INTELIGENCIA ARTIFICIAL, ¿OPORTUNIDAD O AMENAZA?

La inteligencia artificial (IA) ya no pertenece al futuro. Está en las aulas, las empresas, los medios de comunicación, los consultorios y hasta en las conversaciones cotidianas, y lo está haciendo con una velocidad que no siempre permite entender sus consecuencias. Por eso la pregunta importante no es si debemos aceptarla o rechazarla.  Ella está centrada en qué clase de sociedad estamos construyendo mientras aprendemos a utilizarla.

La IA puede ampliar extraordinariamente nuestras capacidades, pero también puede convertirse en una manera cómoda de renunciar a ellas. El asunto de fondo no está solamente en lo que las máquinas serán capaces de hacer, sino en aquello que los seres humanos estaremos dispuestos a dejar de hacer.

El trabajo será uno de los espacios donde más se notará ese cambio. Algunas tareas desaparecerán o necesitarán muchas menos personas, especialmente aquellas relacionadas con la repetición, la clasificación, la producción de contenidos elementales o determinados procesos administrativos. Pero sería apresurado concluir que la inteligencia artificial acabará con el trabajo.

Lo más probable es que transforme una parte importante de las ocupaciones y que premie nuevas capacidades. El problema estará en quienes puedan adaptarse y en quienes queden atrapados en conocimientos que la tecnología ya realiza con mayor rapidez y menor costo. La discusión, por tanto, no debería limitarse a cuántos empleos desaparecerán, sino a quiénes tendrán la oportunidad de aprender los nuevos oficios y quiénes pagarán el precio de la transición.

Existe un riesgo menos visible que la pérdida de puestos de trabajo. Es la pérdida progresiva de la capacidad para pensar. Un estudiante que utiliza la IA para comprender un problema puede aprender más rápido. Pero si la utiliza para evitar leer, investigar, comparar argumentos y construir sus propias conclusiones, puede terminar entregando a una máquina precisamente aquello que la educación debería ayudarle a desarrollar.

Una respuesta bien escrita no demuestra que exista comprensión. La inteligencia artificial puede producir un texto convincente y, al mismo tiempo, equivocarse. El verdadero peligro en el proceso educativo aparece cuando el estudiante deja de tener las herramientas necesarias para descubrir ese error.

Eso plantea una paradoja. En una época en la que producir información resulta cada vez más sencillo, los actos de pensar y de crear pueden volverse más difíciles. La abundancia de respuestas no elimina la necesidad de profesores, investigadores, médicos, abogados, ingenieros o periodistas. Por el contrario, puede hacer más importante su capacidad para verificar, interpretar y asumir responsabilidad.

El conocimiento ya no estará solamente en quien sabe encontrar una respuesta, sino en quien puede determinar si esa respuesta tiene fundamento, si corresponde al contexto y qué consecuencias puede producir. Un informe generado en segundos puede ser inútil si nadie sabe comprobar sus datos o entender aquello que está recomendando.

También habrá que preguntarse qué ocurre con nuestra relación con los demás. Una máquina puede conversar durante horas, adaptarse a nuestro lenguaje y ofrecernos respuestas sin cansancio. Pero no reemplaza la experiencia humana del desacuerdo, la negociación, la amistad, la enseñanza presencial ni la necesidad de escuchar al que piensa distinto.

Si los jóvenes empiezan a resolver cada dificultad intelectual o personal exclusivamente frente a una pantalla, podrían ganar comodidad mientras pierden algunas de las capacidades que solo se desarrollan cuando se comparte con otros. Aprender no consiste únicamente en recibir respuestas. También consiste en equivocarse frente a otros, defender una idea, descubrir que estaba equivocada y volver a construirla.

La inteligencia artificial será, finalmente, aquello que hagamos con ella, pero eso solo tiene sentido si aceptamos nuestra responsabilidad. Puede abrir oportunidades extraordinarias para un estudiante que antes no tenía acceso a determinadas fuentes, ayuda a un investigador a procesar grandes cantidades de información y hasta puede permitir que una pequeña empresa compita con organizaciones mucho más grandes.

También puede producir dependencia, uniformar el pensamiento y convertir la educación en un ejercicio de copiar respuestas que nadie comprendió. El desafío no consiste en impedir que la máquina piense, sino en evitar que nosotros dejemos de hacerlo. Quizás el mayor riesgo de la inteligencia artificial no sea que llegue a pensar como los seres humanos, sino que los seres humanos terminemos acostumbrándonos a pensar cada vez menos.

  

Cesar Arismendi Morales

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *