EL CADÁVER EXQUISITO DE LA GUAJIRA

Esta semana anda por el Caribe colombiano Agustina Bazterrica, la escritora argentina que en «Cadáver exquisito» imaginó una sociedad que, tras perder la carne animal, terminó criando y consumiendo seres humanos. Lo más perturbador de esa novela no es la carnicería, sino el idioma con que se la justifica: nadie dice lo que es, y todo tiene un nombre técnico, limpio, administrativo. El horror sobrevive porque aprendió a hablar como un informe de gestión. Me pregunto entonces, qué pensaría la autora si cruzara el río Cesar y siguiera hasta la península. Tal vez descubriría que aquí no hizo falta ninguna distopía: bastó con la costumbre.

Porque La Guajira también es un cuerpo servido en la mesa. No el cuerpo de su gente, sino el del territorio: su subsuelo, su viento, su sol, su sal, su mar, su paisaje. Un cuerpo que la Nación aprendió a mirar con apetito de comensal y no con ojos de pariente. Para Bogotá, para los mercados y para los inversionistas, La Guajira no es un lugar donde vive alguien. Es una despensa con frontera. Y como en todo banquete fino, hay carta.

 

Primer plato: entrañas al carbón

Durante décadas, el plato fuerte fue el carbón. Se sacó del vientre del departamento con cucharas del tamaño de edificios, se subió a trenes que atraviesan el desierto sin detenerse en ninguna ranchería y se embarcó hacia puertos lejanos donde alguien encendía la luz sin saber de dónde venía. Al cuerpo le quedaron los huecos, el polvo y una pregunta que todavía nadie responde: ¿cuánta prosperidad cabe en un tajo abierto si la comunidad de al lado sigue esperando el carrotanque?

 

Segundo plato: pulmones al viento

Cuando el carbón empezó a oler a pasado, los comensales cambiaron de menú sin cambiar de modales. Ahora el plato de moda es el viento. La transición energética llegó con aspas blancas, mapas de potencial eólico y presentaciones en inglés donde la Alta Guajira aparece como un «corredor estratégico». El viento que los Wayuu conocen por su nombre, Jouktai, porque en su cosmovisión el viento tiene historia y carácter, hoy yace fue convertido en megavatios por hectárea.

 

Tercer plato: piel al sol

La piel del cadáver es el sol, y el sol también tiene dueño en los planes de inversión. Se habla de granjas solares, hidrógeno verde y exportación de energía, mientras en muchas casas de la península la nevera sigue siendo un mueble decorativo. Es la paradoja más guajira de todas: el territorio que podría iluminar al país conserva barrios y rancherías que se acuestan temprano por obligación.

 

Cuarto plato: sangre de gas y lágrimas de sal

Del mar salió el gas que durante años calentó cocinas en buena parte de Colombia. Del mismo mar, en Manaure, sale la sal que las familias Wayuu cosechan a mano, bajo un sol que no perdona, para venderla a precios que no perdonan menos. El gas fue negocio nacional; la sal, sobrevivencia local. Dos riquezas del mismo cuerpo, dos destinos distintos: una viaja por gasoductos hacia el interior, la otra se queda pegada a la piel curtida de quien la recoge.

 

Postre: paisaje para turistas

Y para endulzar, el paisaje. El Cabo de la Vela, Punta Gallinas, las dunas de Taroa que se hunden en el Caribe. El turismo vende La Guajira como «el último rincón virgen», sin preguntar quién la ha cuidado para que siga así. Llegan las camionetas, las fotos, los atardeceres en redes sociales. Se consume la belleza, se consume la artesanía, se consume incluso la imagen del niño junto a la mochila. Lo que rara vez se consume es la pregunta por el agua, la basura que queda o el precio justo de un chinchorro o de una mochila tejidos durante semanas.

 

Los comensales

En la cabecera de la mesa está la Nación, que durante años recibió los ingresos fiscales y las divisas, y devolvió decretos, planes de choque, intervenciones y visitas presidenciales con sombrero wayúu. A su lado, las multinacionales, que llegan con estándares internacionales, informes de sostenibilidad impresos en papel reciclado y una habilidad admirable para medir todo, excepto la deuda histórica. Y más allá, los fondos e inversionistas, que no conocen el territorio, pero conocen su tasa de retorno.

Pero sería injusto dejar por fuera a los meseros locales: las élites políticas y económicas que sirven el plato, recogen la propina y administran las sobras. Si, las mal llamadas regalías, que debían ser la parte del banquete que le tocaba al cuerpo, muchas veces se evaporaron en obras inconclusas, contratos opacos y elefantes blancos con placa conmemorativa.

 

El giro

Lo más inquietante de este banquete no es el apetito de los comensales. Es el lenguaje con que se sirve. Ya no se dice extraer: se dice «aprovechar el potencial». No se dice desplazar: se dice «reasentar». No se dice imponer: se dice «socializar el proyecto». La transición energética se presenta como justa, el turismo como sostenible, la minería como responsable. Bazterrica lo intuyó en su novela: el horror más eficaz es el que tiene glosario. Cuando las palabras quedan limpias, nadie mira la sangre en el mantel.

Y no se trata de negarle a La Guajira su lugar en la economía del país ni de cerrarle la puerta a la inversión. Se trata de algo más elemental: que el cuerpo deje de ser plato y vuelva a ser comensal. Que la energía que sale de aquí alumbre primero aquí. Que la consulta previa sea un diálogo con poder de decisión y no un trámite con refrigerio. Que la riqueza deje en el territorio algo más que fotografías, huecos y bolsas de basuras decorando los caminos y los arbustos.

 

El corazón

Porque al cadáver le queda el corazón, y ese no está en venta. Late en las autoridades tradicionales que defienden el territorio con la palabra, en los «charqueros» de Manaure que se organizan, en los pescadores que conocen el mar mejor que cualquier estudio de impacto, en los jóvenes afroguajiros y Wayuu que estudian para negociar de tú a tú con quienes antes solo los visitaban, en los acordeones que siguen contando lo que los informes callan. Porque un cuerpo con el corazón vivo no es un cadáver. Es un territorio que todavía puede levantarse de la mesa.

Ojalá, Agustina Bazterrica se lleve de esta visita algo más que el calor y el sonido del acordeón. Ojalá se lleve la certeza de que su novela no es solo una pesadilla argentina, sino un espejo incómodo para cualquier sociedad que aprende a nombrar con suavidad lo que debería escandalizarla. Ella escribió sobre un mundo que se comía a sí mismo sin dejar de parecer civilizado. Nosotros lo vemos cada día: con estudios de factibilidad, cintas de inauguración y el viento de la península soplando a favor de otros.

 ¿Hasta cuándo seguiremos siendo el plato exquisito de un banquete al que nunca nos invitan a sentarnos?

 

Arcesio Romero Pérez

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