 10:16 de un 24 de septiembre. Esa voz beligerante y sabia al mismo tiempo se esfumó en ese viaje, en donde la vida es sometida a un sueño profundo para perder la pelea que ningún ser quiere vivir.

El 24 de octubre se celebró un mes de su partida, en la parroquia La Concepción a las 10 AM, cumpliéndole su voluntad de reposar en Valledupar, al lado de su compañero de vida y en Bogotá le celebraron en horas de la tarde, otra misa en su honor.

En estos días, que han pasado fugaces, encontramos tantos detalles de esa marinera que le ganó a lo desconocido y logró construir un mundo especial donde no había nada.

Félix Carrillo Hinojosa

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