EL RUIDO Y LA POBREZA

En este país hemos descubierto una forma de riqueza que no aparece en las cuentas nacionales ni en los informes del DANE: el silencio. No cotiza en bolsa ni paga predial, pero tiene estrato. Quien lo posee duerme ocho horas sin enterarse de que existe; quien no lo tiene lo conoce solo de oídas, que es justamente la forma más cruel de no conocer algo. Basta caminar un “juernes” o viernes por la noche por cualquier barrio popular del Caribe colombiano para comprobar que la pobreza, a pesar de su escasez monetaria y material, es generosa en decibeles. Las calles tienen poco alumbrado, poca pavimentación y poca agua, pero sonido hay de sobra. El picó de la esquina compite con el de la otra cuadra en un duelo que nadie convocó y el todos están obligados a presenciar. Por otra parte, la moto sin silenciador cruza a las once de la noche anunciando su existencia como un pregonero medieval o el llamado a rezo de los musulmanes. La tienda pone el vallenato a un volumen que parece pensado para que lo escuchen en el municipio vecino, y por si fuera poco, la carretilla del vendedor ambulante perifonea desde las siete de la mañana del domingo ofreciendo aguacates, papayas y aguacates con la solemnidad con la cual se proclamaban los decretos en los bandos de antaño.

En medio de esa sinfonía vive doña Carmen, que se levanta a las cuatro y media para vender desayunos. Vive también el muchacho que trabaja en el mercado, y la enfermera que llega del turno con el cuerpo pidiendo cama y la encuentra, sí, pero no sueño y mucho menos tranquilidad. Ninguno de ellos está en contra de la música, ni de la fiesta, ni del cumpleaños del vecino. Solo anhelan un detalle menor, casi una extravagancia: que la alegría ajena tuviera hora de culminación.

Aquí aparece la primera paradoja. En el barrio, para huir del ruido hay que cerrar la ventana y para huir del calor hay que abrirla. Entre el insomnio y el sofoco, el pobre escoge cada noche su forma de no descansar. Entretanto, a pocos kilómetros, alguien duerme en una habitación con aire acondicionado, ventanas de doble vidrio, un conjunto cerrado con portería y una calle tan tranquila que el ruido más escandaloso es el riego automático del jardín. Porque en esa sociedad, mientras algunos compran metros cuadrados de tranquilidad; otros pagan metros cuadrados de vivienda y reciben, sin pedirlos, son sumergido en la incomodidad de los decibeles ajenos.

Conviene entonces hacer una precisión antes de que alguien se ofenda con razón. No todos los barrios populares son ruidosos ni todos los sectores acomodados son conventos. Hay calles humildes donde la convivencia funciona mejor que en muchos edificios de lujo, y hay mansiones donde la fiesta del sábado deja sordo al vigilante. El escándalo no tiene estrato; lo que tiene estrato es la posibilidad de librarse de él. La diferencia no está en quién hace ruido, sino en quién puede ponerle una pared de por medio, quién tiene que aguantarlo con la ventana abierta y, sobre todo, quién consigue que alguien conteste el teléfono cuando se queja.

Porque el ruido, además de molestia, es también una forma de poder. El “picó” que invade la calle no está reproduciendo música: está reclamando territorio. La moto que retumba a tres cuadras no necesita moverse; necesita que la noten. El establecimiento que obliga a todo el vecindario a escuchar su repertorio de su memoria USB parece convencido de que, si no lo oyen, no existe. Hemos confundido el volumen con la alegría, la potencia con el prestigio y el escándalo con la libertad. Y así llegamos a la pregunta incómoda: ¿en qué momento mi derecho a divertirme se convirtió en tu obligación de escucharme?

Nadie sensato pide que el Caribe se vuelva una biblioteca. Esta región se explica en buena parte por su música, por sus terrazas, por sus fiestas y verbenas que convocan a la familia entera. El problema no es la celebración de una noche, sino que la celebración de una noche se extiende a todo el fin de semana y para colmo siempre cae en la víspera del madrugón de otro. El problema es que la fiesta de unos dure hasta el amanecer y que la jornada laboral de otro empiece justo cuando la fiesta, generosa, se despide o se reinventa en expresiones liricas de operetas, discusiones y danzas alebrestadas.

Y aquí entran las autoridades, que en materia de ruido practican el arte de no escuchar. Las acaldías anuncian programas de convivencia, campañas de cultura ciudadana y planes de bienestar con fotos sonrientes y logos coloridos, pero su cristalización se reduce a la compra de unos chalecos y gorros para hacer un recorrido diurno de sensibilización en los sectores céntricos de la ciudad. El Código de Policía contempla el tema, existen normas sobre niveles de ruido, hay inspecciones y líneas de atención, pero en el barrio la experiencia suele ser otra: la queja se registra, la patrulla promete pasar, el picó baja el volumen diez minutos y luego lo sube con la satisfacción de quien ha ganado una batalla. Al ciudadano que reclama se le recomienda paciencia, como si la paciencia fuera un servicio público que el Estado delega en la víctima. La convivencia, entonces, se reduce a una fórmula curiosa: el que molesta sigue molestando y el que se queja aprende a tolerar.

Cabe preguntarse, sin acusar a nadie con nombre propio, si la tranquilidad se reclama con la misma fuerza en todos los barrios. Si un bar ruidoso frente a un conjunto de estrato alto tiene la misma vida útil que uno frente a un barrio de invasión. Si la llamada de un vecino con apellido conocido se atiende con la misma prontitud que la de una vendedora de arepas. Tal vez la respuesta sea sí, y entonces todos dormimos igual de mal. Pero si la respuesta es no, habría que admitir que el descanso no es un derecho, sino un beneficio adicional, como el parqueadero de visitantes o la piscina climatizada.

La planificación urbana también tiene su cuota en esta orquesta. Viviendas construidas pared con pared, sin aislamiento, sin patios suficientes, con talleres y discotecas incrustados entre las casas porque nadie ordenó el territorio a tiempo. Allí el ruido no es solo un comportamiento: es una arquitectura de la desigualdad. Cuando el Estado no ordena, el volumen gobierna.

Quizá ha llegado el momento de entender el descanso como lo que es: una condición para estudiar, trabajar, sanar y vivir con algo de dignidad. No es un capricho de gente amargada ni una enemistad con la alegría. Es la posibilidad de cerrar los ojos sin que el barrio entero entre por la ventana. La cultura popular merece respeto, pero también lo merece el sueño de quienes la sostienen con su trabajo diario.

Al final, la cuenta es sencilla y desoladora. El pobre no puede comprar silencio, pero sí lo paga: en ojeras, en rendimiento escolar, en jornadas laborales más largas que su paciencia. El rico, en cambio, no tiene que pagarlo, porque ya lo compró con la casa. En una sociedad desigual, hasta el silencio puede convertirse en un lujo: unos lo compran con ventanas insonorizadas; otros lo mendigan golpeando la pared.

Y mientras tanto, el país sigue bailando. Lástima que no todos hayan pedido canción de Diomedes Días, que siempre tararean con voz emocionada los invitados, aquella que narra la historia sobre las penas de un soldado a quien tenían en un cuartel, donde muy triste vivía y no lo dejan ver a una novia que tenía.

 

Arcesio Romero Pérez

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