LA NIÑA QUE VIO A PAPILLÓN

Mi tía Iris Curvelo Pana acaba de fallecer en Riohacha a sus 98 años de edad. Con ella se marcha gran parte de la memoria familiar que ella conservó con lucidez hasta el último día de su vida. Se van con ella las vivencias de largos y olvidados inviernos del litoral guajiro. Acaso se perderá también la fugaz imagen de Papillón en una ranchería de pescadores y su asombro de niña al ver a ese hombre blanco, quizás arrojados por el mar como muchos otros, con su cuerpo tatuado. Su temor la llevó a preguntarle a su abuelo por esos extraños seres. La respuesta de su abuelo cuando ello le narra su encuentro y le pregunta por ese hombre tatuado, él le responde, “hija a esos se les llama cayenos”.

Con mi tía se marchan las flamantes y transparentes mañanas de un Uribía entonces esperanzador en los días que siguieron a su fundación. Los relatos acerca de los marineros holandeses que llegaban quemados y heridos cuando los torpedos de los submarinos alemanes hundían sus embarcaciones cerca de las costas guajiras. Ella nos hablaba de una de una Bogotá gélida y brumosa a donde fue a establecer su hogar con José del Carmen Pulido a mediados del siglo pasado, pero la nostalgia invencible de la casa materna de El Idilio y de los arenosos arroyos que desembocan en las salinas de Carrizal la hizo retornar a su patria guajira.

Tía Iris valoraba dos creaciones del universo humano: la primera era la música y dentro de estas el bolero. El día de sus cumpleaños cantó con entusiasmo la canción de Pedro Infante Flor sin retoño:

“Sembré una flor

sin interés.

Yo la sembré

para ver si era formal.

Yo la regaba con agua que cae del cielo.

Y la regaba con lágrimas de mis ojos.

Mis amigos me dijeron

ya no riegues esa flor.

Esa flor ya no retoña,

tiene muerto el corazón”

La otra expresión humana que la subyugaba era la estética de los artefactos. La infancia de sus sobrinos está llena de recuerdos de aquellas cosas que le pertenecían y que atesoraba casi con veneración: una antigua botella en la que venía la ginebra Bols, las botellas de vino italiano o de whisky Ye Monks que entonces tenían una base de paja, pero también conservaba radios, peinetas, rosarios que le regalaban y que permanecían nuevos. Al igual que Andy Warhol ella tenía una sensibilidad que le permitía percibir el arte en los objetos más sencillos de la cotidianidad y otorgarles una valoración estética…

Como todas las vidas humanas la de tía Iris estuvo hecha de fugaces felicidades, y pequeñas tragedias, de esperanzas, sueños y desengaños, pero eso nunca menoscabó su ánimo firme para vivir su propia vida y aconsejar a otros a encontrar sus propias salidas. El ánimo suficiente como para decirle a un ladrón que entró por el techo de su casa para robarle cuando ella estaba sola, encerrada y ya había perdido la visión Señora, dígame ¿Cómo hago para salir? ¿Qué por donde vas a salir? ¡por la misma parte por donde te metiste!

Weildler Guerra Curvelo

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