En varios municipios del departamento de La Guajira, hoy en día viene haciendo carrera que, aquel que está varado coge un micrófono o una pluma y se vuelven periodistas, porque creen que esa es la pista de aterrizaje para tener un medio de subsistencia. Se creen sabios en su propia opinión con un micrófono o una pluma en la mano y lanzan juicios y prejuicios a diestra y siniestra contra los más visibles protagonistas del desarrollo de la sociedad. Confunden la libertad de opinión y de expresión con una esquina del barrio y se dedican a derramar todas sus malquerencias y animadversiones contra mandatarios, empresarios, servidores públicos de cualquier nivel, dirigentes, congresistas, concejales, diputados, folcloristas y ciudadanos seculares.
Al ejercicio de su actividad periodística no le ponen límites, porque se creen autoridad política, administrativa y hasta judicial, y a veces actúan como jueces de la república y como organismos de control y de justicia, y a diario, toman un nombre y lo colocan en la picota pública, en el banquillo de los acusados o en el paredón de fusilamiento para crucificarlo como a Cristo. Unos actúan como adalides de la verdad y enaltecen y honran esta actividad tan humanista y altruista como útil a los mejores y más caros intereses de la sociedad. Otros se convierten en activistas políticos y se ponen descaradamente la camiseta de determinado grupo político y les hacen marketing arrodillado a los pies de algún dirigente en detrimento de los intereses contrarios. Otros pertenecen al régimen de la mano estirada y atacan a los mandatarios y servidores públicos que se destaquen o no, hasta lograr que le tapen la boca con un plato de lentejas porque tienen como regla comercial que no se habla con la boca llena.
Otros madrugan a servirle a sus patrones políticos desvirtuando la verdad y el buen desempeño y los reconocimientos que le hagan a alguna entidad territorial y a su representante legal y a cambio reciben dadivas y cuotas prepagas por nequi, daviplata o llave por su trabajo de difamación, desprestigio, deshonra, injurias y calumnias porque su misión es convertir la verdad en mentira y viceversa, para restarle honores a quien los obtenga. Algunos creen que en vez de un micrófono tienen un fusil apuntando a los demás para aniquilarlos y hasta los intimidan con actitudes amenazantes. Estos personajes lógicamente, por no venir formados desde el rigor académico y científico con el sentido social que demanda la profesión violan toda norma de respeto y consideración y traspasan olímpicamente aquella línea invisible que exige actuar y comportarse con la urbanidad de Carreño y el respeto por la dignidad humana de las demás personas. Son personas que por sus conocimientos empíricos aterrizan algunos, no todos, en esta profesión con sesgos y de manera parcializada vulnerando la ética periodística y atropellando lo que salga a su paso para el ejercicio de sus convicciones erradas de buen periodismo. No hay moderación ni equidad en la información y solo se presenta la voz parcializada de una de las partes porque se identifica con sus propósitos maquiavélicos. Muchas veces, se atropella la gramática, el lenguaje, la retórica, el verbo, los discursos, las personas, las normas, la ética, y todo principio de imparcialidad.
Es muy lamentable que no se ponga límites a esta actividad en un país con regiones violentas donde se incentiva y se promueve desde programas radiales la violencia verbal y otras manifestaciones conexas que incitan a ella y ponen en peligro la seguridad, la vida y el buen nombre de nuestros mejores protagonistas. Se vetan voces y funcionarios, a los cuales les niegan sus derechos constitucionales y legales para promover e impulsar políticas públicas y resultados y los obligan a lograr por vía del derecho su participación. Andan horondos por las calles cantando poder porque creen que no tienen superior jerárquico, ni autoridad, ni quien los controle y nada ni nadie les impide hablar y hacer con el buen nombre de los demás lo que se les venga en gana.
La sociedad tiene que calarse muchas veces, a estos personajes salidos de Macondo, de la tienda de Catarino, o del circulo de curiosos que aplaudían en la plaza a Francisco El Hombre, cuando cantaba las noticias con los chismes que alimentan la provincia. Pero no podemos seguir inventando estos parapetos periodísticos y radiales que impulsan el inconformismo y la rebeldía contra el orden establecido con sesgo y parcialidad
Rafael Humberto Frías

